Tribuna
Fumar de memoria
Lo grave no es que se prohíba -ese es solamente un ejemplo-, sino que un debate abierto -donde al menos hay una voz disidente- se resuelva mediante una ley que convierte directamente en delictiva una conducta acaso solamente discutible
Cuando Rodrigo de Xerez descubrió el tabaco en Cuba, tan lejos de su natal Ayamonte, debió de quedar cautivado. Así lo atestigua el relato según ... el cual, conforme regresó a España, prendió un puro. Según se dice -y, aunque la historia posiblemente tenga algo de leyenda negra, tomémosla por su valor simbólico-, fue encarcelado por tener el cuerpo lleno de demonios imbuidos por el humo del tabaco. Al abandonar su celda tras siete años de cautiverio descubrió que su delito ya no era tal, pues la costumbre de fumar se había extendido en toda la población española, y ya aparecían textos que encontraban en el tabaco una especie de panacea contra todas las dolencias físicas y espirituales.
Así, el tabaco, siempre fascinante, pasó de ser condenado a ensalzado como ambrosía. Estos vaivenes pendulares que tanto nos acompañan en la historia se declinan, hoy, de nuevo, pues vemos cómo el celo prohibicionista vuelve a fustigar a los fumadores, que ven su topografía urbana cada vez más disminuida. Como todo fumador es un discípulo de Rodrigo de Xerez, no está mal comenzar pensando sobre el injusto destino que pudo haber sufrido este marinero.
Es común que una costumbre desagradable termine siendo considerada una falta moral. El higienista, que es una excrecencia del puritanismo, al fin y al cabo, atacará todo aquello que no se corresponda con su uniforme visión del mundo. No obstante, dentro del terreno moral cabe ofrecer una réplica argumentada. El auténtico problema aparece cuando la falta moral deviene delito. Ahí, la costumbre ya no es vicio, sino crimen. El fumador será, tarde o temprano, un sedicioso perseguible. Lo grave no es que se prohíba fumar -ese es solamente un ejemplo-, sino que un debate abierto -donde al menos hay una voz disidente- se resuelva mediante una ley que convierte directamente en delictiva una conducta acaso solamente discutible. Con ello, se resuelve el debate con una sanción del tipo que venga en gana al legislador, y no sin el aplauso de los acólitos que encuentran en la salud pública una nueva religión civil.
Una imagen común de nuestro país: un hombre enciende un puro -¡qué perverso!- en una terraza. La persona que está sentada al lado exhibe sendos mohines y arruga sus hocicos para que el fumador perciba lo repugnante que resulta su candil. Visto que este no se entera, el ciudadano intoxicado por el humo ajeno se levanta y le espeta:
—Perdone, ¿puede cambiarse de sitio? El humo de su cigarro molesta mucho.
Existen aquí dos posibilidades. Primera: el fumador se levanta, pidiendo disculpas o de mala gana, pero se levanta y traslada el lugar de su viciada conducta. Segunda: el fumador no desea levantarse e invita a su conciudadano a que se mueva él, si acaso tanto le molesta. Puede ahora comenzar un debate de corte ético y político donde cada cual habrá de argumentar por qué puede, o no, fumar allí donde lo está haciendo. Poco importa el resultado de este debate; lo interesante es que exista la conversación; incluso la bronca. Pero este encuentro sí que resulta sumamente peligroso y molesto para el biempensante que no desea verse expuesto a nada que él no haya elegido previamente, como el humo que expulsa otra persona. La solución es otra: prohibamos al fumador serlo en público, de modo que nuestra vida no se desequilibre por la ilegítima existencia de quien piensa y actúa de un modo distinto al propio.
Por ello resulta especialmente lamentable el aplauso ciudadano a este tipo de leyes. Es una miopía especialmente grave la que no permite columbrar cómo, cuando al vecino le prohíben hacer algo que me molesta, mi rango de acción también se ve manipulado por la regulación de las costumbres. El palmero de la prohibición también está viendo los espacios no regulados retirarse poco a poco, pero una pedagogía previa ha logrado que confunda los empujones con caricias. Así, agradece la protección del Estado y de sus gloriosas fuerzas, que salvaguardan su salud de agentes cancerígenos, olores pestilentes y otras ponzoñas urbanas, como el prójimo. Este es el tipo histórico que vuelve a nacer en los últimos días: el hombre administrado que se transforma en masa perseguidora.
Nuestro tiempo ad summum democraticum encuentra su florecimiento en esta clase de regulaciones que garantizan la libertad, la igualdad y la fraternidad —o algo así— mediante la vigilancia estricta de la higiene social. Quizá debamos extender al extremo este tipo de medidas, si acaso así es como se ha de garantizar el sacrosanto pluralismo de nuestra religión civil. No sería absurdo contar con detectores de humo repartidos por la ciudad que pudiesen garantizar que las moléculas infectas del tabaco no llegasen a pulmones sanos. Quizá alguien pudiese denunciar un aroma tabacoso en la vía pública, de modo que las patrullas de turno siguiesen el rastro hasta detectar su fuente. Tal vez su persecución descubriese una tostadora vil, calcinadora de rebanadas, que habría perturbado -aunque sin incurrir en ilegalidades- las narices del denunciante. Pero tal vez se escondiese en un taburete de bar un individuo fumando, camuflado entre los demás. Sobre él debería caer todo el peso de la ley, por vil mentiroso.
Lo cierto es que hacer cosas poco saludables, peligrosas o, incluso, absurdas no debería estar prohibido. Mantener esa posibilidad acaso sea una necesidad para un mundo donde existen diversos sujetos que no deben plegarse, bajo amenaza, a los imperativos morales del higienismo contemporáneo -tan semejante al que encerró a Rodrigo de Xerez, por cierto-. Y si, tras mucho explicar al fumador lo enfermo que está de tabaquismo, este sigue asumiendo el coste de su costumbre, quizá se le deba dejar en paz. Regulemos, si no, que todos los ciudadanos caminen diez mil pasos al día, que beban una o dos botellitas de kombucha y que no lean ni escriban palabras peligrosas. Podríamos también regular el uso público del suspiro, pues alguien en exceso melancólico podría disminuir el bienestar social expulsando sus aerosoles de tristeza en la calle. Huelga decir que la conversación también puede ser regulable para que el índice de palabras soeces no sobrepase el cociente de escándalo, pues de lo contrario se podría estar sujeto a alguna sanción administrativa o penal.
Esto poco le importa a quien, molesto por el mefítico vicio del fumeteo, aplaude la regulación estatal de los hábitos ajenos, en vez de la discusión ética. De fondo hay un concepto acerca de la salud y acerca de la felicidad, comprendido, además, en términos totales, de modo que quien disienta no solamente está equivocado, sino que es un perverso. Ojalá llegar al estado en que la vida se parezca máximamente a una sala de espera donde hablar en voz baja sobre las bondades de la vida equilibrada. Allí no cabe ni lo imprevisto, ni lo incómodo, ni lo complejo. Se tratará del momento de sumo progreso social, donde ya nos habremos desembarazado del mayor peligro: que uno descubra la existencia de personas que piensan y que actúan de un modo diferente al propio, algo mucho más nocivo que el tabaco.
Dentro de unos años, reflexionaremos sobre este tiempo bárbaro donde algunos desalmados se ponían a fumar delante de un café en la esquina de una terraza. Podremos sentarnos, previamente autorizados, a contemplar las bondades de nuestro pulcrísimo mundo moral, que son las de nuestro Estado. Acaso haya un instante de duda; un brevísimo estremecimiento al pensar que alguna de las personas sentadas en nuestra misma terraza podría seguir pensando que prefiere fumar, incluso si no lo hace; especialmente si no lo hace. Esa persona estaría fumando de memoria, y de su humo imaginario no podría protegernos nuestro gobierno. Ese humo es inodoro e invisible, pero en absoluto inocuo. Es una idea indetectable para el vecino vigilante y para el poder estatal. Ese tabaco imaginario no se puede tocar, a menos que uno se deje. Esto es lo que le quita el sueño al perseguidor.