Javier Cruces
Pocos gremios hay a esta hora de nuestra España contemporánea que sufran la incomprensión de la chusma con la dignidad heroica del 'puesyoísta'. Hablo, como ... ya aventurarán, de un virtuoso de la conversación; un misionero de la sobremesa que, al escuchar que a usted le encontraron un soplo en el corazón el martes, no dudará en interrumpir su miseria para recordarle que a él le trasplantaron dos aurículas en un garaje de Vallecas sin anestesia. Sin anestesia él, no el garaje. La gente chabacana lo tilda de egocentrismo vulgar, ignorando que estamos ante una disciplina estoica de narices que requiere una vigilia constante, temple de acero y unos reflejos de tigre indio para evitar que el prójimo cometa la ordinariez de sentirse protagonista de su propia desgracia.
La medicina oficial, pusilánime y entregada al mimo del doliente, prefiere mirar a otro lado. Sin embargo, el Manual Diagnóstico de la Soberbia Altruista –que me acabo de inventar– contempla este sacerdocio en tres fases agudas: la Fase de Acecho, donde el sujeto finge asentir a la mesa mientras busca la brecha sintáctica del interlocutor; la Fase de Invasión, en la que el 'pues yo' irrumpe bien de contundencia; y la Fase de Destrucción, donde cualquier amago de protesta es sofocado recordando la peritonitis de un tatarabuelo en Filipinas. Nuestro dolor queda reducido a inmundicia de principiante y la verdad sale a la luz: el 'puesyoísta' sufre para que entendamos que nuestra miseria no vale un duro.
Les confieso que el término 'puesyoísmo' no es de mi cosecha; se lo escuché a una chica en un reels de Instagram que me hizo una gracia bárbara mientras me comía un kebab. El caso es que el 'puesyoísta 'de cuna opera en vivo. WhatsApp no le pone: le falta el tufo a café, la espuma de la caña en el bigote, el contacto visual y el placer animal de pisarte la frase en caliente. Necesita a la masa. Es un espectáculo escénico; un llamamiento desesperado a las pupilas del respetable. Da igual que gobierne Vox empiece el Juicio Final: mientras el arcángel San Gabriel toque la trompeta, habrá uno al fondo de la barra aclarando que en su pueblo las tienen más grandes.
Admirar a estos titanes no es opcional, pues padecen una incomprensión casi mística. Son verdaderos atletas del ego que sacrifican la empatía humana para enseñarnos una lección superior: que hay una abnegación casi religiosa en su decisión de cargar con el monopolio del sufrimiento universal. Les debemos respeto, sincero perdón y, quizás, una ovación mientras te preguntas por qué le sigues llamando. Aunque, despojando al asunto de su épica y de tanto latín, la realidad es menos entretenida: todo este despliegue se reduce a que de pequeño a su padre se le olvidaba ir a recogerlo al entrenamiento de fútbol.