Óxidos y Vallisoletanías
El precio de estar cuerdos
Siempre he sido poco amigo de la antipolítica, que es el alimento del populismo y, por lo tanto, enemiga de la democracia
Valladolid
Si usted está leyendo este texto: enhorabuena. Pertenece a una elite intelectual, a esa pequeñísima parte de la población que ha apostado por dejar de ... mirar una pantalla compulsivamente y dedicar parte de su tiempo a leer a personas reales, aunque no le gusten, aunque no esté de acuerdo con ellas, aunque le amarguen el café. Y todo para sofisticar su mirada, para pensar con algo más de sutileza y para dejar de embrutecerse. Porque alguien que no se expone a más opinión que a la suya –eso es en realidad un algoritmo–, se embrutece y acaba por enfermar con las interferencias de su propio eco, como cuando pasamos un fin de semana en casa, en pijama, a solas con nuestros fantasmas. No hay nada sano en vivir rodeado de certezas, porque tienden a convertirse en absolutas. Lo cierto es que la realidad es más compleja que esas certezas. Y también menos evidente. Desgraciadamente, nadie puede aspirar a acceder a ella por completo –la verdad es inasible–, pero si optamos por leer a otros –comprender es perdonar–, al menos podemos abrir dudas donde antes había certidumbres. Eso es la Cultura, que poco tiene que ver con el entretenimiento y mucho con la humildad del que palpa, a oscuras, las paredes de su propio zulo. Por si un día encontrara una salida.
Entiendo que esa persona a la que lee no tengo por qué ser yo, que hago lo que puedo, con muchas limitaciones y, sobre todo, con muchos fantasmas. Es la consecuencia, supongo, de pasar muchas horas escribiendo en el Congreso de los Diputados, que es una profesión de riesgo, como trabajar en la cárcel o en un psiquiátrico. Yo fui educado para eludir a la gentuza, para rodearme de gente culta, buena y sensible. Pero Dios se empeña en reírse de tus planes y un día decide enviarte entre lo más bajo de la sociedad –lo son, sin duda alguna– para que aprendas lo que es vivir entre gente malvada, ignorante y extraordinariamente cruel. Siempre he sido poco amigo de la antipolítica, que es el alimento del populismo y, por lo tanto, enemiga de la democracia. Pero una vez lo ves de cerca no te queda duda: no hay ninguna esperanza. Supongo que verlos en su hábitat, como a los roedores, deja secuelas. La primera es la falta de entusiasmo; la segunda la falta de fe; y la tercera unas ganas terribles de pasarse el fin de semana en casa, en pijama, a solas con los fantasmas. Y vuelta a empezar.
Decía que les quería dar la enhorabuena. Pero no solo eso: también le doy las gracias. Lo normal ante este bochorno es tirar la toalla, aislarse y vivir escuchando a los Waterboys de cuando 'You In The Sky', que es lo que estoy escuchando en este preciso momento para desintoxicarme. O leer a Delibes. O pasear haciendo círculos concéntricos por el Campo Grande en cuanto caigan las primeras lluvias y saquemos de una vez la chaqueta y las botas, que andan pidiendo cariño a gritos. Les doy las gracias porque son la única esperanza que nos queda. Si no se lee prensa, la prensa cierra. Y si la prensa cierra, toda esa gente malvada, ignorante y extraordinariamente cruel va a ganar la partida. Porque van a poder hacer lo que les dé la gana, sin controles, sin límites y sin miedo. Y sin periodistas en las ruedas de prensa no hay preguntas incómodas. Y sin cronistas escribiendo lo que está sucediendo –algo a donde nunca llegará la IA–, la verdad empezará a ser solo una más de las versiones. Y entonces llega el totalitarismo, que es la antesala de la guerra. Porque todos esos que no leen lo están pidiendo a gritos, a derecha y a izquierda: todos claman ya por un poder autoritario –cada cual el suyo– que no esté limitado ni controlado por los jueces, por las Cortes, ni por la prensa. Esa es la realidad, España pide a gritos caudillo, un Mesías, un salvador. Y, aunque no lo sepan, también piden una guerra, que es la consecuencia lógica de lo anterior. Esto lo sabe todo aquel que haya leído, pero ellos no. Luego mirarán su obra y dirán: «No se podía saber». Pero sí que se podía saber. Claro que se podía. Claro que se podía sospechar que sin estado de derecho no hay libertad y sin libertad no hay paz. Porque así ha sido históricamente. El problema son los que sí que lo saben, toda esa panda de políticos irresponsables, agresivos y manipuladores que saben de sobra a dónde nos están llevando, por su propio beneficio. No hay que ser un lumbreras, cuando un médico ve tus análisis y lee: «Varón, 50 años, fumador, bebedor, obesidad, sedentarismo, estrés, hipertensión, hipercolesterolemia, triglicéridos y prediabetes», habitualmente sigue una coletilla. «Infarto». Del mismo modo, no hace falta ser Adenauer para advertir que si hay hiperinflación, corrupción, mafias criminales dentro de los partidos, falta de respeto por el poder judicial, sicarios en las cloacas, altas dosis de nacionalismo, xenofobia, inmigración descontrolada, incapacidad de defender la integridad nacional, agresiones al estado de derecho, actitudes totalitarias y manipulación de los medios, da igual quién gane porque la coletilla del médico será la misma: «Conflicto inminente».
Pueden decir que soy pesimista. Es posible, pero si ustedes creen que cualquiera de las dos coaliciones a las que podemos votar puede acabar con este marco político, quizá yo también piense que son ustedes algo ingenuos. La realidad es que en la España reconciliada del 78 somos pocos y estamos solos, lanzando mensajes en botellas vacías en el medio del Pacífico. No hay esperanza: España tendrá lo que pide y ese será su castigo.
Yo escribía para darles las gracias y la enhorabuena. Hace falta mucha autoestima, una sólida formación personal y cierta disciplina para seguir haciendo algo que no es natural, que es exponerse libremente a la prensa libre, en lugar de esconderse de ella. Porque el mundo huele a bata de churrero. Pero decía Anatole France que no hay mayor aristocracia que la independencia de pensamiento. Así que estar solos sería solo el precio de estar cuerdos. A mí me vale.