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Osiris y el templo del dolor de Córdoba: «Mi marido no ha muerto, le han arrebatado la vida»

Esta mujer nicaragüense pagó 611 euros, la mitad de su sueldo mensual, para poder viajar en taxi de Madrid a Córdoba

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Osiris Sevilla atiende a los medios ante el Centro Cívico de Córdoba, donde se encuentran los familiares de las víctimas del accidente.

José Antonio Guerrero y Óscar Chamorro

Enviado especial a Adamuz

Osiris Sevilla Madariaga es nicaragüense y esta mañana llegaba al Centro Cívico Poniente Sur de Córdoba, el lugar por donde desfilan familias rotas en busca de sus seres queridos fallecidos o desaparecidos en el accidente ferroviario de Adamuz. Osiris, de 40 años, para encontrar a su marido Víctor, de 52, que viajaba en uno de los vagones del Alvia accidentado. Los dos habían viajado a Nicaragua para pasar el Fin de Año, pero regresaron a Madrid en vuelos separados desde Honduras. Él llegó el domingo y poco después tomó en Atocha el Alvia, con destino a Huelva, donde ambos trabajan cuidando personas mayores.

Unas horas después de hacer esta entrevista, Osiris confirmó a este periódico que, a las cuatro de la tarde, le informaron de que finalmente el cadáver de su marido había sido rescatado e identificado. «Mi marido no ha muerto, le han arrebatado la vida, porque él no quería morir. Por qué ha tenido que morir. No lo sé», se respondía completamente hundida. «Ahora no sé qué voy a hacer. Tengo que sacar fuerza de donde sea para tirar. Yo soy muy creyente, espero que Dios me la dé». Osiris aún no sabe cómo le va a contar la noticia al hijo de su marido, que tiene 7 años y se llama como él y vive con su madre biológica en Bolivia. «Va ser muy triste». Ella no ha podido ver el cuerpo de su marido, pero asegura que desea verlo, e iniciar los trámites para su enterramiento y su intención es que sea en Bolivia.

Ella aterrizó en Madrid el lunes y esa misma tarde tomó un taxi a Córdoba, por el que ha pagado 611 euros, la mitad de su sueldo mensual. Llegó anoche y esta mañana de martes se ha dirigido al Centro Cívico, en busca de información. «Me han dicho que no saben nada todavía, que tengo que esperar, pero estoy muy angustiada», confesaba la mujer hecha un manojo de nervios.

En el interior de esta dependencia municipal, Cruz Roja ha desplegado a un equipo de 150 voluntarios, muchos de ellos psicólogos, que 36 horas después del siniestro y junto a la Guardia Civil, siguen atendiendo a los familiares y proporcionándoles la información que disponen. Por ese templo del dolor, los familiares reciben el último parte, que nunca lleva buenas noticias. En este lugar de llantos y silencios, Osiris aguardaba respuestas. «Mi esposo se llama Víctor Luis Terán, ¿saben dónde está Víctor?», se preguntaba desesperada en voz alta.

«La angustia me está volviendo loca. No sabemos nada de él. Esto es una tortura»

Osiris y Víctor hablaron por última vez a las 18.43 horas del domingo, apenas hora y media antes del choque mortal de los dos trenes. Ella se encontraba aún en el aeropuerto de Honduras. Como había mala cobertura, él le dijo que le mandaba un audio por Whatsapp. Osiris conserva ese audio como oro en paño. Normal. En ese postrero mensaje, él le habla de su hijo y quedan para verse pronto en Sevilla antes de ir a Huelva.

Entonces los audios se cortaron abruptamente. Como dejó de recibir mensajes, ella le llamó varias veces, pero Víctor ya no respondía al teléfono. Desde ese fatídico domingo, a las ocho menos cuarto de la tarde, no sabíae nada de su marido. «La angustia me está volviendo loca. No sabemos nada de él. Esto es una tortura», repetía entre sollozos,

Osiris aseguraba por la mañana que no perdía la esperanza. «Tal vez siga con vida en algún vagón», confiaba. «Pido a Dios que Víctor sea fuerte. Me han dicho que todavía hay un vagón del que no han sacado a las personas y confío en que sea fuerte y tal vez todavía esté respirando y esperando que alguien le rescate. Por la noche no duermo pensando que a lo mejor todavía está vivo».

Osiris, que lleva ocho años en España, trabaja en Huelva como asistenta sanitaria, cuidando ancianos. Ella tenía que acompañar a Víctor en el vagón de ese Alvia, pero en el último momento le cambiaron el vuelo, retrasándolo casi un día, por lo que «él se vino antes». «Volver juntos nos suponía pagar casi tres mil euros, no merecía la pena por un día... Si hubiéramos sabido lo que iba a pasar», volvía a sollozar.

Osiris llegó a Madrid a las seis de la tarde del lunes y tomó un taxi para que le llevara a Córdoba, a donde llegó a las 11 de la noche. Cruz Roja le facilitó un alojamiento y esta mañana del martes a primera hora se presentaba en el centro cívico. «No me han dicho nada, solo que hay que esperar, nada más, que hay que esperar. Estoy angustiada y desespero por tener una respuesta, la que sea».

«Tras su último audio, el teléfono se apagó inmediatamente, pero no sabía por qué»

Le tomaron muestras de ADN al hijo de él, con quien Osiris también convive en régimen de custodia compartida con la madre biológica del niño. Osiris recordaba que durante el vuelo de vuelta, ella ya sabía que había habido un accidente ferroviario, pero no conocía la magnitud del mismo ni que Víctor viajara en uno de los trenes. «Tras su último audio, el teléfono se apagó inmediatamente, pero no sabía por qué».

Con ayuda de su hermana, peregrinaron por varios hospitales cordobeses, pero ya le dijeron que allí todos los ingresados están identificados y Víctor no se encontraba entre ellos. Cuando le preguntan si cree que su marido aparecerá, antes de conocer la terrible noticia, levantaba la mirada y responde con voz firme: «No pierdo la fe. Los milagros existen».

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Osiris y el templo del dolor de Córdoba: «Mi marido no ha muerto, le han arrebatado la vida»

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