Tribuna
Despedirse
La despedida es tan ruidosa como espectacular es el inicio —por eso las bodas son cada vez más despliegues de medios mercadotécnicos—, y entre ambos queda una vida sin transformaciones significativas
Decir que sobre gustos no hay nada escrito es cometer dos faltas. En primer lugar, se embadurna uno en la pocilga de los lugares comunes; ... en segundo lugar, se dice una cosa falsa. Con ello se incurre en un error estético y ético del que conviene prevenirse. Conviene, por tanto, escribir una vez más sobre cuestiones de gusto, y, en este caso, de mal gusto.
Es cada vez más común que un paseo por la ciudad de Valladolid nos brinde encuentros de inequívoca incomodidad estética. La escena es reconocible: una sevillana de poliéster, un ratón antropomorfo o un policía semidesnudo caminan escoltados por una cohorte de individuos con camisetas a juego y coronados por pequeñas insignias fálicas traídas desde algún sórdido rincón de China. El ambiente aspira a la ocurrencia, pero abunda en el tedio; pretende la fiesta y no logra siquiera su caricatura. Alguien grita que viva la novia, el novio, o lo que allí se encuentre, se jalea lo justo y, después, la comitiva prosigue su marcha hacia ninguna parte.
La necesidad de subrayar el final del noviazgo y el inicio del matrimonio con espectáculos estomagantes no es un simple desliz, sino un síntoma de degradación. Donde hubiera de encontrarse un umbral, es decir, un tránsito significativo de un modo de vida a otro bien distinto, se sitúa el estrépito. Como no hay nada a lo que decir adiós en condiciones -porque nada se había tomado demasiado en serio-, se trata más de una coartada que de una despedida.
Desde el tiempo de noviazgo, dedicado al discernimiento paciente y extendido, al del matrimonio, donde se ahonda el compromiso como destino propio, ha de haber una transformación. Lo dudoso es que ese tránsito pueda darse vestido de tutú, ebrio hasta el enmudecimiento de la inteligencia y bebiendo de cálices que reflejan la anatomía privada del ser humano. Pero el problema no se encuentra en la forma de la festividad contemporánea, sino en un estrato más profundo, pues hemos olvidado la importancia de los umbrales. La grave distinción entre un estado y otro necesita, cómo no, de un soporte ritual. Sin embargo, el rito ha de estar en función del umbral, y no al revés. Nosotros hemos aprendido a eliminar la gravedad del paso resolviéndola en continuidad entretenida.
Nada termina del todo y nada comienza con el peso que le corresponde. La despedida es tan ruidosa como espectacular es el inicio -por eso las bodas son cada vez más despliegues de medios mercadotécnicos-, y entre ambos queda una vida sin transformaciones significativas. El problema de estas despedidas es, entonces, el caso concreto de una tendencia más amplia: la incapacidad de habitar los acontecimientos significativos sin degradarlos en entretenimiento. Sin umbrales, la vida deja de ser un tránsito y se vuelve una repetición interminable de distracciones triviales.