América primero
Los expertos en política internacional han encontrado un nombre apropiado al régimen político de Trump: 'Hegemonía depredadora'
El famoso eslogan 'América primero', cogitado por el pronazi Limberg en los años cuarenta del siglo XX, se refería exclusivamente a los Estados Unidos de ... América; y con ese sentido fue interpretado por MAGA, cuando lo relanzó Donald Trump. Pero, tras 14 meses de su segundo mandato, hemos descubierto que Trump se refería literalmente a todo el continente americano –desde Alaska hasta el Cabo de Hornos– incluidos los polos Norte y Sur. Es más, ahora pretende convertir en estados clientelares Ucrania e Irán. Los expertos en política internacional han encontrado un nombre apropiado al régimen político de Trump: 'Hegemonía depredadora'.
El concepto de 'hegemonía política' fue desarrollado en su día por el pensador italiano Antonio Gramsci: «El dominio, influencia o dirección suprema que un estado ejerce sobre otros, basándose no solo en la coerción sino principalmente en el consenso y la aceptación de su superioridad ideológica, cultural y económica». Para Gramsci, ello implica la construcción de un bloque histórico donde la visión del líder dominador se convierte en la 'normalidad' social, aceptada por el ciudadano común como lo más natural.
Visto así todos los grandes imperios de la historia, desde la Atenas clásica hasta EEUU, tienen en común la característica de ser hegemónicos, es decir, de ejercer la hegemonía. solo que dicha hegemonía puede ejercerse de distintas maneras. En el caso americano son claramente distinguibles tres fases sucesivas: orden bipolar (1947-1990); orden unipolar (1991-2016); orden multipolar (2017 en adelante).
Durante el periodo de 'orden bipolar' EEUU ejerció una hegemonía benevolente en el llamado 'mundo libre'; es decir, consideraba que el bienestar de sus aliados era esencial para confrontar al polo opuesto: la Unión Soviética. Para ello ejercieron la supremacía económica y militar con liberalidad; si bien, apretando las tuercas a los socios más poderosos cuándo se consideraba conveniente. Por ejemplo: la sustitución del 'patrón oro' por el 'patrón dólar' en 1971; lo cual palidecía frente a los esfuerzos económicos americanos para recuperar a Europa tras la II Guerra Mundial (Plan Marshall). Lo más destacado, sin embargo, fue el desarrollo de un sistema internacional basado en normas que fomentaban la prosperidad mutua, y la colaboración para superar las crisis económicas. Por añadidura, se les concedía a los países más débiles un sitio en la mesa con derecho a voz y voto. Los dirigentes americanos escuchaban a todos y raramente abusaban o explotaban a sus socios.
Durante la relativamente breve 'era unipolar', EEUU sucumbió a la soberbia, y se convirtió en un hegemón insensible e imprudente a la hora de imponer su santa voluntad. Dada la impotencia de sus oponentes, se auto-convenció de que el resto de los países aceptarían su liderazgo y estarían dispuestos a abrazar los valores liberales; todo ello sin parar mientes en las legítimas preocupaciones de sus socios, y embarcándose en costosas cruzadas en Afganistán e Irak. Amén de la desventurada 'primavera árabe' y las 'revoluciones de colores'. Por otra parte, adoptó políticas de confrontación que echaron a Rusia en brazos de China; forzó la apertura del mercado global de modo que aceleró el despegue de ésta; e incrementó la inestabilidad financiera global (crisis de 2008) cuyo resultado final ha sido la propulsión de Trump a la presidencia.
Llegamos así a la fase actual: 'orden multipolar' con hegemones depredadores. Si durante la fase unipolar el enfrentamiento todavía se centraba esencialmente en sus adversarios seculares, ahora se han metido en el mismo saco a los propios socios sin apenas distinciones. Es cierto que, al desaparecer la bipolaridad y frustrarse la unipolaridad, el orden internacional ha devenido –por defecto– en un orden multipolar donde el número de bloques tiende a multiplicarse: no solo Estados Unidos y China sino UE, Brasil, Rusia, India, Sudáfrica…
Trump ha apostado por construir el bloque más amplio y poderoso del mundo, asumiendo que el nuevo orden mundial se regirá por la ley del más fuerte: «los poderosos hacen lo que está en su poder y los débiles deben resignarse a sufrirlo» (Tucídides).
El depredador hegemónico estructura las relaciones económicas como si fueran una suma-cero en la que los beneficios generados se distribuyen siempre a su favor. Su objetivo primordial no es construir una relación estable y mutuamente beneficiosa, en la que ambas partes salen ganando, sino asegurarse de que el hegemón se lleve la parte del león, dejando a los socios los restos del banquete. Lo que caracteriza al depredador es su voluntad de extraer por igual concesiones y beneficios asimétricos, de contrincantes y socios, sin distinciones.
En la fase bipolar los americanos llegaron a arreglos mutuamente beneficiosos con países de ideas afines, entendiendo que ello invitaría a otros a cooperar sin temor a su apetito; La hegemonía depredadora dilapida esa ventaja comparativa al perseguir beneficios a corto plazo ignorando las consecuencias. Dada su situación privilegiada EEUU evitará un daño irreparable; pero sus futuros líderes pasarán sudores de sangre para restaurar su reputación de socio confiable, con el horrísono costo que ello apareja.