Hablan porque no leen
«La necesidad de malinterpretar una frase debido a quien la pronuncia, y no a lo pronunciado, es uno de los rostros más claros de la mezquindad»
La vil ralea de folicularios que regurgita fórmulas almacenadas en la mecánica mente ideológica se dedica a opinar. Puede verter sus opiniones desde el escaño, ... desde el podio del mitin, ante los micrófonos de periodistas o desde el fiel inodoro, en cuyo caso lo dicho y lo hecho coinciden en sustancia, si bien no en accidentes, dada la bajeza de algunas opiniones. Recientemente se ha opinado profusamente sobre una frase pronunciada por el arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello. Este, en la Escuela de Verano 2026 de la Fundación Pablo VI, pronunció la conferencia titulada 'La respuesta de las democracias a los retos éticos y antropológicos de la sociedad'. En los últimos quince minutos de la ponencia, cita a san Agustín con las palabras: «Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones».
Esta frase, por supuesto citada siempre aisladamente y sin hacer referencia a san Agustín, ha despertado profundas reflexiones en las mentes de algunos de nuestros ministros. Don Félix Bolaños trató de zanjarlo por vía epistolar, cuestionando retóricamente qué sucedería si se acusase a la Iglesia de ser una banda de agresores sexuales. Doña Diana Morant ha preguntado con sutil paralipsis si acaso Argüello es «colaborador de Vox». Don Ernest Urtasun –ministro de Cultura, merece la pena subrayarlo– ha señalado que de las palabras de Argüello «se desprende» la añoranza de un país abandonado por los españoles «hace cuarenta años». Así, la cita de Argüello ha sido interpretada como ataque al gobierno, como declaración política, y como añoranza ochentera, si aplicamos la aritmética de Urtasun con rigor pitagórico. Los comentarios de las luminarias gubernamentales muestran, a pesar de su excelencia, una hermenéutica superficial cuya raíz se encuentra solamente en la falta de lectura.
La cita de Argüello corresponde al capítulo IV del libro IV de la Ciudad de Dios, obra escrita por san Agustín de Hipona. Allí, el de Tagaste señala que, abandonada la referencia a la justicia como criterio ético trascendente a la praxis política, esta deviene poder puro, vacío de sentido, igualable al quehacer de los criminales. Lo hace narrando la anécdota legendaria según la cual Alejandro Magno reprendió a un pirata por él detenido dadas sus fechorías marítimas. El detenido replicó al emperador que, en esencia, ambos hacían lo mismo, sólo que, mientras que el pirata maneja una galera, el emperador emplea una flota entera. Así, el reino injusto, concluye san Agustín, es semejante a la banda de ladrones.
«Quien comprende la cita de Argüello como una crítica al Gobierno demuestra que desconoce la diferencia entre Estado y Gobierno»
Con ello defiende el obispo de Hipona algo en absoluto novedoso para la historia del pensamiento filosófico y político: la fuente de la justicia política se encuentra en la virtud ética. Un sumarísimo recorrido a través de los clásicos de la filosofía confirma esta posición. Platón, en la Apología de Sócrates, muestra cómo una democracia donde gobernantes, jueces y ciudadanos abandonan la preocupación por la virtud degenera hasta convertirse en una máquina que tritura a los justos. Conocido es, en la República, el paralelismo entre la virtud del alma y la justicia del Estado. Claro que también Aristóteles ha incidido en que lo que permite discriminar un Estado justo de uno injusto no es el número de gobernantes ni la forma en la que se organizan, sino si su oficio cuenta con el bien común como referencia. En caso contrario, cualquier régimen se hace injusto, y en esa dirección apunta san Agustín en el fragmento citado por Argüello.
No es el sitio este, ni por extensión ni por ganas, para subrayar los matices y diferencias en las posiciones de estos autores. Sí que me interesa mostrar la semejanza que une a pensadores tan diversos, pues todos coinciden en que la justicia política no se obtiene exclusivamente por medios políticos. Lo mejor es que las obras de estos autores se pueden encontrar gratis, libres de derechos, a través de Internet. Basta con buscar sus títulos; e incluso la obra de san Agustín cuenta con una versión informatizada de facilísima navegabilidad. Por supuesto que los modestos honorarios de los ministros podrán permitirse ediciones en papel, pero en caso de extrema austeridad, hay otras opciones. Los libros se pueden encontrar, incluso, en bibliotecas públicas.
La necesidad de malinterpretar una frase debido a quien la pronuncia, y no a lo pronunciado, es uno de los rostros más claros de la mezquindad. Cualquiera que conozca la obra de san Agustín reconoce esa cita, y entonces se ve obligado a tomar el libro, releerla, y ponderar si el filósofo atiende a la verdad o no al mostrar cómo un Estado ha de ser justo si no quiere ser criminal. Si recordamos los comentarios citados de esos ministros vemos ahora lo desatinado de sus ocurrencias. Quien la comprende como una crítica al Gobierno demuestra que desconoce la diferencia entre Estado y Gobierno, un matiz muy básico para cualquiera que haya leído más de ciento cuarenta caracteres seguidos. La acusación de que es una proclama ideológica no encaja bien con el hecho de que sea una cita aplicada en general y extraída de un autor que la firmó en el siglo V. Lo dicho por el ministro de Cultura apenas merece comentario, pues se puede leer a san Agustín y comprender su precaución con los reinos que se erigen como arcontes de la justicia sin añorar épocas pasadas.
Son tres los ejemplos de poderosa estulticia –por pertenecer a quienes ostentan potestas– citados, pero más podríamos acumular aquí. Nos recuerdan, eso sí que lo agradecemos, que antes de hablar conviene escuchar y, si uno está dispuesto a hacer una locura, leer aquello que se va a comentar. En caso contrario, uno corre el riesgo de querer ser crítico, pero acaba pareciendo solamente ignaro ayuno de lecturas. A estos últimos solamente podemos dedicar nuestra compasión.