Santoña se da un homenaje de marmite
Vecinos y visitantes se reunieron en la campa del Glacis para degustar más de 10.000 raciones del guiso elaborado con la participación del pueblo
Santoña
En la mañana previa a la Gran Marmitada de Santoña todo son prisas en la plaza de San Antonio. Las patatas recién triscadas y las ... cebollas picadas tienen que llegar cuanto antes al patio del patronato militar para arrancar con la elaboración del popular guiso. «Los fuegos se han encendido a las ocho de la mañana porque guardamos en la nevera algo de cebolla ya lista y allí mismo triscan algunas patatas», confiesa José María Sobrino, al frente durante más de 40 años de la organización de este monumental evento gastronómico.
No se puede perder ni un minuto. Cuanto antes esté listo el marmite, más tiempo puede reposar de cara a la hora del reparto «y más sabroso está», explica Sobrino, mientras recibe llamadas y coordina al tropel de voluntarios. Y que es si algo caracteriza a la Gran Marmitada es que «está hecha por el pueblo de Santoña». Y es totalmente gratis.
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Una de las bases de operaciones está en San Antonio. Allí, decenas de santoñeses triscan las patatas, que ya pelaron en la jornada anterior. Lejos de ser una tarea ardua, una cuadrilla de mujeres asegura que «nos juntamos y pasamos un buen rato». Mari Carmen, Dori, Keety, Loli, Marina, Belén, Tomi y Loli nunca fallan a la cita. Acuden con sus cuchillos y delantales. Entre charlas y risas preparan los tubérculos junto a otros vecinos agrupados en mesas altas. En una de ellas está Edu Fernández, integrante de la peña Juan de la Cosa. Se encarga de picar las cebollas con una máquina sin perder el ritmo. «En mi trabajo pido vacaciones para disfrutar de las fiestas. El día del marmite es muy chulo porque te reúnes con la familia y los amigos en la campa del Glacis para comerlo todos juntos».
La Gran Marmitada sirvió este jueves más de 10.000 raciones. El cálculo lo hizo Sobrino partiendo de que se emplean 2.800 kilos de patatas, 1.200 de bonito, 400 kilos de cebolla y 170 litros de aceite. Más el agua. Nada más. Se elabora como tradicionalmente lo hacían los pescadores a bordo de los barcos. «Cada ración tendrá unos 300 gramos y siempre somos generosos». Los integrantes de las murgas y peñas locales fueron un año más los encargados de cocinarlo. En el patio del patronato se dispusieron en torno a una docena de fuegos.
El ritual se lo saben de memoria y, si es preciso, se lo enseñan a los novatos. «La cebolla se tiene que dorar sin llegar a quemarse. Que esté en su punto. Después se echa la patata y se rehoga hasta que te aburras, sin dejar de remover el remo. Luego va el agua y esperas a que la patata esté tierna. Lo último es el bonito», detalla Sobrino. Y el ingrediente secreto es «ponerle mucho cariño», apunta César Ortiz, otro veterano en esta lides.
Antes de las siete de la tarde, la filas de gente a la vera del Pasaje para coger su ración de marmite eran infinitas. Pero el reparto, a cargo de las peñas, fue rápido. Los comensales se dispusieron en la campa provistos de mesas, sillas y toallas. Cuchara en mano probaron el guiso con un veredicto claro: exquisito. «Acabamos cansados pero con la satisfacción de que te digan que ha salido rico. Solo por eso, todo el trabajo ha valido la pena», resume Sobrino.