Gente que interesa en Extremadura
«El ejército es un pilar de la democracia»
Ezequiel Moro. General pacense que impulsó Bótoa y la residencia militar Gravelinas
El general Ezequiel Moro Cárdenas (Badajoz, 1933) tiene una calle con su nombre en la margen derecha del Guadiana, cerca del Puente Real, es hijo ... predilecto de Badajoz y fue condecorado con la Gran Cruz al Mérito Militar distintivo blanco. Su padre era el dueño del popular bar Los Caracoles, en la calle Bravo Murillo. Él estudió en los Maristas y en el Donoso Cortés antes de ingresar en la Academia General Militar de Zaragoza y en la Academia Militar de Toledo, de donde salió como teniente. Ahora vive en un bonito piso del barrio de Pardaleras con Pilar, su esposa, y tienen cuatro hijos y siete nietos.
–No escogió usted primeros destinos fáciles.
–Me presenté voluntario para ir a Sidi-Ifni, destino muy solicitado desde la academia por estar en conflicto. Mandé un destacamento y recuerdo que, cuando la situación se agravó, varios soldados marroquíes desertaron con armamento. El caíd de la zona, Abd el-Krim, nada que ver con el líder histórico, recuperó las armas y nos las devolvió. En una emboscada, murió mi amigo Antonio Ortiz. Su madre asistió al entierro con una dignidad conmovedora que me marcó. Allí tuve como recluta a Enrique Sánchez de León. Estuvo en la policía indígena y luego en un destacamento donde corrió verdadero peligro. En una operación, mi compañero de promoción Antonio Torrecilla pisó una mina y perdió una pierna. Le apliqué un torniquete que le salvó la vida y él continuó con sus actividades físicas exigentes. Cuando el tribunal médico lo declaró no apto para el curso de general, me enfrenté al tribunal defendiendo su mérito en combate. Si Torrecilla no pasaba, yo tampoco. Pasamos los dos.
–De África al País Vasco.
–Solicité ese destino y fui ayudante del comandante Diego Fernández Montes, asesinado por ETA. También mataron a mi compañero de promoción Carlos Díaz, jefe de la Ertzaintza. Yo era joven y no sentía miedo, aunque reconozco la dureza del entorno. En San Sebastián, empecé a salir con una joven, pero sus padres la encerraron en casa, por razones políticas, al enterarse de que salía con un militar.
–¿Los ascensos?
–Entré en la Escuela de Estado Mayor con el número dos; el número uno fue mi amigo Agustín Muñoz Grandes Galilea, hijo del entonces ministro del Ejército. Fui destinado al Estado Mayor de Capitanía General en Sevilla y de allí a Badajoz como general y gobernador militar.
–¿Cómo lo recibió su ciudad?
–Badajoz es mi casa. Aquí promoví la base de Bótoa y la residencia militar de Fernando Calzadilla. Las infraestructuras reflejan el pasado de Badajoz como plaza fuerte. La tradición militar ha abierto la ciudad culturalmente y ha dejado huella urbanística e histórica. Me encanta pasear por la muralla.
–¿Tener una calle en su ciudad?
–Se acordó siendo alcalde Gabriel Montesinos. Tenemos buena amistad. Nos conocimos trabajando en el Gurugú, yo, desde Cáritas y él, desde Acción Católica.
–Vivió usted aquellos años en que los ultras gritaban: «Ejército al poder».
–Mi generación siempre obedeció al poder político. La misión del Ejército es proporcionar seguridad a la nación. Considero deformada aquella idea del ejército golpista y reivindico su papel como pilar de la democracia constitucional.
–Pilar y usted, su vida retirada en Badajoz.
–Nos casamos en la capilla de la Escuela de Estado Mayor. Ella tenía 20 años y yo, 28. Al retirarme, vivimos muchos años en el campo, en la finca El Carpio. Ahora disfrutamos de la ciudad, leo, paseamos. Nuestros hijos y nietos viven fuera. Nos gusta ir a comer al restaurante de nuestro amigo Manolo Campañón, al Marchivirito… Pero echo de menos a los buenos amigos que ya no están: Miguel Celdrán, Chano Pérez Acevedo, los hermanos Rodríguez Abarzagoitia, Jesús Piña, Juan José Pérez Regadera… Recuerdo a mi preparador para la academia, don Valeriano Lucenqui, teniente coronel de gran formación que fue marginado por el franquismo por sus ideas liberales. Han desaparecido prácticamente todos y yo tengo una edad a la que nunca pensé llegar.