Veni-Vidi-Scripsi
Donde un libro es una fiesta
«Como decía al comienzo, el calvo no está normal. Tal vez haya desarrollado cierta inquina hacia los secadores de pelo –por lo que sea–, que más tarde canalizó en sus libros»
Que el calvo no está normal lo sabemos. Lo que no conocíamos era la magnitud; pero eso viene más abajo.
Por partes.
De donde vengo, ... una ciudad algo mayor que Valladolid, existe una intensa actividad literaria. En Bahía Blanca se presentan libros en casi todos lados: bibliotecas, cafés, teatros, plazas… y, si todavía no se hacen a bordo de los autobuses, no creo que tarde en ocurrir. También se celebran recitales de poesía, talleres de escritura, homenajes y una feria internacional. Los bahienses que gustan de la movida literaria van bien servidos.
En Valladolid, aunque se diga que ya no se lee, se respira literatura, y un nuevo libro puede celebrarse en lugares tan espectaculares como el Círculo de Recreo o la Casa de Zorrilla, en teatros o en bares y, sobre todo, en librerías. Porque las librerías vallisoletanas son mucho más que una expendeduría de papel impreso: son un ágora donde se interpreta el ritual de la pregunta del lector, el consejo del librero y la charla del escritor. En Valladolid, pensaba, es como en Bahía… pero estaba equivocado.
En esta ciudad, donde al poco de llegar te aclaran que aquí se habla el mejor castellano –dejaremos el leísmo y el laísmo para otra columna–, la literatura es un asunto de Estado. Y si a uno se le ocurre que tal vez podría ponerse a escribir algo, puede sentir cómo se agitan los arbustos de la Casa de Cervantes, que Rosa Chacel se remueve inquieta en su banco de Poniente o que, al pasar por su plaza, Zorrilla te vigila a lo Sauron, y en ese momento te das cuenta de que quinientos años de historia se posan sobre tus relajados hombros y tus ingenuas muñecas. Por eso, cuando en Valladolid se presenta un libro, es algo para celebrar.
Pero si una presentación de un libro es una fiesta, la última de Gellida –que domina muchas palabras excepto mesura– fue el Rock in Rio de las presentaciones. Y el problema no es que esté lo suficientemente tocado del balero como para idearlo, sino que, además, tiene las habilidades sociales como para liar a más cómplices. Y ahí es cuando se arma la de Dios es Cristo, nivel iglesia maradoniana.
¿Y dónde se monta una fiesta por un nuevo libro en Valladolid? En la Plaza Mayor, primero, y en el Teatro Zorrilla, después. Cerca de quinientos lectores y amigos retapizaron de expectación el rojo de las butacas, en una tarde con Pérez-Gellida y su gorra –cuidado, esta vez con camisa y americana–, para una buena farra literaria que le hizo bien a la literatura, quitándole la solemnidad con que habitualmente se la trata.
Del brazo de Carmen Corazzini, el humor de JJ Vaquero y Alex Clavero, la música de Siloé y la complicidad de Dolores Redondo, repasamos los quince años de carrera de César. El talento de Hovik nos introdujo en La piel de una gota, la novela que nos devuelve a Sancho y presenta a El Témpano: un trastornado de cuidado que pondrá en jaque a los vallisoletanos y sus monumentos –cosa que me toca bastante la moral, porque me joroba la iniciativa de Valladolid Patrimonio de la Humanidad–. Y otras sorpresas cerraron una celebración que ofició de zaguán del último Blacklladolid.
Como decía al comienzo, el calvo no está normal. Tal vez haya desarrollado cierta inquina hacia los secadores de pelo –por lo que sea–, que más tarde canalizó en sus libros. Tal vez se haya puesto a liquidar paisanos con el teclado por falta de un buen psicólogo argentino a mano con el que psicoanalizarse. Pero, sea cual sea el motivo, para nosotros, sus lectores, es una suerte que esa bendita locura siga a flor de piel, de una gota.