La perdiz coja
«Difícilmente podrá recuperarse y transmitir una tradición cuando no se comparte aquello que hacía posible dicha tradición»
Se barrunta desde hace siglos que los castellanos sufrimos una especie de desarraigo desdibujado. La experiencia humana de echar raíces otorga gravedad a la existencia, ... que encuentra un sustrato nutricio desde el cual florecer. Frente a la levedad, abierta siempre a los vaivenes de las usanzas más recientes, puede situarse la propia vida en un fondo de sentido que caldea la propia biografía con la brasa de la tradición. Significa esta gravedad reconocer, ya lo dijo Julián Marías, la seriedad de lo real. Tantas veces duele la realidad, que exige de nosotros una compostura capaz de soportar las cargas. Claro que esta gravitas no rivaliza con la holgura que se sacude la cerrazón excesiva con ligereza.
No es esto ajeno al modo de ser propio del castellano. Extraño resulta el mesianismo que viene a salvarnos de nuestro propio olvido, así como las recetas neorregionalistas que buscan revivir una especie de castellanidad contradictoria, desnortada, miope, paradójica y descargada de toda metafísica. Este identitarismo burdo, pleno hijo de la modernidad romántica, se nos presenta hoy galliforme, pues ha encontrado en la perdiz roja el signo definitorio de su heráldica. Con ese nombre animal se fundó en 2020 un 'movimiento por el futuro de la Castilla contemporánea', como expresa en su propia web La Perdiz Roja (LPR).
A veces definida como revista, por sus actividades se ha de decir que consiste, más bien, en una cáfila de jóvenes desvelados por revivir lo que quiera que sea el mundo castellano. Lo hacen —ellos mismos lo dicen— mediante el periodismo cultural, las camisetas, las fiestas en castillos medievales, los mercadillos de economía circular y las raves en torno a un puchero. Quisiera que esta última frase fuese una parodia nacida de mi imaginación, pero no es sino una cita literal de su manifiesto. Tamaños esfuerzos entregados a la tierra llana de Castilla merecen, al menos, una glosa que permita ubicarlos en el rango que les corresponde.
El manifiesto de LPR, disponible en su página, contiene afirmaciones gallardas que hacen temblar a los sometedores de Castilla con la Tizona del diseño gráfico. Nos recibe una frase estremecedora: «Nadie es más que nadie». A quien los pelos como escarpias le permitan mantener la concentración, que siga leyendo, pues descubrirá en el manifiesto de LPR que todas las regiones merecen el cariño y el arraigo de sus jóvenes. No obstante, en los documentos públicos de LPR leemos que Castilla está olvidada de sí misma, que su identidad ha sido diluida, que necesita un urgente rescate, que los jóvenes deben reconectar con sus raíces castellanas y que Castilla corre el riesgo inminente de desaparecer en la vorágine capitalista. Hay aquí una tensión importante. La afirmación de que no existe ninguna identidad superior a otra encabeza una misión cultural construida en torno a la excepcionalidad narrativa de una identidad especialmente necesitada de salvación. Esta primera tirantez, si bien legítima, nos permite entrever que la pobre perdiz comienza a cojear cuando tiene que moverse en el lenguaje que ella misma grazna.
El lema que encabeza el movimiento es 'Make Castilla cool again'. Se disculpan por las resonancias trumpistas, pero asumen como necesario el uso del inglés. Cabe preguntarse si es acaso necesario que algo sea cool. LPR combate con rostro denodado los perversos tentáculos del capitalismo y de su lógica mercantilista, pero importa el lenguaje de la publicidad de más baja estofa, que identifica lo valioso con lo que mola. Resulta que la recuperación de las raíces castellanas habla en inglés y utiliza la panoplia conceptual de la modernidad vertiginosa de la que pretende escapar. No alcanza la vista de la perdicilla a ver que el lenguaje puede más que el terruño; que la lengua piensa por mí —decía Schiller— y que en ella se transparenta una visión del mundo. El resultado de la propuesta de LPR, aunque creo que no lo saben, es que la cultura tradicional castellana acaba enrolada sin condiciones en la nave de la modernidad para convertirse en un producto.
El intento de actualizar la tradición con un lenguaje que no le corresponde produce homúnculos heteróclitos que proyectan obras titánicas, como la salvación de Castilla. Frente a la realidad vivida de una región, el regionalismo realiza una construcción ideológica. Solamente así, prescindiendo de la tozuda realidad, puede la estética de la tradición castellana encajar con los prejuicios éticos heredados del iluminismo y de Instagram. La conservación que LPR realiza de la gastronomía, la vestimenta, o algunas fiestas es más pareja al folclorismo que a la tradición, pues de esos elementos siempre estorba el componente trascendente; aquello irreductible a la etiqueta política. En muchos de sus artículos esto salta a la vista, como cuando se sorprenden de que en las Águedas participen hombres. También quedan atónitos ante el habla del pintoresco populacho, que denomina 'masa frita' a un alimento consistente en masa que después se fríe. La sorpresa de sus corresponsables, que van al pueblo como etnógrafos, no es sino señal de la sima que separa su Castilla construida ideológicamente de aquello que hacen los castellanos en la vida cotidiana.
Su reivindicación del deber ser de Castilla es uno de los aspectos que más pasmo produce. Esta tierra ha de recuperar su tradición y de modernizarse al mismo tiempo. Así, LPR no elimina el tópico de postal, pero contrata a un DJ para que pinche technojotas en un castillo, como podemos ver en su canal de YouTube. El público, disfrazado de santos con orgullosa blasfemia, se sume en el arsenal químico de la modernidad y vuelve a su casa convencido de haber hecho algo por la tierra de Delibes.
Los problemas que reconocen de despoblación, de desempleo y de las pobres infraestructuras sanitarias y educativas de Castilla se combaten con la venta de camisetas, con la organización de raves en casamatas de alquiler y demás bagatelas fotogénicas con las que se trata de recuperar la slow life tan molona. Con ellos se trata siempre de convertir la tradición en una experiencia domada y consumible.
Parece que LPR es un movimiento de nostalgia extraviada que puede comprenderse como un síntoma más del desarraigo, pero nunca como un fármaco. Más que una actualización de la tradición nos propone una identidad manufacturada para jóvenes eminentemente urbanos que buscan sentirse tradicionales, siempre que esto no choque con premisas ideológicas. Se añora una Castilla cuya concepción del hombre, de Dios, del deber y de la comunidad no pueden asumirse desde las propias premisas de LPR. Por eso no logra esta perdiz avanzar —aunque sí vender—, pues está coja y tropieza con la mole de su propio cuerpo, tan compuesto por retales que diríamos adefesio.
LPR no sabe muy bien si quiere recuperar Castilla, modernizarla, convertirla en una estética o utilizarla para que una generación de jóvenes arrancados de la trascendencia encuentre un lugar al que pertenecer. Todo identitarismo moderno sufre de esta misma sintomatología. El individuo aislado descubre súbitamente que necesita una identidad colectiva, y el mercado de las preconcepciones vitales ofrece un paquete regionalista casi completo, pues le falta la realidad. La comunidad auténtica poco tiene que ver con la fijación sobre la propia identidad, pues se trata de reconocer una forma compartida de vida, de obligaciones y de memoria. Si se ha de encajar la realidad castellana en el marco de la religión secular de la identidad, tendremos que amputar algunos de sus órganos fundamentales.
Difícilmente podrá recuperarse y transmitir una tradición cuando no se comparte aquello que hacía posible dicha tradición. Esto acontece cuando son los cauces instrumentales del mundo moderno los que determinan qué aspectos de la tradición son recuperables. No se trata de defender un conservadurismo museístico, sino una tradición viva que se vuelve insípida cuando una idea romantizada y folclorista es el filtro por el cual se tamiza la profundidad de lo real. Una tradición viva es una continuidad de sentido generadora de nuevas formas, pero sin renunciar a las condiciones humanas, morales y trascendentes que la hacen posible. Para esto hace falta algo más que una perdiz y algo menos que un eslogan.