No tenían armas, no tenían nada
«Si efectivamente la emigración es el mayor problema político de nuestro tiempo, no lo tratemos como un asunto doméstico»
Valladolid
La entrada en tromba de más de setenta mil marroquíes y subsaharianos en Ceuta, el pasado 30 de julio, con 141 muertos en el intento, ... ha puesto sobre la mesa los dos problemas políticos del siglo veintiuno: el de la emigración, por un lado,, y el de la soberanía nacional, por otro. Son dos problemas mayúsculos para los que nadie tiene respuesta por eso resulta infantil convertirlo en asunto doméstico o en negocio electoral. No se arregla con más policía, ni con llamadas al patrioterismo. La respuesta, si la hay, tendrá que venir del esfuerzo de todos y de lo mejor de todos.
Problemas mayúsculos porque la emigración es imparable. Las cifras de los que han decidido salir de su país y ponerse en camino, son mareantes: la Organización Mundial de la Migración habla de 304 millones en el año 2025 de los que unos 8.000 murieron en la travesía. Y esto va a más porque las causas de la emigración siguen sumando y no restando: más guerras, mayores diferencias sociales, más dictaduras, más miseria e inseguridad. Es verdad que esto no es nuevo: siempre ha habido migración como bien sabe la España de los años sesenta que inundó a la Europa rica con millones de jóvenes en busca de una oportunidad. La diferencia es que hasta ahora teníamos una respuesta con la figura de la soberanía nacional. Podíamos apelar al Estado soberano que disponía de fronteras con las que regular el flujo de los que entraban y salían. España podía controlar el número de los que salían y Alemania o Suiza, el número de los que quería recibir. Eso es cada vez más difícil porque el grado de desesperación ha aumentado así como el número de desesperados. A los Estados les han estallado las costuras. Las fronteras no pueden parar ese flujo entre otras razones porque los países a los que los emigrantes quieren llegar saben que no todo les está permitido. Son Estados de derecho en los que hasta los que llaman a sus puertas o entran ilegalmente tienen sus derechos.
Las reacciones escritas y orales a lo ocurrido en Ceuta van desde las que piden una respuesta militar, porque califican injusta e imprudentemente lo ocurrido de invasión, a las que tratan conciliar la seguridad nacional (que ahora se llama 'securitización', un palabro que significa algo así como derecho a la seguridad pero con doble cerrojo) con las causas de los que llegan. Este equilibrio es cada vez más difícil porque la presión migratoria pone en jaque la soberanía nacional obligándola a olvidarse de la causa de los inmigrantes.
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Nos estamos acercando al momento de reconocer que esa estrategia no da más de sí. Si efectivamente la emigración es el mayor problema político de nuestro tiempo, no lo tratemos como un asunto doméstico. Es un problema mundial que exige respuestas globales porque en el siglo XXI la miseria como la riqueza se mueve al ritmo de una economía global. Nunca como ahora ha sido tan verdad que la riqueza de los ricos tiene que ver con la pobreza de los pobres. Lo es en sentido temporal (los países más ricos actualmente han sido colonizadores, y, los más pobres o empobrecidos, antiguas colonias), pero también espacial (las decisiones de la bolsa de Frankfurt afecta a la bolsa de la compra del campesino haitiano). Si queremos plantear con seriedad el problema de la migración hay que empezar por entender que es un problema de todos, empezando por los países ricos que están en la base del problema.
Hay otro aspecto del problema, muy ligado a esta dimensión global del mismo, puesto en evidencia en Ceuta: hay que revisar el sacrosanto principio de la soberanía nacional. Merece la pena revisar la idea de que un territorio es propiedad del poder político que allí manda porque ha sido el más fuerte en el pasado y lo ha podido conquistar. España reivindica la españolidad de Melilla porque la conquistó (bueno, lo hicieron los portugueses) hace cinco siglos. Es un argumento peligroso porque los árabes ocuparon Al-Andalus durante ocho siglos y los ingleses llevan en el peñón unos cuantos. El prestigioso escritor marroquí, Tahar Ben Jelloum, premio Goncourt con su novela La noche sagrada, califica ese pasado de «aberración geográfica». Digamos que es una circunstancia histórica que conforma las ciudades de Ceuta o Melilla como espacios donde conviven dos comunidades diferente pero entremezcladas. No hay más que ver la decoración mora hasta de los cuartos de bandera de los cuarteles ceutíes. La pregunta es: ¿no sería posible un tipo de soberanía compartida?. Es verdad que vinculamos casi siempre la soberanía a un poder político único, que no se comparte (por eso le decimos soberano), pero si la ONU planteó en 1948 a judíos y palestinos que compartieran el espacio de Palestina (allí se hablaba de dos Estados pero cabe la posibilidad de un Estado con dos naciones) ¿por qué no aplicar ese modelo a espacios complejos donde conviven históricamente culturas, religiones, lenguas y etnias diferentes?. Este tipo de reflexiones puede provocar vértigo porque choca con afectos muy arraigados pero como también lo están los de la otra parte, más vale que nos lo pensemos bien.
Estamos ciertamente no sólo ante problemas complejos sino ante los mayores retos de nuestro tiempo. Si no usamos la cabeza mandará el miedo.