De Jorra
Sobre el crédito y la exigencia
Se puede perder en Vigo y, por supuesto, se puede perder en Barcelona. Lo difícil de asurmir es que el discurso y los hechos no hayan casado
Hace apenas una semana, el Racing nos había regalado uno de esos partidos que iban más allá de los tres puntos. Un partido solvente, convincente, ... de los que refuerzan al equipo, ilusionan a la afición y mandan cierto mensaje a la competición. Después de cinco buenas jornadas, había motivos para pensar que el Racing estaba encontrando su sitio.
Con esas nos fuimos a Barcelona y Vigo. Dos salidas muy complicadas. La primera, a un escenario en el que hoy perder entra casi dentro de la lógica para la inmensa mayoría de los equipos del mundo. La segunda, ante un Celta que lleva años demostrando que es un buen equipo. Nadie podía exigir puntos. Solo competir y ver qué salía.
Se esperaba con enorme ilusión el regreso a Barcelona. Sabiendo la enorme dificultad de sacar algo positivo, el racinguismo solo quería ver a su equipo competir. Y más cuando JAL había insistido en que, estuviéramos donde estuviéramos y jugáramos contra quien jugáramos, el Racing mantendría su identidad.
Sin embargo, el entorno mostró sus dudas desde que se conoció el once porque, a priori, la sensación era que aquel Racing difícilmente podía parecerse al que habíamos visto hasta entonces, por mucho que enfrente estuviera uno de los mejores equipos del mundo.
El partido acabó alimentando aquellas dudas y dejó Vigo como oportunidad para recuperar sensaciones, volver a reconocernos y demostrar que Barcelona había sido simplemente una mala noche que la categoría del rival permitía relativizar.
Pero la cosa fue a peor. Tras lo de Vigo, la resaca es dura y al racinguista le han asaltado todas las dudas. La primera sensación es que parte del daño nos lo pudimos hacer nosotros mismos. Un amigo me hacía ver una cuestión no menor: después de justificar determinadas decisiones por las rotaciones, ninguno de los tres futbolistas que podían aportar un perfil más estático en el centro del campo para el partido de Vigo –Prati, Íñigo y Maguette– tuvo presencia. Los tres habían jugado todo en Barcelona. Canales también, aunque él sí dispuso de media hora en Vigo, mientras que Iván Martín solo jugó ante los celestes. La gestión del centro del campo hacía, por tanto, bastante difícil sostener que lo ocurrido en Barcelona respondía simplemente a la necesidad de rotar pensando en Vigo. Y, efectivamente, buena parte de las críticas vienen por ahí, algunas implacables.
Y aparece una segunda duda, quizá más preocupante: la fragilidad. Resulta difícil saber todavía si esa fragilidad fue consecuencia de algunas decisiones o si, por el contrario, esas decisiones respondieron a una fragilidad que el cuerpo técnico ya había detectado.
De esta manera, el balance de los dos partidos es muy malo. El fútbol es una noria y conviene no olvidarlo, pero lo ocurrido esta semana merece una reflexión seria.
No creo que debamos despachar el asunto recurriendo al tópico de que ni antes éramos tan buenos ni ahora somos tan malos. Claro que hay algo de eso, pero existe un matiz importante. Se puede perder en Vigo. Y, por supuesto, se puede perder en Barcelona. Lo difícil de asumir es que el discurso y los hechos no hayan casado; que los planteamientos hayan estado tan alejados de esa identidad que se había proclamado; y, sobre todo, que cuando los partidos nos golpean el equipo parezca diluirse. Tampoco la búsqueda de soluciones ha dejado buenas sensaciones.
A uno, que reconoce el trabajo de JAL y procura ser especialmente comedido con las valoraciones, le preocupa que en apenas una semana hayamos pasado del orgullo y el optimismo a la decepción y la inquietud. No tanto por perder dos partidos perfectamente perdibles, sino por esa amarga sensación de que parte del daño nos lo hemos hecho nosotros mismos.
Para mí, desde luego, JAL tiene crédito sobrado. Se lo ha ganado con su trabajo, con lo que ha construido y con la evolución de un equipo que durante las cinco primeras jornadas había transmitido argumentos suficientes para competir en Primera estando aún en construcción.
Y ese crédito cuenta. Con otro entrenador, probablemente el juicio después de estos dos partidos habría sido bastante más severo. Con JAL hay razones de sobra para poner lo ocurrido en perspectiva, evitar conclusiones precipitadas y confiar en su capacidad para encontrar respuestas.
Precisamente por eso hay que ser comedidos, pero sin olvidar la exigencia. Porque tener crédito no significa estar al margen de la crítica. Significa haber demostrado capacidad suficiente para encontrar respuestas cuando aparecen los problemas.
Estas dos últimas jornadas han abierto dudas que hace una semana no teníamos tan interiorizadas. Toca reaccionar. Sin dramatismos, sin olvidar todo lo bueno que hemos visto hasta hace apenas unos días. Pero tampoco mirando hacia otro lado. Perder forma parte del fútbol. Incluso encajar una goleada alguna vez. Lo que un equipo como el Racing no puede permitirse es dejar de reconocerse. Y eso es, bastante más que los goles recibidos, lo verdaderamente preocupante de esta semana.
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El contilisquero
Ojo al golaveraje
Las cuentas de la permanencia son sencillas: ritmo de siete puntos cada seis jornadas. Así que, de momento, salen. Estamos en números. Pero hay otra cuenta que no conviene perder de vista: el golaveraje. Más aún en una Liga que se barrunta muy igualada, en la que cualquier detalle puede acabar siendo decisivo. Y sabemos lo que es perder un puesto por diferencia de goles. Ya sé que es prontísimo y que queda un mundo, pero plantarte después de solo siete jornadas con un -10 en la diferencia de goles es una barbaridad. Y una losa que tiene pinta irá a más y cuanto más crezca, más difícil será levantar. Los puntos, de momento, salen. El golaveraje, no. Y convendría empezar a corregirlo cuanto antes ahora que hay tiempo. Por si acaso.