Noventa años después
Tres relatos de martirio
Ochenta cántabros brutalmente asesinados durante la Guerra Civil Española serán beatificados tras la aprobación del Papa León XIV «y una larga espera» de las familias
Lucía Alcolea y Elena Tresgallo
Santander
Ochenta mártires que pasarán a los anales de la historia bélica en Cantabria. El Papa León XIV acaba de firmar la declaración de martirio que ... permitirá la beatificación de la larga lista de religiosos y laicos cántabros que fueron asesinados durante la Guerra Civil Española «por odio a la fe y en un escenario de persecución», según reconoció el Pontífice. Todos ellos nacidos a finales del siglo XIX y principios del XX y muertos en 1936 o 1937, durante el asedio del bando republicano al sistema clerical. La mayoría pereció en circunstancias violentas y se convirtió en víctima de la confrontación ideológica que dividió a España. Noventa años más tarde, recibirán cada uno su correspondiente homenaje.
Del arduo y largo proceso de beatificación de los ochenta cántabros se encarga el delegado episcopal para las Causas de los Santos en la Diócesis de Santander, Alejandro Benavente. Él es quien ha postulado a los mártires y conducido el recorrido burocrático que ha llegado a su punto álgido con la firma del Papa León XIV de la declaración de martirio previa a la ceremonia. A continuación, explica el delegado, «la diócesis solicita una fecha para celebrar el acto de beatificación a la Secretaría de Estado a través del Dicasterio para las Causas de los Santos». Por lo que aún no se sabe cuándo se llevará a cabo el acto, pero sí dónde, en la Catedral de Santander.
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Clara Privé
Paralelamente, una comisión se encarga de decidir acerca de la exhumación de los restos, que realiza un equipo de forenses antropólogos especializados. También son estos especialistas quienes emiten el correspondiente informe tras estudiar los cadáveres para poder crear las reliquias, ya que, no olvidemos, a la persona beata se le puede rendir culto público. En este caso, la labor se ha vuelto especialmente complicada, «dado que algunas de las víctimas fueron arrojadas al mar desde el barco Alfonso Pérez y no se han podido encontrar los cuerpos». El Alfonso Pérez era un carguero-prisión republicano que permaneció un año atracado en la bahía de Santander y sirvió de cárcel flotante para retener a prisioneros durante la persecución religiosa y estudiantil. Muchos fueron arrojados por la borda tras ser tiroteados.
El cura de Vega de Pas, su prima y sus dos sobrinas de 15 y 17 años de edad Bonifacio Angulo González, Josefa Angulo Paredes, María Cantero Angulo y Gloria Angulo López
La noche que nadie olvidará en Vega de Pas
La noche del 2 de diciembre de 1936, la policía republicana irrumpía por sorpresa en el antiguo molino de Marquillos, en Vega de Pas, una construcción pasiega de dos viviendas anexas. En una de ellas dormía el párroco Bonifacio Angulo González, su prima Josefa y dos sobrinas de tan solo 17 y 15 años. En el otro edificio descansaban sus vecinos, el matrimonio formado por Santiago Gómez y Leonor Ruiz, junto a cinco de sus nueve hijos.
Sobre la medianoche, los Gómez Ruiz escucharon varias voces de hombres y ruido de botas «pisando fuerte». Un vehículo había aparcado junto al camino y de él vieron bajarse a varios policías. Reconocieron al miliciano local José Gutiérrez Pardo, alias 'El Quinto'. Con el miedo metido en las entrañas, la familia aseguró la casa y escondió a las hijas menores en el desván, mientras vieron pasar a los hombres de uniforme por el corral y aporrear la puerta de su vecino el párroco.
Mientras Santiago y Leonor ponían a salvo a los más pequeños, vigilaban aterrados junto a los mayores todo lo que sucedía fuera. Entonces escucharon cómo Josefa abría la puerta y suplicaba a los policías del Frente Popular que no les hicieran daño ni a ella ni a las niñas. La mujer, que entonces tenía sesenta años, había ganado un poco de tiempo para que su primo Bonifacio saltase por una ventana y pudiera escapar, ya que intuía que lo iban a matar.
El cuádruple asesinato
Irrumpieron en diciembre del 36. Mataron al cura y se llevaron a las chicas, violadas antes de morir
La confesión del chivato
Frutos Gómez, un testigo de los hechos, consiguió la confesión del vecino que propició los asesinatos
De nada sirvió el intento, porque el pobre hombre saltó con su sotana puesta, hiriéndose en un brazo. Trató de guarecerse en un panal cercano, pero allí lo interceptaron. Fue acribillado a balazos para después rematarlo a machetazos en el vientre. Con su acción, el religioso quizá pensó que salvaría a las tres mujeres, pero el martirio para ellas solo acababa de comenzar.
Es parte del relato de un crimen atroz del que poco se ha hablado en Vega de Pas ya que el pueblo se sumió en el silencio. Sobre todo por las niñas y la pobre Josefa, aunque también por un religioso que destacó en la zona por su labor solidaria en la residencia de ancianos del Doctor Madrazo. Una noche de horror que recoge muy bien documentada el historiador pasiego Javier Gómez Arroyo en su libro 'Doctor Madrazo, memoria de una visión humanista'. Y es que el autor y relator de esta historia es hijo y nieto de dos de los vecinos que fueron testigos directos del crimen, su padre Manolo Gómez, que entonces sólo tenía 12 años, y su tío Frutos Gómez, que jugaría poco después un papel muy importante en la resolución de esta historia.
¿Qué ocurrió con la mujer y las dos jóvenes? Una vez que los policías del Frente Popular mataron a Bonifacio y saquearon la vivienda, se llevaron arrastrando entre gritos y sollozos a las dos niñas y a su tutora, Josefa.
Las metieron en el coche y los Gómez Ruiz solo acertaron a salir de casa unas pocas horas después, paralizados por el miedo. Con las primeras luces del día, el hijo mayor, Jesús, encontró muerto al religioso. El destino final de las mujeres sólo llegó a saberse a través de la Causa General 1583 que abrió el recién instaurado régimen tras apresar al miliciano local, José Gutiérrez Pardo, apodado 'El Quinto', cuando éste trataba de pasar a Francia.
Intervención y reparación
El Obispado ha comprobado el estado de los restos en el cementerio de Vega de Pas
Lo que él y otros como él confesaron es un horror mucho mayor de lo que hasta ese momento se conocía. Tras llevarse a las niñas y a Josefa, los policías y el mencionado miliciano que había informado del paradero del cura de Vega de Pas, las transportaron a Entrambasmestas y de ahí al alto de El Escudo, en los límites de las localidades de Corconte y San Pedro de Romeral. Allí, en un lugar conocido como 'Casa Quemada', una vivienda en ruinas, es donde hicieron entrar a las dos sobrinas de 17 y 15 años para violarlas en grupo, mientras que su tía esperaba fuera con el chofer sabiendo ya seguramente que de allí no saldrían vivas. Tras ello, y según la confesión que el propio miliciano hizo poco después a Frutos Gómez –el vecino de Don Bonifacio que intervino en el proceso para localizar la fosa común donde fueron enterradas las niñas–, las «ametrallaron» en las piernas y las empujaron aún vivas a una tumba cavada esa misma noche. Una de ellas, la pequeña Gloria, pidió clemencia a uno de los soldados y se le agarró al cuello. Pero el hombre la arrojó a la zanja como un despojo.
Prolongada agonía
No hubo piedad y las tres mujeres murieron asesinadas esa misma noche tras padecer una prolongada agonía. De hecho, al desenterrar los cuerpos, tal y como descubre en su investigación Gómez Arroyo, el forense de la causa describe que alguno de los cadáveres «tenía tierra» en las vías respiratorias. Es decir, «las enterraron cuando aún tenían un hilo de vida».
Un crimen atroz que tuvo su castigo con el fusilamiento de una parte de los asesinos, tal y como quedó documentado en la causa, incluido el vecino que dio el chivatazo y que confesó los hechos al pobre de Frutos Gómez, cuyo único afán era devolver a las mujeres junto a su tío.
Los restos mortales de Josefa, Gloria, María y el del párroco descansan hoy juntos en una sepultura en el cementerio de Vega de Pas. El Obispado ha levantado recientemente la lápida como parte de la causa abierta para declarar a los cuatro mártires beatos y se está a la espera de mandar a los arqueólogos para que analicen los restos del martirio y hacer los preparativos para trasladarlos a la Santa Sede. Un gesto de reparación de la herida abierta en Vega de Pas.
El párroco de Peñarrubia Adolfo Mantecón
26 tiros entre vivas a Cristo Rey
AAdolfo Mantecón le pegaron 26 tiros en forma de cruz. Dicen que un vecino de Udías, donde le asesinaron, le escuchó gritar 'Viva Cristo Rey' antes de morir. Le dieron muerte en una explanada verde, en el kilómetro 2,3 de la carretera entre Cabezón de la Sal y Comillas. Primero lo amarraron a un árbol, jugaron con él al blanco y después su cuerpo sin vida se quedó descolgado del tronco, como un vestido roto en una percha.
Mantecón es uno de los ochenta mártires cántabros de la Guerra Civil española que serán beatificados próximamente después de que el Papa León XIV firmara hace unos días la declaración de martirio previa a la ceremonia de los personajes. De la vida de este religioso se sabe que nació el 6 de agosto de 1904 en San Vicente del Monte (Valdáliga), que era el pequeño de los cinco hijos que tuvieron Lino Mantecón Callejo y Martina Sánchez Bárcena y que fue «salvajemente» asesinado el 22 de octubre de 1936, año primero de la Guerra Civil Española, con solo 32 años. Así lo cuenta su sobrino, Fernando Mantecón, que tenía exactamente 22 días de vida cuando se llevaron a su tío a la muerte. «Adolfo era el pequeño de cinco hermanos; las dos mayores, Antonia y Elsa, estaban en Cuba cuando sucedió todo. Una tercera –cuyo nombre no recuerda– vivía en Buenos Aires. Luego estaba mi padre, Vidal Mantecón, y su hermana Felicidad, que residían juntos en San Vicente del Monte». En 1936, el mártir «acababa de ordenarse y llevaba tan solo unos meses como párroco en las localidades de Cicera y Piñeres (Peñarrubia)».
Cuando empezó la guerra «muchos curas perseguidos dejaron las parroquias». Fue el caso de Adolfo, que se refugió en casa de su hermano Vidal. Le habían ordenado presentarse «tres veces al día» ante el maestro de San Vicente del Monte, Sebastián Leganés. Adolfo no se escondía. «Decía: ¿Por qué me van a detener si no he hecho nada?».
La fatal respuesta llegó el 22 de octubre a las siete de la tarde, cuando «vinieron a buscarle». Fernando escucharía luego muchas veces esta historia de la boca de su madre, María, cuñada del párroco. «Llegó al pueblo un coche negro, del cual se bajaron dos individuos con armas llamando a gritos a mi tío, que en seguida salió. Mi madre se agarró a él para que no se lo llevaran». Se atrincheró al cuerpo de su cuñado y recibió varios golpes en las piernas con la culata del fusil que la dejaron coja para siempre. «En el vehículo iba también el boticario de Barreda, que lloraba porque sabía que le iban a matar». Los asesinaron en la carretera que comunica Cabezón de la Sal y Comillas. «Se detuvieron en el kilómetro 2,300, sito en la Cruz de Rufina, al parecer lo amarraron a un árbol y lo utilizaron como blanco para hacer prácticas de tiro». Su cuerpo presentaba «26 disparos de pistola». «Tiraron ambos cuerpos en el portal de la iglesia de Udías». Adolfo «fue brutalmente maltratado antes de morir». Tenía 32 años.
El párroco de Santoña Francisco González de Córdova Quijano
El último sacrificado
La impronta de Francisco González de Córdova Quijano fue su capacidad de sacrificarse por los demás. El que fuera párroco de Santoña, asesinado en el barco-prisión Alfonso Pérez un frío 27 de diciembre del año 1936, pidió ser el último en morir para poder absolver a los compañeros que iban a ser sacrificados antes, uno por uno. A algunos los arrojaron por la borda del carguero. A otros, como a Francisco, les pegaron cuatro tiros. Francisco tenía 48 años. Nació en Viérnoles el 5 de agosto de 1888. Era el segundo de siete hermanos. Tenía un tío sacerdote, Sixto Córdova, que fue durante 51 años párroco de la iglesia de Santa Lucía, en Santander, y autor del 'Cancionero de la Provincia de Santander', por lo cual luego sería enterrado como hombre ilustre en el cementerio de Ciriego. Siguiendo los pasos de su tío, el joven Francisco comenzó la carrera eclesiástica en el Seminario Diocesano de Monte Corbán con solo once años. Fue ordenado sacerdote el 22 de septiembre de 1911 y el 1 de octubre de ese mismo año cantó su primera misa solemne en su pueblo natal.
Inició su ministerio sacerdotal como ecónomo de La Busta (Alfoz de Lloredo) y Golbardo (Reocín). Más tarde ingresó en el seminario diocesano como profesor y a los 34 años fue nombrado párroco de Santoña, donde fundó la Hermandad de la Virgen del Puerto, las Juventudes Católicas y la Hoja Parroquial.
Como muchos otros, fue perseguido tras comenzar la Guerra Civil Española y lo detuvieron el 17 de septiembre de 1936. Un mes más tarde fue trasladado al penal del Dueso y ya en noviembre ingresó en el barco Alfonso Pérez como prisionero. Continuó ejerciendo su labor sacerdotal en contra del viento, la marea y de su propia libertad. Así lo relata la sobrina nieta del mártir, Raquel González: «En el barco le dijeron que sería liberado si dejaba de ejercer como religioso, porque él continuaba dándole ánimos a sus compañeros y se negó a renunciar a su vocación». De hecho, «no solo dijo que no, sino que pidió que le mataran el último para poder acompañar a los demás en ese trance y administrarles los sacramentos». Y así fue.
Francisco llevaba un crucifijo, que hoy posee la familia, con el que absolvió al resto de prisioneros que se fueron topando con la muerte antes que él. Falleció tras recibir varios tiros en la cabeza. Durante un año, sus restos fueron sepultados en una fosa común hasta su exhumación en 1939, cuando fueron trasladados a la parroquia del Santísimo Cristo de Santander.
Han pasado noventa años desde entonces. Casi un siglo. «Estamos muy contentos y orgullosos», reconoce estos días la sobrina nieta del mártir. «Sabíamos que el proceso estaba en el Vaticano y la espera hasta que el Papa ha firmado el decreto se nos ha hecho muy larga», confiesa. Es, dice la mujer, «una manera de reconocer unas actitudes heroicas en unos momentos muy tristes de nuestra historia».
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