El día que se «jodió» el Everest
El 30 de abril de 1985, un millonario norteamericano contrató a un guía para que le llevara a la cumbre. Así comenzó la masificación del techo del planeta y del Himalaya
No está del todo claro que la historia sea cierta, pero se cuenta que durante un vuelo transoceánico, de esos que duran horas y horas, ... un millonario y aventurero norteamericano llamado Richard Bass se pasó buena parte del trayecto contando batallitas a su compañero de asiento, al que sorprendentemente no conocía de nada. Le detalló sus viajes por los siete continentes conquistando las cumbres más altas de todos ellos. Orgulloso, había sido el primero en lograrlo. Justo antes de aterrizar, se dio cuenta de que ni siquiera sabía cómo se llamaba aquel viajero. Avergonzado, se disculpó. «No hay problema. Soy Neil Armstrong».
«¿En qué momento se había jodido el Perú?», se preguntó Mario Vargas Llosa al comienzo de su novela 'Conversación en La Catedral'. A decir de muchos montañeros, Richard Bass fue el hombre que «jodió» el Everest. Fue el primer magnate que pagó para que guías profesionales le subieran a la cima del mundo. Justo hoy se cumplen 41 años de aquel 30 de abril de 1985. Desde entonces, el número de montañeros que llegan a la cumbre se ha disparado por encima de los 600 anuales, la gran mayoría a cambio del pago de sumas de «hasta 150.000 euros. Tienen una tienda individual, dos o tres sherpas para cada cliente, cocinero, cama, alfombra, mesa para el ordenador y todo el oxígeno que necesiten», cuenta el himalayista bilbaíno Juanra Madariaga, que coronó el Everest en 2008 y conoce de primera mano la involución de la cordillera en las últimas décadas. «Sí, se puede decir que se jodió», confirma.
Un magnate del petróleo
Esta masificación ha dejado imágenes icónicas –la que abre este reportaje– como aquella de 2019 en la que hasta 200 de estos montañeros improvisados hicieron cola a más de 8.000 metros de altura. Dos de ellos murieron por una mezcla mortal de frío y altura. Las últimas noticias que llegan del Himalaya apuntan a una estafa orquestada entre las agencias que organizan estos viajes, los guías y hospitales en los que los sherpas administran medicamentos a los clientes para agravar los síntomas del mal de altura, provocar su rescate en helicóptero y cobrar enormes cantidades a los seguros.
Richard 'Dick' Bass tenía 55 años cuando emprendió su tercer asalto al Everest. Había nacido en Tulsa (Oklahoma, Estados Unidos) el 21 de diciembre de 1929. Tras dejar atrás sus primeros sueños de infancia de ser profesor al estilo de Robin Williams en 'El club de los poetas muertos', orientó su vida al negocio familiar. Su padre era un magnate del petróleo. Estudió por ello Geología en la Universidad de Yale y terminó un posgrado en ingeniería petrolera en la Universidad de Texas. A continuación sirvió en un portaaviones durante la Guerra de Corea. De vuelta a la vida civil, tomó las riendas de las empresas paternas y apuntó también en otras direcciones. En 1962, por ejemplo, fue uno de los primeros inversores en la conocida estación de esquí de Vail, en Colorado. Allí se construyó una enorme residencia a la que invitaría a Gerald Ford tras su llegada a la presidencia en 1974.
Bass empezó sus aventuras en la montaña a los 51 años. Hasta entonces, «nunca había planeado escalar nada excepto levantarse de la cama por la mañana», según recogió el obituario que le dedicó 'The Washington Post' el 3 de agosto de 2015. Empezó por el monte Fuji, en Japón, y seguiría con las cumbres más altas de todos los continentes. La última que le quedaba por tachar era el Everest. Contrató para ello a un alpinista de primer nivel llamado David Breasher. Bass nunca se preparó para estas aventuras. Tampoco le importó que en una de esas intentonas falleciera una alpinista que la acompañaba. El caso es que pagó por llegar a la cima y llegó. «La ascensión de Dick Bass lo cambió todo», escribió el escalador y periodista Jon Krakauer en 'Mal de altura. La gran tragedia del Everest' (Desnivel), en la que cuenta en primera persona la tragedia ocurrida en el techo del mundo en 1996, cuando una tormenta sorprendió al grupo del que formaba parte y provocó la muerte de doce de ellos. Hollywood lo contó en 2015 en la película 'Everest'.
«En el Himalaya me encontré con uno de estos ricos. Me contó que el año anterior había nadado con tiburones blancos en Sudáfrica», recuerda Madariaga. «Si saliera un viaje a la Luna, se apuntaría. Son turistas que lo mismo podrían haber ido a la Antártida a ver pingüinos», critica.
«Un megapueblo»
Madariaga cuenta que ha visto llegar a este tipo de clientes al campo base «sin tener ni idea de alpinismo, sin haberse puesto antes crampones ni saber utilizar un piolet. Algunos llegan al campo base destrozados por el mal de altura –se encuentra a más de 5.000 metros de altitud–. Otros se echan la siesta con máscaras de oxígeno. Pero pagan y quieren subir cueste lo que cueste». Hasta mil personas se pueden reunir en este «megapueblo entre porteadores, staff de cocina –llevan chefs europeos mientras que antes cocinaban los sherpas–, los propios clientes y unos dos ayudantes nepalíes por cada uno de ellos». Él mismo fue testigo de la masificación en la cima. «Nos reunimos unos 70 en la cima cuando lo normal eran 20», recuerda.
«Bajando del Manaslu en 2018, sufrí un principio de neumonía. Me dijeron que me tenía que quedar varios días en el hospital, pero me negué y no pagué lo que me pedían. Si no tienes experiencia, te llevan a hospitales privados donde te pueden cobrar 3.000 o 4.000 euros. No creo que sea generalizado, pero ha ocurrido», dice el experimentado montañero vasco sobre la estafa antes mencionada. «Donde hay mucho dinero, todo se corrompe», concluye.