Día de Extremadura
Mirarse y saberse mirados
Ambición. La complacencia nunca produjo nada reseñable, fructífero, ni digno de recuerdo. Y tenemos la obligación moral de mantener una postura reivindicativa respecto de todo aquello que se nos ha negado o que nuestra tierra necesita
Manuel Naharro | Presidente de la Asamblea de Extremadura
Extremadura y los extremeños hemos pasado demasiado tiempo sin pararnos frente al espejo y mirarnos con detalle, para reconocernos tal y como somos, y sin lograr que nos miren, desde fuera de los límites de nuestra región, con la suficiente atención.
No es una cuestión de ego, sino de autoestima. De reconocernos, con todas nuestras virtudes y, también, teniendo en perspectiva los desafíos que hemos de enfrentar. Y de mostrarnos para ser contemplados al margen de tópicos, lugares comunes e imágenes que retrataban otros tiempos felizmente superados.
Durante demasiadas décadas quizá solo supieron vernos con nitidez auténtica precisamente todos esos extremeños que tuvieron que abandonar su tierra, nuestra tierra, para construir un proyecto de vida factible. Estos extremeños en la distancia, que regresaban (y regresan) a sus pueblos o ciudades en fiestas, puentes y periodos vacacionales, veían todo eso bueno que nos reviste, que nos distingue, que nos confiere singularidad. Y, al mismo tiempo, observaban todo eso que a sus regiones de acogida se les había concedido y a nuestra tierra se le ha negado o prometido con aplazamientos sucesivos.
En los últimos años, afortunadamente, eso ha ido cambiando. Y lo ha hecho porque hemos abandonado las inercias para impulsar a Extremadura hasta el lugar que siempre debió ocupar. Evidentemente, no era tarea sencilla. Había que construir nuevos cimientos y levantar pilares sólidos. Y ha sido una tarea hercúlea en que se ha empeñado el conjunto de la sociedad extremeña. Pero, a la hora de revertir tendencias, de remover lo que parecía definitivo, de flexibilizar lo que se consideraba inamovible, de poner las bases, de tejer nuevos mimbres e impulsar el movimiento de cambio, han sido fundamentales las políticas que ha implementado el gobierno de la Presidenta María Guardiola.
Y, en tiempo récord, hemos pasado de ocupar los vagones de cola en múltiples ránquines a liderar incontables clasificaciones y escalafones dibujados y certificados por observatorios y centros de análisis y datos.
Esta instantánea, que se viene alumbrando en los últimos tiempos, no ha de contribuir a una actitud acomodaticia. Ha de servirnos para mirarnos de otro modo, para confiar más en nosotros mismos, para tener la certidumbre de que, si nos lo proponemos, podemos conquistar cualquier meta, y de que la constancia y el trabajo siempre acaban arrojando resultados positivos. Ha de convertirse, por tanto, en un acicate, en un estímulo que nos lleve a aprovechar el círculo virtuoso que hemos contribuido a generar, y maximizar nuestras posibilidades, nuestras fortalezas, para continuar creciendo y generando bienestar, empleo y riqueza.
Y esto ha de ser así no solo porque se constate desde el exterior que nuestras potencialidades fraguan y que las cifras nos avalan. Ni porque ahora haya miradas que descubran que nos minusvaloraban, y que aquello que decían de nosotros no era cierto. Ni tampoco porque los datos que las reformas van revelando certifiquen el estado de nuestra economía de cara a quienes nos contemplan desde la distancia. No ha de ser así, en definitiva, por una necesidad de que, desde fuera, nos validen, sino porque ya no debe cabernos ningún género de duda de lo que somos capaces de conseguir. Y eso incluso bajo el trato desigual que, respecto a ciertas materias y en determinados asuntos, se nos dispensa, si establecemos comparativas con otras regiones a las que, por las geometrías electorales y las necesidades de apoyos parlamentarios o por un puro interés partidista, se confiere un trato privilegiado.
Asimismo, hemos de continuar practicando ejercicios de análisis de nuestra realidad, de reflexión profunda, y pensar en todo eso que queda por transformar y en cómo podemos transformarlo. Debemos ser ambiciosos en el mejor sentido de la palabra. Porque la complacencia nunca produjo nada reseñable, fructífero, ni digno de recuerdo. Y tenemos la obligación moral de continuar adoptando una postura reivindicativa respecto de todo aquello que se nos ha negado o de aquello que nuestra tierra necesita y lleva década esperando mientras se nos trata de distraer con incontables aplazamientos.
Las vías y posibilidades de comunicación deficientes tienen que dejar de ser ese obstáculo insalvable que interrumpa, disuada o aleje a quien quiera invertir, descubrir o visitar nuestra tierra.
Es una realidad objetiva que todos conocemos, un hecho que sabemos que lastra unas posibilidades de desarrollo aún mayores para nuestra región. Existe un consenso en todos los ámbitos de la sociedad respecto a este asunto. Hasta en el político, si todas las fuerzas del arco se pronuncian desde la lealtad a los intereses de Extremadura y los extremeños, y no desde la obediencia ciega a las siglas. Y no podemos permitirnos continuar conformándonos con la postergación, las promesas vanas o viendo cómo los recursos siguen destinándose a los mismos privilegiados de siempre. Ya no caben las excusas, ni las apelaciones a una paciencia que se ha demostrado casi infinita. No hay margen para dar tregua alguna a propósito de la reivindicación de lo que, en lo alusivo a este asunto, nos corresponde, aunque solo sea ya por una cuestión de no cercenar la equidad de oportunidades y de combatir el trato discriminatorio que implica la perpetuación de desigualdades en ámbitos como el de la financiación autonómica, las infraestructuras o la cesión de competencias y fondos para su gestión.
También se plantea como un desafío de país la despoblación, una realidad que atañe especialmente a los pueblos, pero que afecta, sin diferencia, a todas las regiones de la nación, si bien es cierto que lo hace con especial intensidad en la España interior y las comunidades autónomas con más núcleos rurales. Y no caben, frente a esta realidad global, soluciones particulares. Es imprescindible que, desde el Gobierno de la Nación, se escuche a los gobiernos autonómicos y se coordine una estrategia de país para frenar y revertir la sangría que deseca a nuestros territorios. Porque los problemas no desaparecen por no hablar de ellos o porque se quieran sepultar bajo otros. Y con este asunto tenemos ante nosotros una de esas cuestiones capitales ante las que la inacción o un abordaje no exhaustivo solo puede concluir en la perpetuación y agrandamiento de un desafío que nos incumbe a todos y de un problema que puede lastrar las posibilidades de las próximas generaciones.
Y esto hay que decirlo y ponerlo de manifiesto. Hay que hacerlo todos los días. Pero hay que hacerlo especialmente en fechas señaladas como este Día de Extremadura que celebramos, un día que ha de servir para avivar el orgullo de ser extremeños, para felicitarnos por todo aquello que hemos construido juntos, para reflexionar sobre lo que nos queda por impulsar y, también, por supuesto, y especialmente, para reivindicar y hacer oír la voz de Extremadura y los extremeños ante quienes, por acción u omisión, pretenden relegarnos con respecto a los socios de los que dependen para la conformación de mayorías parlamentarias y la perpetuación en el poder.