La edad que no se elige
Lucidez y renuncias. 'De senectute' y 'Juvencolía' reflexionan sobre un tema que a todos nos alcanza: nuestra relación con el paso del tiempo
Iñigo Beraza
La edad no es un número. Es una narrativa. Durante años nos enseñaron a medirla como si fuera una magnitud objetiva: cumpleaños, décadas, jubilaciones. Pero ... la edad real –la que pesa– es otra cosa. Es la distancia entre lo que creíamos que íbamos a ser y lo que finalmente somos. Es el momento en que empiezas a sospechar que el futuro ya no es infinito. Que algunas decisiones ya no se pueden posponer. Que hay trenes que ya han cruzado la estación. Este año se han publicado dos libros que tratan este tema. Una nueva edición de 'De senectute' del filósofo italiano Norberto Bobbio, escrita en 1996 cuando tenía 86 años, ocho antes de fallecer. Y 'Juvencolía', de Silvia Herreros de Tejada.
En 'De senectute', Bobbio reflexiona sobre la vejez con honestidad radical: la pérdida, la memoria que se afila hacia el pasado y la dignidad del final. Mientras que en 'Juvencolía' Herreros de Tejada, tras ser diagnosticada de cáncer, crea un retrato emocional de una generación atrapada entre la juventud perdida y la adultez incierta, con su erosión de identidades y expectativas. Para ello usa como eje una palabra que empieza por cada una de las letras del abecedario.
Hay un tema que conecta estos dos libros: la enfermedad. En Bobbio, la vejez prolongada artificialmente por una medicina que no siempre sabe distinguir entre hacer vivir e impedir morir. En Herreros de Tejada, la enfermedad llega antes de tiempo, desordenando el calendario del desarrollo productivo, provocando una conversación que nadie quería tener. En ambos casos, el cuerpo se convierte en el lugar donde la edad se vuelve imposible de ignorar.
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De Senectute
Norberto Bobbio
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Traducción Esther Benítez
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Editorial Taurus
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Páginas 256
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Precio 20 euros
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Juvencolía
Silvia Herreros de Tejada
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Editorial Debate
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Páginas 352
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Precio 19,85 euros
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Leídos juntos, 'De senectute' y 'Juvencolía' forman algo así como un díptico involuntario sobre cómo nos relacionamos con el tiempo. Uno escrito desde el final de la vida, el otro desde el centro exacto donde ya no hay vuelta atrás. Los dos dicen, con distintas palabras y recursos, que la edad no es un problema para resolver, sino una realidad a habitar. Que la pérdida no cancela el valor de lo vivido.
'Juvencolía' y 'De senectute' están separados por décadas de vida… pero hablan de lo mismo: el instante en que uno deja de ser quien creía que era y empieza a sospechar quién va a ser hasta el final.
La juventud, en realidad, no se acaba. Se desactiva. Se va diluyendo en pequeñas renuncias: un plan que ya no apetece, una ambición que se modera, una intensidad que se domestica. Y sin embargo, algo resiste. Algo se niega a aceptar que todo eso era provisional. Quizá por eso seguimos acumulando gestos de juventud cuando ya no nos corresponden. No por frivolidad. Por supervivencia.
Pero hay otra cara de la edad. Una menos ansiosa. Más lenta. Más lúcida. En 'De senectute', Norberto Bobbio escribe desde el otro extremo del camino. Y lo hace sin dramatismo. Sin esa necesidad contemporánea de disfrazar la vejez de juventud tardía. Bobbio no intenta convencer a nadie de que envejecer es maravilloso. Hace algo más honesto: lo piensa. Lo ordena. Lo acepta.
Y ahí aparece una idea incómoda: la vejez no es solo una pérdida. Es también una forma de claridad, rara y un poco salvaje.
Cuando ya no necesitas demostrar nada, cuando el ruido exterior pierde volumen, cuando la urgencia se reduce… aparece una mirada más precisa. Más despojada. Más verdadera. No porque la edad te haga mejor, sino porque te quita capas. Y a veces aparece algo parecido a la esencia.
El problema es que nadie quiere llegar ahí.
Vivimos en una cultura que celebra el inicio y oculta el final. Que convierte la juventud en un ideal permanente y la vejez en una anomalía que hay que corregir. Cremas, discursos, narrativas motivacionales: todo orientado a retrasar lo inevitable. Como si envejecer fuera un error de cálculo y no la consecuencia natural de haber vivido. Pero quizá la pregunta no es cómo evitar la edad. Quizá la pregunta es qué hacemos con ella.
El lenguaje de cada etapa
Porque cada etapa tiene su propio lenguaje. Su propia forma de estar en el mundo. El error es pretender que la intensidad de los veinte, la ambición de los treinta, la construcción de los cuarenta y la reflexión de los sesenta respondan a las mismas reglas. No lo hacen. Y cuando lo intentamos, aparece la frustración. Esa sensación de estar fuera de sitio incluso dentro de tu propia vida.
Hay una belleza discreta en aceptar la edad que uno tiene. No como resignación. Como precisión. Como quien ajusta el enfoque de una cámara y, por fin, deja de forzar la imagen. Se trata de dejar de fingir que seguimos en un lugar del que ya nos hemos ido. Porque envejecer no es perder tiempo. Es cambiar de relación con él. Al principio, el tiempo es abundancia. Luego es recurso. Y al final, es conciencia. Y quizá ahí entendemos lo que vale. La edad no te define. Pero te revela. Hay revelaciones que solo llegan cuando ya no queda margen para ignorarlas. Y ambos libros lo corroboran.