¿Dónde están los muertos?
Tan ajena nos resulta la muerte que ocultamos el tanatorio de la ciudad, el cadáver en el tanatorio y la muerte en la vida
Los muertos viven muy lejos de nosotros. Quien quiera visitarlos tendrá que conducir, a menos que lo lleven allí donde se reúnen los que han ... agotado sus días. Esto último nos sucederá al menos una vez, pero valgan las siguientes palabras para los casos generales en los que nos vemos en la necesidad de ir a visitar a un muerto mientras nosotros todavía estamos vivos.
En nuestra ciudad, como en todas, los mapas despejan la muerte de la mirada cotidiana. Las lápidas, esas señales de lo ausente, no entorpecen el tráfico ni el caminar de los paseantes. Solamente nos complace ver aquellas que van antecedidas de una placa donde se nos informa de que constituyen un valioso documento histórico. Si solamente indican que bajo la losa yace un cadáver, la lápida estorba.
Esto es una exageración, pensará alguien, pues todos sabemos dónde están los muertos y cómo llegar hasta ellos. Bien, es una exageración. Aproximemos, entonces, la mirada al tanatorio. Piénsese en uno cualquiera; la descripción que sigue encajará sin disonancias. Nos recibirá un edificio cuidado, de factura moderna, bien surtido de cristaleras y estructuras metálicas inmaculadas. Una puerta automática nos conducirá a una suerte de recepción hotelera. Claro que los muertos no necesitan recepcionista; este está al servicio de los vivos que allí acuden, tantas veces con los ojos arrasados en lágrimas. Cuánto consuelo despierta en el doliente descubrir que puede obtener un cuadro hecho con las cenizas mortuorias, o, quizá, un pequeño diamante hecho también con ellas.
Tras observar este catálogo de delicias, uno empieza a preguntarse si allí realmente hay muertos. Las gentes enlutadas así lo atestiguan, así que toca ponerse a buscar. Una vez encontrado el velatorio, a veces precedido por un cartel luminoso que porta la esquela de turno, solamente queda acceder. Sin embargo, cruzar este segundo umbral tampoco garantiza la cercanía del finado, pues este suele encontrarse en el ángulo más alejado de la puerta, oculto tras una falsa esquina. Salvada esa distancia, nos encontramos con un cristal. Esa barrera es la distancia definitiva. Tras ella aparece por fin el protagonista del evento que allí nos convoca, pero lo vemos enmarcado en una transparencia engañosa, que aleja más que otra cosa. Extraño protagonista es, empero, aquel al que no se ve por ninguna parte.
Tan ajena nos resulta la muerte que ocultamos el tanatorio de la ciudad, el cadáver en el tanatorio y la muerte en la vida. La arquitectura de nuestros templos funerarios no habla de la muerte, sino que busca amortiguar su presencia. Todo invita a olvidar que allí reposan quienes, no hace apenas un suspiro, habitaban el mundo junto a nosotros, y todavía nos interpelan en su ausencia. Pero cuando la muerte comienza con un presupuesto y termina con una factura, ya está demasiado lejos. Las puertas automáticas se cierran tras nosotros y los cadáveres dejan de estorbar nuevamente. Retornamos a nuestros quehaceres sin percatarnos de que, al olvidar la muerte, se nos va también la vida.