Hija del cielo
Rodrigo Cortés ha escrito una novela libre. Feroz. Una novela que confía en el lenguaje, en el misterio y en la inteligencia del lector
Terminé Hija del cielo con la impresión de haber asistido a una misa celebrada por alguien que ha perdido la fe y, aun así, conoce ... de memoria el nombre de cada ángel. Es un libro que reza y blasfema a la vez, y que en ninguno de los dos gestos suena falso ni calculado.
Rodrigo Cortés ha escrito una novela libre. Feroz. Una novela que confía en el lenguaje, en el misterio y en la inteligencia del lector, y que no pide perdón por ninguna de las tres cosas. Su prosa tiene barro en las botas y relámpagos en la cabeza. Puede detenerse en una hoja seca, en una sotana mal cortada o en el gesto de una monja. Unas líneas después está discutiendo con Dios sobre la naturaleza del mal. Todo sucede con precisión, porque el humor aparece siempre en el lugar exacto, fino como una incisión. Uno se ríe y, al instante, descubre que la risa también sangraba.
La voz de la niña. Respira, tropieza, se repite, se corrige, se extravía y encuentra verdades que los adultos llevan toda la vida intentando evitar. Su manera de contar el mundo acaba modificando el mundo. No es una niña escrita desde arriba, con la condescendencia del que ya sabe, sino desde dentro, con la extrañeza intacta. Mantener esa voz, hacerla crecer y quebrarse sin perder jamás su identidad exige un dominio técnico que asusta. Cortés lo consigue con una naturalidad que casi oculta la proeza, que es la forma más difícil de lucirse.
Gabaón respira también, entre toses tísicas. Sus muros recuerdan, sus pasillos se alargan, las estaciones piensan. El colegio entero se convierte en una conciencia hecha de piedra, musgo, plegarias, deseo y miedo. Allí la fe convive con la superstición, la ternura con la crueldad y el sacrificio con la costumbre. Nada queda reducido a una respuesta cómoda. Nadie es del todo inocente ni del todo culpable, y el lector, que entra como visitante, termina sintiéndose uno más entre esas paredes.
Admiro el valor de una novela que prefiere abrir preguntas antes que clausurarlas. En un tiempo que exige certezas rápidas y finales atados con lazo, esta novela se atreve a dejar puertas entornadas. Hija del cielo no se agota en su argumento. Continúa en sus símbolos, en sus contradicciones, en la belleza oscura de unas imágenes que siguen regresando mucho después de cerrar el libro. Una campana que suena cuando ya nadie tira de la cuerda.
La última página llega, pero la novela no termina.
El fragor continúa.