Maneras de aprender
Novela. Tessa Hadley nos descubre en La fiesta una historia intensa y elegante sobre dos hermanas al borde de lo desconocido
Enrique García Fuentes
Aunque lo que escribiera Baltasar Gracián realmente era que «Más obran quintaesencias que farragos», nosotros nos hemos entendido siempre con aquello de «lo bueno si ... breve…». Y, oigan, que en vez de hacerse daño en los brazos con tochos que, total para lo que abultan, en realidad pesan bien poco, no saben cuánto me alegro cuando me enfrento a una novelita breve como esta y disfruto de que apenas sobra nada de lo que se dice, ni me quedo con la sensación de que algo se escamotea y me impide el completo regocijo. Esto es lo que ocurre con esta última entrega de Tessa Hadley (Bristol, 1956, una narradora de fuste en la actual literatura, con obras como la punzante Amor libre -que trajimos aquí otrora- y algunas más); hay lo que hay porque no debe haber más y cuando uno la termina se le queda la típica cara de satisfacción de quien ve que sus expectativas se han cumplido por completo sin necesidad de sobreesfuerzos ni cansancios innecesarios (ni mentales ni físicos, por seguir con la broma). Cuando esto ocurre es que el autor o autora ha dado con la fórmula mágica de limitarse a sugerir consiguiendo suscitar la complicidad de un lector entregado que agradece, como digo, la aparente ligereza que, sin embargo, logra mantener su atención hasta el final.
Hadley lo ha logrado con esta nouvelle (no llega a cien páginas) ambientada en el expectante Bristol de la posguerra en los años cincuenta, donde los jóvenes, especialmente ellas, van tratando de conformarse un lugar al hilo de los ilusionantes tiempos que parecen llegar. No pasan muchas cosas, claro; podríamos resumir la trama diciendo que se trata de la historia de dos hermanas, Evelyn (estudiante de Filología francesa) y Moira (estudiante de Bellas Artes, dedicada al diseño de modas), que se enfrentan, sobre todo en el caso de la primera, por primera vez a la vida adulta con la emoción e ilusión propia de su edad y condición, pero lo que encuentran difiere un tanto de lo que esperaban.
La fiesta
Tessa Hadley
Madrid, Sexto Piso. 2025
En puridad, se trata de una novela en tres partes, bien cohesionadas, pese a que la primera fue, hace ya tiempo, publicada como relato breve (justo es decir que como tal también funciona, pero ahora deviene en el pistoletazo de salida que explica muy bien el estupendo desenlace), cada una de ellas centrada en sendas fiestas, una de ellas, como veremos, escamoteada al lector. La primera es la que desata la peripecia; a ella acude Evelyn, toda ilusionada y peripuesta, a instancias de los amigos de su hermana mayor (a quien copia y tiene como referente, pero que, como suele ser habitual, no gusta en principio de llevarla de 'recolguín', toda vez que Moira ejerce ya de sofisticada y sugestiva dentro de los círculos bohemios en los que destaca). La fiesta tiene lugar en un pub portuario alquilado ad hoc, con un grupo de jazz y serrín en el suelo para que la gente baile sin resbalarse, donde las hermanas terminan coincidiendo. Allí conocen a dos tipos de aspecto mundano y actitud desenvuelta, un tanto desubicados en ese ambiente, que logran despertar su interés: Paul y Sinden. Ellos serán los que desaten la peripecia pues, casi al final, les proponen ir a seguir la juerga a otra parte; ellas lo desdeñan, pero unos días después las llaman para otra fiesta, esta vez en una mansión de campo de Paul. Impelidas por ese deseo de conocer y experimentar, las hermanas aceptan, aunque no las tengan todas consigo. En el interregno transcurre la segunda parte, en la que conocemos los entresijos de la familia de Evelyn y Moira, gente de clase media-baja, con un hermano menor un tanto desnortado y sus padres viviendo una evidente crisis conyugal, pues el padre tiene una amante más joven, algo que la madre conoce y le ha hecho abandonarse un tanto, así como la visita a una depauperada señora que las ayudó en los más graves momentos de la guerra. También en esta segunda parte hay una fiesta a la que va a acudir el matrimonio, pero no sabremos de ella, y nos trasladamos a la tercera, que ahora transcurre en la mansión un tanto decadente donde viven Paul y sus excéntricos parientes. A pesar de las reticencias de Evelyn, Moira aceptará y allá se encaminan, dispuestas a probarlo todo y pasarlo bien. A ambas les mueven las ganas de gustar y el deseo por conocer mundo e irse formando y claramente esto se les antoja una oportunidad. El problema es que, una vez allí, el asunto deriva desde lo divertido a lo inquietante y termina mostrando, por un lado, el insuperable desclasamiento de las hermanas frente al elenco restante de asistentes, y por otro un suceso que, contra lo que podría pensarse, une más que separa a las hermanas en ese cabotaje hacia la vida adulta que tal vez en esa noche tuvo su primer puerto de llegada.
Lo verdaderamente llamativo de la historia es la decidida apuesta no por no considerar la experiencia vivida un fracaso que condicionará lo que vendrá después, sino al contrario, un trampolín desde el que superar esta decepción. El optimismo latente en su final las prepara para ulteriores experiencias que dependen ahora de su voluntad para encauzarlas adecuadamente asimilando lo aprendido. Una pequeña joya.