Psicopatología del mal
«Con los métodos y criterios clínicos actuales seguramente se habrían podido detectar varios trastornos psíquicos entre los líderes nazis. Sobre todo, trastorno narcisista de la personalidad, trastorno de personalidad antisocial o psicopática, e ideas de grandeza sobrevaloradas y megalomanía predelirante»
El reciente estreno en España de la película 'Núremberg' (2025), candidata probable a varios premios Óscar, ha puesto de nuevo de actualidad el debate científico ... y filosófico que hace ahora 80 años se suscitó en la ciudad alemana y en todo el mundo cuando fueron juzgados los crímenes del nazismo.
Un joven psiquiatra, Douglas Kelley, encabezó el equipo norteamericano junto a especialistas ingleses y rusos para entrevistar, estudiar y hacer pruebas de la mente de los máximos jerarcas nazis todavía vivos. Empezando por el Mariscal del Reich, Hermann Goering, fundador de la Gestapo. Aquellos individuos, ¿estaban enfermos? ¿Padecían algún trastorno mental? ¿El nazismo era en sí mismo una enfermedad? ¿Cuál era el origen y la naturaleza del mal?
Kelley trató de encontrar algún tipo de enfermedad mental grave: trastornos psicóticos, delirios, paranoia, sadismo extremo o psicopatías. Pero a medida que la investigación avanzaba su sorpresa fue en aumento. Las respuestas de los líderes nazis en los test psicométricos y proyectivos y en las escalas de depresión y ansiedad estaban dentro de los márgenes de normalidad. Muchos tenían una inteligencia alta, dominio emocional, ausencia de culpa y hábiles racionalizaciones para autojustificarse. Goering, en particular, daba frecuentes muestras de un altivo y sarcástico sentido del humor.
El psiquiatra tuvo que admitirlo en sus notas: «He buscado sin éxito el germen de la locura. Sólo encuentro hombres obsesionados por la eficacia, por la misión». Como si fuesen gestores o ejecutivos. «No hay locura colectiva, hay coartadas identitarias, una fe técnica en la administración del mal y la burocracia como espacio de fuga moral». «El problema para la humanidad empieza cuando personas obedientes, inteligentes, confiadas en la autoridad, suspiran por una causa totalizante que no admite dudas. El antisemitismo no fue una enfermedad mental. Fue una catástrofe moral».
Douglas Kelley descartó los diagnósticos psiquiátricos. Su diagnóstico fue moral. Con los métodos y criterios clínicos actuales seguramente se habrían podido detectar varios trastornos psíquicos entre los líderes nazis. Sobre todo, trastorno narcisista de la personalidad, trastorno de personalidad antisocial o psicopática, e ideas de grandeza sobrevaloradas, megalomanía predelirante. Aun así, el diagnostico del psiquiatra americano considerando el nazismo fundamentalmente como una enfermedad ética o moral es acertado.
Ideología supremacista extrema y fanatismo individual y colectivo, esta fue la combinación fatal. Los nazis se creían superiores y despreciaban por inferiores a todos los demás. Fueron racistas, antisemitas, xenófobos, homófobos, y por supuesto antidemócratas. Grandes generadores de odio sin empatía alguna por las personas fuera de su cerrado círculo de adeptos. Sus creencias eran dogmáticas, ciegas, igual que su obediencia. En la interpretación que hace del personaje de Goering, Russell Crowe transmite muy bien con su mirada el sentimiento de superioridad que tenían los nazis y el nazismo. Su elitismo y anti-igualitarismo. Alimentados por la mitología germana se creían una raza superior, dioses en la Tierra. Y los supuestos dioses cayeron finalmente revelando la verdad: su bajeza ética, su barbarie y horror. Luchino Visconti lo relata de forma magistral en la película 'La caída de los dioses' (1969).
La sociedad alemana se contaminó de nazismo, no fueron sólo unas élites dirigentes ebrias de superioridad y poder. Toda Alemania padeció una epidemia moral. La ideología megalómana y supremacista nazi afectó durante un tiempo a la mayor parte de la población civil, herida en su orgullo tras la derrota en la Primera Guerra Mundial. La sociedad estuvo moralmente enferma. Algo que demuestra la facilidad con que el fanatismo y las ideologías extremas pueden propagarse. Aprovechando crisis nacionales, económicas, políticas, y riesgos o enemigos reales, sobredimensionados o imaginarios, los salvadores de la patria, los populismos demagógicos, crecen como tóxicas setas. De los huevos de serpiente nunca salen pollitos, como estamos viendo de nuevo en Europa con los grupos neonazis y otros movimientos de extrema derecha.
Las sociedades civilizadas, democráticas e igualitarias, no deben bajar la guardia ni infravalorar el extremismo. Ellas son el antídoto contra las derivas autoritarias, pero este tipo de «catástrofe» ética o moral ha rebrotado muchas veces a lo largo de la Historia. El mal sigue entre nosotros, porque forma parte de la naturaleza humana.