La última de verano
Franco de ría
De las procelosas aguas de la actualidad a las serenas aguas del Mediterráneo
Hoy termino de escribir. Chimpún, finito, se acabó. Que esta 'Última de verano' es mi última de verano. Que me voy de vacaciones. Que dejo ... de estar atada a la pata de la mesa para atarme a la del chiringuito. Que estoy franco de ría, que dicen en la Armada. Que soy libre como el mar, vaya. Y que voy a pasar de navegar por las procelosas aguas de la actualidad veraniega a hacerlo por las serenas aguas del Mediterráneo. En una colchoneta, eso sí, que la cosa no da para más.
Durante estas semanas he sido la España que madruga y la que trasnocha al mismo tiempo, y ahora solo quiero ser la España que descansa. Hace mucho que dejé de pedirle heroicidades al verano. No quiero que sea el agosto de mi vida, sino un agosto anodino en el que lo único que pase sea el tiempo, y de la forma más lenta posible. Ya no espero amores de verano porque tengo uno desde hace treinta inviernos, ni noches de verbena porque al día siguiente el cuerpo me pasa factura, y con intereses. No tengo expectativas, ni las quiero tener. Pero las tuve, claro. Y las cumplí: salí por las noches, me recorrí todos los bares de la zona, me bañé más de madrugada que de día, sudé en las pistas de baile, bebí sangría calentuja y cerveza muy fría, hice barbacoas en la playa, vi amanecer muchas veces y hasta me enrollé con un madrileño, ese rito de iniciación para quienes vivimos en la costa.
De todo eso he escrito alguna que otra vez, aunque no más que sobre cualquier otro asunto que se me haya puesto por delante. Al fin y al cabo, cuando una no tiene una vida digna de contar ha de tirar de lo que tiene a mano: de noticias actuales y de sucesos pasados, de amigos y desconocidos, de pequeñas catástrofes particulares y de angustias que nos atenazan a todos. Así que, estos días, mientras mis amigas le daban al tacón yo he estado dándole a la tecla. Ni solidaridad femenina ni laboral. «Pues haberte hecho profesora», me dicen. «Y no te quejes tanto, que tú no llevas todo el curso discutiendo con algunos padres que son peores que los críos», me rematan. Llevan razón: prefiero mil veces vérmelas con un párrafo que se me resiste que con progenitores insoportables. Y me las he visto, porque esto de escribir 650 palabras del tirón, acostumbrada a la mitad y sin un viaje que echarme al Word, requiere bastante más fondo mental del que parece. Por eso me postro ante los colegas que lo hacen a diario, que este negociado nuestro no es fácil.
Decía Belén Esteban que 'Sálvame' era como ir al médico: una sabe cómo entra, pero no cómo sale. Con las columnas pasa tres cuartos de lo mismo. Empiezas convencida de que conoces el camino y, de pronto, te descubres perdida en un bosque. Vas apartando ramas, rodeando árboles enormes y pisando hojas secas hasta que, a mitad del recorrido, te das cuenta de que te has equivocado de sendero. Das media vuelta, pruebas otro y sigues avanzando a tientas, guiada únicamente por el instinto y por el oficio. Al fin llegas al claro. Entonces, y solo entonces, respiras. Porque lo mejor de escribir es terminar de hacerlo.
Con todo y con eso, soy consciente de que gozo de un raro privilegio: ganarme las habichuelas haciendo lo segundo que más me gusta. Lo primero sigue siendo no hacer nada. Y a eso me dispongo. Aún no he limpiado el frigorífico ni he regado las plantas. Tampoco he hecho la maleta, pero me apaño con tres pingos y, si me falta algo, ya lo pillaré en las tiendas de la playa, que seguro que todavía están de rebajas. El ordenador se viene conmigo, por si un casual, aunque aspiro a que descanse tanto como yo. Nos vemos en septiembre.