Santander, seis de marzo de 1881. A la una de la mañana, en la casa número 14 de la calle de la Libertad (hoy, santa ... Lucía) Concepción Blanchard Santisteban, natural de Santander, dedicada a sus labores y esposa legítima de Enrique Gutiérrez Cueto, empleado, natural de Cabezón de la Sal, da a luz una niña a la que en la pila bautismal (iglesia parroquial de santa Lucía) nombraron María Eustoquia Adriana.
Conocida familiarmente por Cuca, aquella criatura (María Gutiérrez Blanchard por la cédula de identidad) transitó por los angostos caminos de la vida cargando con su maltrecho cuerpo como Cristo con la cruz a cuestas. Los despiadados epítetos que niña, joven y mujer, inspiraba a los lenguaraces no son para reproducidos. El 12 de abril de 1932, finalizó su particular calvario en París, a los cincuenta y un años de edad.
Sí y no. Como el clásico que se fue para no irse, María murió para quedarse. Porque virtud de los inmortales es vivir eternamente.
Que María Blanchard (arrojado al Sena el Gutiérrez) está más viva que nunca pruébalo su cuadro al óleo 'La niña sentada en la sala con bancos'. Tal vez autobiográfico, metafórica recreación acaso de ella misma, perdida en profundas meditaciones, con las manecitas abiertas en aguardo de que algo llegara a ellas, a ser posible un ángel bajado del cielo para hacerle tierna y dulce compañía.
Como tengo reiteradamente apuntado, la casualidad es más causal de lo que parece. Y sin duda alguna ha sido la causal casualidad la que ha determinado que el cuadro de María Blanchard luzca en la pared norte de la cuarta planta de Faro Santander. A tan sólo unos cientos metros de distancia en oblicua línea recta de la Plazuela (hoy, de Pombo) donde jugó cuanto pudo, de la pila bautismal donde fue cristianizada y de la casa donde nació para la eternidad. A la una de la mañana. En bendita hora.