El odio
«Más que dentro del mal, quien vive odiando desarrolla su existencia en el centro de un automatismo moral que produce reacciones maquinales ante los sujetos sobre los que proyecta su odio»
¿Qué extraña y brutal obturación del órgano moral conduce a odiar a otro ser humano? ¿Bajo qué premisas puede la voluntad galvanizarse bajo el signo de la violencia? ¿Es acaso posible desarrollar una etiología detallada del odio? ¿No es la violencia injustificada inexplicable, también, desde el punto de vista de las causas que la producen? Y, sin embargo, queremos comprender. ¿Qué ha sucedido en el hombre que está dispuesto a golpear a otro hombre por el mero hecho de haber nacido en una ciudad concreta? El humano afán de odiar es más profundo que la interpretación que de este fenómeno podamos realizar. En cualquier caso, conviene examinar la genética del odio, su constitución misma y sus efectos en la conciencia, pues parece que solamente así podemos prevenir su corrosión.
En la cuarta sesión del juicio por la muerte de Sergio Delgado, el acusado de propinar el puñetazo que terminaría con la vida de Delgado, José Luis Novoa, ha dicho: «No les puedo decir a ustedes cuál fue el detonante de la agresión». Estas palabras no ofrecen ningún consuelo, pues anulan la posibilidad de encontrar una cadena causal con la que dar cuenta de los actos del agresor. Todo resulta absurdo. Pero tenemos que pensar en qué consiste este absurdo que ni siquiera el principal responsable es capaz de hollar, y quizá el odio sea aquí, justamente, el quid de la cuestión.
El odio no es enfado ni ira, que se diluyen en el exabrupto, sino que su proceso de gestación suele ser duradero, y puede dirigirse contra su objeto durante toda una vida. Este sentimiento puede, incluso, extenderse desde un sujeto a otro hasta abarcar generaciones enteras y sobrevivir al paso de los siglos. Sobran los ejemplos históricos donde encontramos tribus, pueblos o naciones donde el odio sigue renovando su poder cáustico hasta hundir sus orígenes en lo inmemorial. Pero, más allá de su duración, interesa analizar su nacimiento y su mecanismo propio.
La diferencia entre un sentimiento como el odio y una emoción como, por ejemplo, el asco, radica en cómo se relacionan con el objeto al que se dirigen. Una emoción supone una reacción, positiva o negativa, ante determinadas cualidades de un objeto. En el caso del asco, diríamos que aparece cuando en nuestro entorno nos topamos con un elemento que produce repulsión y el deseo de evitarlo. Por otro lado, las emociones no necesitan encontrar cualidades objetivas para producir efectos en el sujeto. El caso del odio es paradigmático. Para odiar alguien, este no ha de ser necesariamente odioso, sino que se hace odioso por el hecho de odiarlo. Con ello comprendemos que el odio es un modo totalizante de mirar al prójimo que busca en él propiedades negativas, existan o no. Quien odia necesita hacer al otro merecedor de ese sentimiento. Así, el odiado vive bajo la proyección de una sospecha donde, muy ciertamente, quien odia encontrará motivos suficientes para justificar su propio sentir, pues los habrá puesto él mismo.
El origen de esta proyección capciosa sobre el otro es difícilmente precisable. No obstante, es posible aventurar que antes de odiar a un individuo o a un grupo humano se han de haber dado una serie de experiencias negativas. No es fácil encontrar casos donde el odio constituya la respuesta inmediata al primer encuentro con el otro. Hay, entonces, un proceso de acumulación de vivencias que terminan configurándose como el sentimiento generalizado de odio. Ya hemos dicho que este proceso puede cristalizar, por ejemplo, en la historia de un pueblo, de tal manera que nuevos seres humanos heredan el odio ya gestado por sus antepasados.
Si hubiésemos de reducir esta biografía del odio al núcleo vivencial que lo produce, diríamos que nace de experimentar la existencia del otro como una amenaza o agresión dirigida contra uno mismo. Esta cadena de encuentros negativos termina degenerando en el odio, que ya tiene un alcance total. Sobran los ejemplos, y el trágico caso que hemos mencionado al comienzo es uno de ellos. Conocemos bien la histórica rivalidad entre diversas provincias de nuestra comunidad. Fácilmente puede esta rivalidad convertirse en afrenta vivida, sedimentada y forjada, finalmente, como odio.
El odio heredado experimenta un proceso de recepción por parte del sujeto, que hace suya esa historia sedimentada de experiencias negativas y la integra como parte de su ser propio, de modo que opera en su conciencia moral a modo de, si se puede expresar así, axioma. Quiero decir con ello que el odio se constituye como un supuesto de la vida moral, y así produce emociones y acciones sin resultar advertido. Quizá sea este el más alto riesgo que plantea el odio, pues las acciones que produce no son inmediatamente consideradas por el sujeto como malvadas, sino como obvias. Más que dentro del mal, quien vive odiando desarrolla su existencia en el centro de un automatismo moral que produce reacciones maquinales ante los sujetos sobre los que proyecta su odio. Y quizá por ello dice el agresor que no puede explicar el detonante de la agresión, pues no es otro más que el odio mismo.