Míster Cipriano
La diferencia
«No sé si en el bien o en el mal, mantengo un sinfín de dudas, pero nos posiciona con la justicia. Esa justicia que se presenta más que necesaria incluso cuando no agrada»
Valladolid
Corría 1995 y yo era un mozalbete algo rebelde que se embutía en camisetas gastadas y pensaba que una chupa de cremalleras era toda la ... elegancia que se necesitaba para cualquier tipo de evento. La chulería propia de la edad, supongo. La mayoría de la clase gastaba la misma tontería. Pensábamos que lo sabíamos todo y, por supuesto, que cualquier demanda que considerásemos justa lo era. No provenía ese juicio moral de ninguna tendencia política o de algún favor debido. Era pura inocencia e impulsividad. Algo cercano a «el mundo está mal y así estaría mejor». En esas nos encontrábamos cuando una noticia sacudió la actualidad semanal: se habían identificado los restos de dos antiguos miembros de ETA y presentaban signos de haber sido torturados antes de morir. Poco después se supo que el tormento se llevó a cabo en dependencias policiales. En aquellos años de terror y atentados, todo lo que fuera en contra de la banda asesina se recibía con alegría y unas gotas de rabia mezcladas en la taza de la venganza. Cualquier diálogo sobre el tema concluía en que lo merecían, les estaba bien empleado y que a ver si servía de ejemplo para el resto de miserables componentes de la organización criminal. Un compañero garabateó en su pupitre: «Lasa y Zabala: me alegro y regocijo de vuestra muerte y tortura». Leí el mensaje, puesto que ocupaba el lugar de al lado, y sonreí. ¡Cómo no hacerlo! Estábamos en el lado correcto de la historia. Tocó Literatura un par de horas después. Ya les he hablado alguna vez de este profesor. Paseando por el aula, mientras nos contaba alguna anécdota de Rimbaud o Mallarmé, alcanzó a ver los trazos escritos en la mesa. Su cara se demudó y un manotazo apartó nuestros libros para leer con claridad la anotación. La irritación recorrió su voz mientras nos conminaba a borrarlo de inmediato. No comprendíamos el motivo. ¿Acaso no era adecuado que dos terroristas dieran con sus huesos en la misma fosa a la que sus comandos mandaban a decenas de inocentes cada año? ¿Los malos no ameritan morir como matan? «No caigáis nunca en la trampa», nos dijo. «No podemos ser iguales que ellos. No vale todo porque, de ser así, nunca tendremos razón».
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Han pasado décadas que pesan como fardos llenos de hierro en mi espalda, y a pesar de que recuerdo con dificultad lo que escuché en cualquier diálogo la semana previa, esas frases no se han borrado de mi memoria. En varias ocasiones he luchado contra mi instinto primario ante una exclamación en caliente. Mil veces he creído que los procesos eran lentos o tediosos, pero siempre recurro a esa máxima: no vale todo porque caeríamos en un mal idéntico. Sé que decir esto cuando ocurren a diario cosas que te crispan los nervios, que hielan el alma, parece baladí. Pero esa diferencia es, precisamente, la que te coloca. No sé si en el bien o en el mal, mantengo un sinfín de dudas, pero nos posiciona con la justicia. Esa justicia que se presenta más que necesaria incluso cuando no agrada.
Vivimos tiempos de ausencia de vergüenza, valores, firmeza, ética, conciencia, nobleza, honor o mesura. ¿Lo piensan en realidad? No estoy de acuerdo. Hay algunas personas con poder, con notoriedad, que se rigen por que el fin, egoísta, justifique los medios y el camino. Se caracterizan por su capacidad para la doblez, el ventajismo y la trampa. Mi abuelo Vicente, hace muchos años, me enseñó que de ningún modo te puedes volver a sentar en una mesa con quien te haya intentando engañar en una partida. Porque lo volverá a hacer. Pero insistió en que la respuesta no era guardarte tú un as en la manga. Eso te convertiría en un farsante como el de enfrente, y los embusteros, en la mentira y el truco, siempre juegan en casa.
Leo en cada noticia cómo gestores que defraudan en su trabajo o son pillados en diferentes renuncios echan la culpa a cualquiera con tal de seguir agarrados a puestos y sillones como un parásito a su huésped. De esa 'sangre' depende su supervivencia. No importa el 'cómo' sino el destino, aunque alcanzarlo a base de indignidades y gritos sea degradante. Es una lástima que tomen la canción de Alaska por donde no es y se enroquen en que les importa un bledo que la gente les señale, susurre a sus espaldas o les apunte con el dedo. Pero la réplica no puede surgir a través de ardides similares. No todos deben ser iguales. Y los que miramos, menos.