Tribuna de oradores
A rebato contra Hitler
Winston Churchill azuza a los británicos contra el nazismo en su discurso inaugural como primer ministro en 1940
Luisa Idoate
Se acabaron la diplomacia y los eufemismos. Hay que derrotar a la Alemania nazi a toda costa. Lo exige Winston Churchill al tomar posesión como ... primer ministro del Parlamento británico el 10 de mayo de 1940. Ha creado un gobierno con laboristas, conservadores y liberales. Los necesita a todos para combatir a Hitler, que amenaza a Europa. Ha ocupado Polonia, Dinamarca, Noruega y Holanda, y encajona a las tropas francesas, belgas y británicas en Dunkerque.
«Confío en que se me perdone si en esta situación crítica no me dirijo hoy a la Cámara con palabras enjundiosas». En ese momento solo cabe el pragmatismo, precisa. Espera tolerancia con «la pasajera, aunque necesaria, carencia de ceremonia». Y agarra el toro por los cuernos con un mensaje escueto, lacónico, impactante y certero. «Solo os puedo ofrecer sangre, penalidades, sudor y lágrimas. Nos espera una de las pruebas más penosas que cabe imaginar».
Con su llamada a la lucha, Churchill daba un golpe de timón a la política exterior británica. Su antecesor en el cargo, Neville Chamberlain (1937-1940), practicaba la diplomacia del apaciguamiento: la estrategia de hacer concesiones al enemigo para evitar la guerra. Una táctica habitual de líderes británicos como James Ramsay MacDonald (1929-1935) y Stanley Baldwin (1935-1937), dispuestos a cualquier negociación para evitar otro conflicto como el que devastó Europa entre 1914 y 1918.
«Solo os puedo ofrecer sangre, penalidades, sudor y lágrimas»
«¿Cuál es nuestro objetivo? Victoria a cualquier precio, a despecho del terror, por muy largo y penoso que sea el camino»
Aunque en la década de 1930 Churchill reclamaba el rearme contra el militarismo nazi, los británicos secundaban mayoritariamente el antibelicismo y los pactos con Alemania. Lo apoyaban públicamente las clases influyentes, los grandes empresarios, la familia real, la BBC y los políticos. Creían que la guerra agravaría la Gran Depresión, al amenazar el imperio colonial. Para sortearla, Reino Unido, Francia e Italia firmaron los Acuerdos de Múnich (1938), que entregaban los Sudetes checoslovacos a Alemania. No servirá de nada. La Segunda Guerra Mundial estalla en septiembre de 1939. Churchill solo ve una salida: combatir, sufrir y resistir. La defiende ante el Parlamento con franqueza, firmeza y emoción. Convence. Y lidera la resistencia británica contra Hitler.
«¿Cuál es nuestra política?», pregunta al Parlamento. «Hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, sin precedentes en el sombrío y desalentador panorama de la delincuencia humana». «¿Cuál es nuestro objetivo?», interroga de nuevo. «Victoria. Victoria a cualquier precio, victoria a despecho del terror, victoria por muy largo y penoso que sea el camino». La guerra no ha hecho más que empezar, alerta. Hay que arremangarse. «Aprestarnos al combate».
No es heroicidad, sino necesidad. Sin victoria no habrá supervivencia, insiste. Por tanto, no queda otra que combatir. Para que no quepa duda, remarca: «No habrá supervivencia para el Imperio británico, no habrá supervivencia para nada de lo que encarna y defiende el Imperio británico, no habrá supervivencia para el afán y el impulso secular de la especie humana en su marcha hacia una meta».
Carga el discurso de esperanza y coraje. Lo convierte en una soflama. «De una cosa estoy seguro: no se permitirá que nuestra causa naufrague. Por tanto, me creo en estos momentos con derecho a exigir la ayuda de todos y gritar: ¡Así pues, aunemos nuestras fuerzas y avancemos juntos!»
Nobel de Literatura
A esta arenga se la conoce como 'Sangre, sudor y lágrimas'. Aunque Churchill siempre reivindicó la autoría de esa frase, había sido usada por otros autores. La emplea lord Byron en el poema 'La Edad de Bronce' (1823) contra los empresarios defensores de los aranceles. La repite el nacionalista italiano Giuseppe Garibaldi en una proclama a los camisas rojas en 1849. Henry James la incluye en la novela feminista 'Las bostonianas' (1886). Y Theodore Roosevelt la emplea en el discurso de la Escuela de Guerra Naval en 1897.
Escritor, militar y estadista, Churchill era famoso por la lucidez, brillantez y calidad de su oratoria. La desplegó en sus dos mandatos: el primero entre 1940 y 1945 y el segundo entre 1951 y 1955. Narró la Segunda Guerra Mundial en seis volúmenes que le valieron el premio Nobel de Literatura en 1953. Se sopesó concederle el de la Paz, por la defensa de los derechos humanos de sus discursos. Pero su belicismo contra Hitler, el apoyo que dio a Mussolini, su rechazo del sufragio femenino, la aversión a Mahatma Gandhi y la neutralidad mostrada durante la Guerra Civil española por su inquina contra los republicanos lo descartaron.