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OPINIÓN

Por una industria sostenible en todos los aspectos

Fernando Rodríguez Puertas. Decano Colegio de Ingenieros Industriales de Cantabria

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Fernando Rodríguez Puertas decano del Colegio de Ingenieros Industriales de Cantabria (IICANT)

Fernando Rodríguez Puertas

Santander

Según datos del INE publicados en 2025, Cantabria todavía se puede considerar una región industrializada, ya que con el 20,94% sobre el VAB total regional, nuestra comunidad se ubica en la séptima posición nacional, no muy lejos de nuestros vecinos del País Vasco (23,49%) y por encima de Asturias (20,59%), las, en su día, regiones más industrializadas de España.

No por sabido nos vamos a cansar de repetir lo que supone que una región, o un país, posea un sector industrial fuerte y con proyección de futuro: inversiones a largo plazo, empleo de calidad, el mayor inductor de empleo indirecto, foco constante de innovación y desarrollo tecnológico y, cada vez más, estratégico en la producción de ciertos bienes esenciales para nuestra sociedad.

Sin embargo, sobre la industria (no la cántabra, sino la europea en general) se atisban nubarrones. El grupo Volkswagen, segundo fabricante mundial de automóviles, afronta un importante proceso de ajuste en Europa tras el anuncio del despido de 100.000 empleados en un contexto marcado, entre otras circunstancias, por los elevados costes de producción, el exceso de capacidad y la creciente competencia de los fabricantes chinos sobre todo en el vehículo eléctrico. La propia compañía reconoce una sobrecapacidad en sus plantas superior a 500.000 vehículos anuales. Si esto ocurre en un producto industrial en el que Europa ha sido históricamente líder mundial en calidad y tecnología, no es aventurado intuir que problemas similares podrán afectar a otros productos por idénticas razones.

Si en una competición de cualquier índole uno se va quedando atrás cuando antes la lideraba, está claro que las cualidades propias empiezan a ser insuficientes frente a las ajenas. Si además se compite con alguien sometido a reglas y condiciones menos exigentes que las propias, mantener la competitividad se hace cada vez más difícil. Esto podemos ilustrarlo con una frase extraída de entre las conclusiones a las que llegaron en el año 2024 los expertos nacionales del sector de la automoción participantes en las Jornadas anuales de Ingeniería y Energía que organiza este Colegio a finales de cada año: «Europa le ha puesto una alfombra roja a China».

Nos encontramos ante una partida global en la que los otros participantes utilizan sus posibilidades y capacidades cada vez mejor mientras que en Europa, al margen de los desafíos inherentes al propio negocio que cada empresa ha de saber resolver de forma adecuada, es posible que además nos estemos autolimitando prematuramente con determinadas decisiones y normas.

El coste del liderazgo regulatorio

Un ejemplo claro, dado su carácter global, es la imparable y necesaria transición energética. Su necesidad nadie la pone en duda, pero empieza a ser evidente que los ritmos elegidos por unos y otros países son muy diferentes y parece que las consecuencias de esos ritmos pueden resultar negativos para la competitividad europea. Para conseguir la transición, Europa debe contribuir, entre otros aspectos y como es lógico, a la reducción de los gases de efecto invernadero, pero ha de hacerlo sin perder de vista la dimensión mundial del problema.

La Unión Europea representa actualmente en torno al 5% de las emisiones mundiales de CO2, mientras que el resto del mundo genera el 95%. Países como China (32%), EE.UU (13%) e India (8%), que emiten más del 50%, poseen políticas de descarbonización, en general, menos exigentes que las europeas. La globalidad y amplitud del problema, que exige necesariamente una respuesta coordinada a escala mundial, es tal que una hipotética y completa desaparición de las emisiones europeas (lo que supondría la total detención de toda actividad económica, industrial y de transporte generadora de CO2) estaría muy lejos de resolver por sí sola el problema climático global.

Si queremos conservar el sector industrial tenemos que conseguir entre todos (legisladores, administraciones, empresarios, trabajadores y técnicos) que sea sostenible, pero que lo sea en todos los aspectos: el medioambiental, el social y el económico

Esto no significa, ni mucho menos, que Europa deba renunciar a reducir sus emisiones: significa que debe hacerlo con el ritmo adecuado, procurando simultáneamente preservar su capacidad industrial y evitando que determinadas actividades simplemente se desplacen hacia países con estándares ambientales menos exigentes. Si la producción desaparece de Europa para realizarse en otros lugares con mayores emisiones de CO2 por unidad producida, podemos encontrarnos ante una reducción de las emisiones europeas sin una reducción equivalente de las emisiones mundiales: estaríamos ante la denominada fuga de carbono.

Volviendo al ejemplo de la industria automovilística, mientras que los fabricantes europeos se enfrentan al panorama que hemos comentado con políticas medioambientales cada vez más exigentes, los vehículos que llegan desde otros mercados pueden haber sido fabricados utilizando sistemas energéticos con una intensidad de emisiones considerablemente superior a la europea. China, por ejemplo, sigue generando alrededor del 55% de su electricidad mediante carbón (el combustible que más C02 y más partículas sólidas contaminantes produce) mientras que en España su participación en la generación eléctrica es prácticamente residual.

Sostenibilidad económica

Aunque nuestra industria viene soportando esta y otras políticas (las empresas destacan especialmente las cada vez mayores cargas burocráticas de toda índole), todavía tenemos un sector industrial muy relevante y, si queremos conservarlo, está claro que tenemos que conseguir entre todos (legisladores, administraciones, empresarios, trabajadores y técnicos) que sea sostenible, pero que lo sea en todos los aspectos: el medioambiental, el social y el económico.

Quizá sea el momento de pararnos a pensar y reflexionar sobre qué futuro industrial queremos para Europa y para Cantabria y qué tenemos que hacer (y cómo) para alcanzar una industria competitiva y limpia y a la vez capaz de generar empleo, riqueza, innovación y autonomía estratégica: en definitiva, una industria verdaderamente sostenible.

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