La forja de un país
La muerte de Carlos Garaikoetxea fija el final de una época, la de los grandes líderes de la Transición en Euskadi. Aquellos fueron tiempos difíciles, ... de los que requerían perspectiva histórica, dotes de liderazgo, capacidad y sagacidad negociadora. Incluso buenas dosis de empatía hacia un prójimo político que, en demasiadas ocasiones, procedía del aparato más aparatoso de la dictadura.
El dirigente navarro aunaba un sinnúmero de cualidades, al margen de las estrictamente académicas o profesionales: desprendía carisma, personificaba la fotogenia, seducía con modales primorosos, electrizaba con una oratoria incandescente. Así se convirtió en el lehendakari que asumió la legitimidad histórica que provenía de José Antonio Agirre y Jesús María Leizaola.
Poner en pie desde cero toda una estructura gubernamental y administrativa entraña una tarea titánica. Lo sería hoy, y lo fue muchísimo más en un contexto de recursos exiguos, esquemas etéreos y salvajes acometidas del terrorismo. Garaikoetxea encabezó un gobierno monocolor del PNV y se rodeó de un equipo eminente, el que imaginó y cimentó la Euskadi de hoy. Nada vino dado, todo hubo que negociarlo hasta la extenuación, incluso para recuperar lo que había sido arrebatado por la fuerza.
El lehendakari pasó de figura indiscutida a manzana de la discordia, a protagonizar en 1986 una escisión que traumatizó a los afiliados y a los votantes del PNV hasta extremos funestos. Una mala gestión de las discrepancias, una espiral de agravios y la combustión de dos hiperliderazgos derivó en una ruptura dañina a más no poder para el nacionalismo democrático e institucional. La división no fue ideológica; sí estratégica, en cierta medida; pero, sobre todo, personal.
Garaikoetxea siempre defendió los derechos humanos en primera fila. Lo hizo frente al entramado que siguió apilando cadáveres en democracia. Alzó su voz contra la barbarie, pero no se ciñó a la retórica, por lo que fue objeto de desdén, cuando no de vituperio, por parte de los victimarios. Mantuvo sus principios hasta el final, reivindicando la andadura histórica de Eusko Alkartasuna en esta materia, así como la pertinencia de mantener esa singularidad, mostrándose crítico ante el achatarramiento que padece su partido en EH Bildu.
El PNV ha recuperado para sí la figura de Garaikoetxea, y con razón, en cuanto que lo mejor de su trayectoria lo dio bajo esa siglas. Fue un abertzale genuino, humanista, cosmopolita, defensor acérrimo del euskera desde su ejemplo, una persona que impulsaba lo propio sin denostar un ápice lo ajeno. Queda como patrimonio de los que creen en un país de los vascos unido y con las mayores cotas de soberanía. Pero también de cualquier demócrata. Y no existe mejor legado que ser merecedor de tan amplio reconocimiento.