Obituario | Pedro Pulgar Baraja
En memoria de Piter Pulgar
Miembro de una saga de farmacéuticos y médicos, conocía a todas las familias de Cabezón de la Sal y valles vecinos
Venía de una saga de médicos y farmacéuticos instalada en Cabezón de la Sal en el ultimo tercio del siglo XIX. Dos sobrinos suyos, Jacobo ... y Guy Pulgar, hijos de Gabi, los tres farmacéuticos, representan la quinta generación de esa saga, como titulares de sendas farmacias en la villa.
Piter era médico, como lo fue el fundador de la dinastía, don Manuel Baraja, licenciado en la Universidad de Santiago de Compostela. Decían en la familia que, de niño, Piter decía: «Tengo dos boticas, una de mi papá y otra de mi abuelito». Así era: la botica de arriba y la botica de abajo. La de arriba era la de su abuelo, don Gabriel Baraja. En la vieja farmacia, los bustos de Hipócrates y Galeno presidían vistosas estanterías con botes de loza blanca y nombres que imponían respeto: arsénico, cicuta…; y sobre un gracioso mostrador, una gran bola de cristal. Aquello era el impresionante ojo de boticario de don Gabriel. En mi memoria aparece el anciano farmacéutica alto, flaco, con muchos año en el mirar, preparando en la rebotica recetas ilegibles que el médico prescribía y solo el farmacéutico entendía; y aparece como un imaginado discípulo del doctor Fausto entregado a la magia.
La botica de abajo era la de su padre, don Pedro Pulgar, oriundo de Palencia. Llegó y se casó con Isabel, hija de don Gabriel. Don Pedro Pulgar era abierto y simpático. Usaba albarcas casi todo el año, como todos hacíamos en los largos inviernos. Mantenía una tertulia en la rebotica al atardecer; en los veranos, al aire de la calle. Era suscritor de ABC. Yo iba a leerlo a la rebotica.
Piter se hizo médico dentista y se quedó en Cabezón. Luego fue otorrinolaringólogo en Valdecilla. Piter era muy popular, conocía a todas las familias de Cabezón y de los valles vecinos. Y él era de todas las familias, como entonces lo era el médico de cabecera. Cuando un cabezonense ingresaba en Valdecilla, Piter aparecía en su habitación, daba ánimos al enfermo y a los acompañantes y seguía atentamente su episodio hospitalaria. Así le llegó la jubilación. Luego siguió su vida entre Torrelavega y Tanos, lugares de su mujer, Elisa Sañudo, recientemente fallecida. Cultivando sus amigos, vivió, muy unido a Elisa, dedicado a la familia, en la que surgieron dos farmacéuticos más.
Rodeado de sus hijos, Pedro, Íñigo, Alejandro y Ana, nietos y bisnietos, murió como un patriarca del Antiguo Testamento, a los 93 años. En nuestra adolescencia formamos la pandilla 'pecapichorra' (Pedro, Cayón, Piter, Rafa y Ramón). Quedábamos Piter y yo. Un abrazo, Piter. Hasta pronto.
Pedro Crespo de Lara, académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.