Tribuna de oradores
Malala, la pluma frente a la espada
La estudiante pakistaní a la que un talibán disparó cuando volvía de un examen defendió en la ONU la educación universal
Mediados de agosto. Por esta tribuna han pasado ya Saramago, Churchill, Kennedy y Castelar (figuras históricas) y hasta alguna jueza de ficción. Las palabras por ... las que tienen el honor de haber sido recordados aquí las pronunciaron con entre 76 años –el Nobel de Literatura portugués– y 41 –el político español–. El inglés y el estadounidense tenían, respectivamente, 66 y 45. Y ahora viene y llega Malala Yousafzai, que rompe todos los esquemas. Y es que era casi una niña cuando dio el discurso que la ha traído hasta esta página: tenía solo 16 años; de hecho, los cumplía ese 12 de julio de 2013 en el que hablaba en la Organización de las Naciones Unidas. Allí hizo un llamamiento para defender y extender la educación universal a todo el mundo, a todas las personas, a todos los niños y todas las niñas, sobre todo a las niñas y mujeres (que llevan siglos siendo rehenes de muchas guerras). Esto, que puede parecer poca cosa o que se da por supuesto en esta latitud, es fundamental en muchos otros puntos del planeta. Malala lo sabe bien.
Las palabras de la que entonces era una adolescente, que ganaría el Premio Nobel de la Paz al año siguiente junto con el activista indio Kailash Satyarthi, ya tenían un largo recorrido, y le habían costado muy caras a la estudiante pakistaní. Su defensa de la educación, su empeño en seguir estudiando y en escribir sobre ello y en reclamarla para otras personas fue la razón por la que en octubre de 2012 sufrió un intento de asesinato a manos de un talibán mientras volvía de presentarse a un examen.
Lo contaba ella misma en aquel famoso discurso: «Los talibanes me dispararon en el lado izquierdo de la frente. Mataron a mis amigos también». Pensaban, dijo, que las balas nos iban a callar, pero fracasaron. «Los terroristas pensaban que iban a cambiar mis objetivos y mis ambiciones. Pero nada ha cambiado en mi vida, excepto esto: la debilidad, el miedo y la desesperanza murieron».
De aquel atentado, tras mucho tiempo en el hospital tanto en Pakistán como en el Reino Unido, nació... «La misma Malala». Y sin embargo... La misma chica aplicada, que quería estudiar Medicina aunque se decantó al final por Filosofía, Política y Economía (aconsejada por su padre y ya asentada en su exilio), renació más fuerte. Es lo que tiene volver de la muerte –con varias cirugías de reconstrucción, una placa de titanio en la cabeza y un implante auditivo– que se hace con «fuerza, poder y coraje». Las ambiciones, las mismas. Mismas esperanzas y sueños, insistía en su discurso. Pero, ay, talibanes, monstruos y personas retrógadas varias: el altavoz es mayor y la voz resuena en más lugares por todo el mundo. De esa manera, en vez de silenciar su lucha, le dieron más volumen «para lograr el objetivo de la paz, la educación y la igualdad... Así que aquí estoy, una niña entre muchos. Yo no hablo por mí, sino por aquellos que no tienen voz que se pueda oír. Aquellos que han luchado por sus derechos. Su derecho a vivir en paz. Su derecho a ser tratado con dignidad. Su derecho a la igualdad de oportunidades. Su derecho a la educación».
Tras el ataque
«Los terroristas pensaron que iban a cambiar mis objetivos y mis ambiciones. Pero nada ha cambiado en mi vida excepto esto: la debilidad, el miedo y la desesperanza murieron»
Mencionando a «Mohamed, el profeta de la misericordia, Jesucristo y Buda», también a Martin Luther King, Nelson Mandela y Mohammed Ali Jinnah, a maestros de la no violencia como Gandhi, Bacha Khan y la Madre Teresa, Malala abogaba por el perdón y el amor, para pasar enseguida a reivindicar lo que había empezado a reivindicar cuando tenía once años en un blog de un medio de comunicación, cuando en su tierra natal el aprendizaje estaba amenazado (ya se sabe, el conocimiento y la posibilidad de adquirirlo en igualdad de condiciones no son buenos para ciertas ideologías y creencias). «Nos damos cuenta de la importancia de nuestra voz cuando estamos silenciados. De la misma manera, cuando estábamos en Swat, al norte de Pakistán, nos dimos cuenta de la importancia de las plumas y libros cuando vimos las armas. El sabio dijo: 'La pluma es más poderosa que la espada'. Es cierto. Los extremistas tienen miedo de libros y bolígrafos. El poder de la educación les da miedo».
Contra el silencio
«Aquí estoy, una niña entre muchos. Hablo por aquellos que no tienen voz que se pueda oír»
Y tienen miedo de las mujeres, del poder de su voz, de la de quienes son como ella, como Malala. Y por eso matan a estudiantes y a maestras, recordaba ese 12 de julio de hace trece años. «Es por eso que están arruinando las escuelas todos los días, por el miedo al cambio y la igualdad que vamos a llevar a nuestra sociedad». La llamada de la activista pakistaní a «librar una lucha gloriosa contra el analfabetismo, la pobreza y el terrorismo» aún resuena... y aún es, en muchos rincones del planeta, solamente un discurso.