Ya se sabe que la Historia suele moverse de manera pendular. Pasa de los cánones clásicos y serenos a las estridencias barrocas o románticas. Y ... viceversa. Cada generación rompe con la anterior, cada individuo pugna por matar al padre, a veces por mero desasosiego. El origen del odio ha sido en la Historia, en muchas ocasiones, inenarrablemente trivial, incluso pintoresco. A menudo no nos resignamos a ser quienes somos, queremos ser otros, estar en otra parte, romper con lo establecido. El peso puesto sobre los dos platillos de la balanza emocional no conduce necesariamente al equilibrio. Creíamos haber puesto mucho en uno de ellos, y por eso no salimos de nuestro asombro al comprobar el peso mayor de una pluma en el otro.
Más raro es el ideal de volver con el péndulo a tiempos probadamente atroces. Si hace unos años nos hubieran hablado de la reciente afición por alguna de las diversas formas del fascismo, no nos lo habríamos creído. ¡Si los nazis eran hasta hace cuatro días los malos por excelencia, incluso en las películas de Indiana Jones…! No hacía falta ni argumentarlo teóricamente, todo estaba dicho con la mera enumeración de sus atrocidades archiconocidas. Bueno, pues ahí están otra vez sus émulos, y subiendo.
Hubo un tiempo en el que los duros de corazón lo eran con algún recato, porque todos sabíamos aproximadamente lo que estaba bien y lo que estaba mal. En todas las épocas hubo quien practicó una moral de conveniencia, pero lo hacía con cierta urbanidad, disimulando un poco, incluso con oculto complejo de culpa. Ya no. Han vuelto Gengis Kan y el derecho de conquista. No es necesario exponer las razones que lo impulsan, y si se exponen pueden ser, sin rubor, descaradamente cínicas o huecas. Lo que importa es la razón de la fuerza. Porque quiero y porque puedo. Y mientras tanto se habla mucho de polarización, lo que no deja de ser una forma de equidistancia, como si pesaran igual los platillos de la balanza, como si fueran lo mismo el martillo y el yunque. En uno de ellos vale todo, el desprecio, la caricatura, el odio. No importa lo que digan, lo que hagan quienes están al otro lado de la trinchera, sencillamente no son de los suyos y hace ya mucho tiempo que no les caen bien, su sola presencia se les vuelve insufrible, no los pueden ni ver, tendrán que hacer algo, quitarlos de en medio como sea. Quítate tú para ponerme yo.