La ignorancia
La lectura solo funciona como actividad lúdica si se disfruta con ella. Si eso no se da, creo que no hay solución
Juan Bas
En una vieja viñeta de humor gráfico de Chumy Chúmez se ve a una muchedumbre cabreada que marcha tras una pancarta en la que pone: « ... No sabemos leer». Y detrás, un hombrecillo con cara triste que enarbola él solo otra pancarta en la que ha escrito: «Yo, sí. Pero solo leo chorradas».
Para cuando se hicieron públicos los demoledores resultados del informe PISA ya había entregado mi columna. Uno de los puntos más negativos del informe es la falta de capacidad de lectura de los jóvenes evaluados, o más bien de la capacidad para comprender por pérdida de concentración rebasadas las 400 palabras. Sin relación por tanto con el informe, todavía desconocido para mí, la columna trataba por casualidad sobre el placer de la lectura literaria. He aquí una de las madres del cordero expresada a través de una perogrullada: a los jóvenes que no les gusta leer libros de ninguna clase no habrá manera de conseguir que lean. Mejor dicho, sí, se les puede obligar, incluso con látigo (es un decir), pero el resultado será contraproducente, de efecto inverso: detestarán la obra obligada a leer. La lectura solo funciona como actividad lúdica si se disfruta con ella. Si eso no se da, creo que no hay solución.
Pero hay que conseguir que al menos sepan leer con atención un texto de una longitud mayor que lo mínimo. Estas breves columnas de opinión tienen 470 palabras. Si es cierta tanta dispersión, que no sean capaces de comprender el conjunto porque la parte final es como si no la hubieran leído, resulta catastrófico. A mejorar esta capacidad sí se puede entrenar, así como a leer, a enseñar a leer comprendiendo, porque lo que se ha revelado es casi analfabetismo funcional. Sin embargo, que aminoren la adicción al bombardeo constante de la pantalla del móvil, probablemente el mayor factor de alienación, parece todavía más difícil que insuflar amor por la lectura. El retrato arroja el balance de la ignorancia y de su perversión: la jactancia de ser ignorante, el prestigio de no saber nada; a lo que va unido el desdén por el esfuerzo y no ya la incapacidad de ejercitar un pensamiento crítico, sino el mero pensamiento, que será tan pobre como lo sea el lenguaje mental.
Ignorancia de jóvenes y estupidez de adultos son los raíles bien engrasados por la incultura y la falta de criterio por los que avanza la manipulación, el desdén por el valor de las libertades, la eficacia de las mentiras y la escalada de los extremismos más ofuscados.
Menos mal que los ejemplos de cultura de los próceres no faltan. En un reciente telediario, el ministro Albares soltó un 'preveer' que dio gloria oírlo. Lo que demuestra que no ha visto escrito en ningún lado que es «prever» o, peor aún, no se ha fijado.