A la última
El virus pirata
En lo primero que pensé cuando vi por televisión el barco del hantavirus fue en Bob Esponja
Pío García
Logroño
En lo primero que pensé cuando vi por televisión el barco del hantavirus fue en Bob Esponja. Cada uno tiene sus referentes intelectuales. A Bob ... Esponja me lo tragué enterito en una etapa confusa y felizmente superada de mi vida, cuando desayunaba con mi hijo y en lugar de martirizarlo con el telediario matinal nos poníamos los dibujos. No sé qué dirán los pedagogos, pero en Bob Esponja uno aprendía mucho de la naturaleza humana. De vez en cuando aparecía un barco fantasma que navegaba a las órdenes de un espectro, el Holandés Errante. «¡Marinos –les gritaba–, aúllen conmigo para que podamos encender de miedo los siete mares!»
Aquello le salía regular porque los piratas, aunque sean neerlandeses, no dan tanto pavor como los virus, seres minúsculos tan eficaces que ni siquiera necesitan estar vivos para desatar un apocalipsis. Así han convertido un crucero pijo en una cosa infernal pero refinada, con una muerta en el frigorífico y el pasaje cenando langosta todos los días, a medio camino entre una novela de Stephen King y el vestuario del Real Madrid.
Supongo que ya estarán trabajando en la versión cinematográfica del suceso y de aquí a tres años nos dormiremos una tarde de domingo viendo sufrir a los ornitólogos en sus camarotes. Quizá para entonces sepamos cuánto nadan las ratas. Sobre la materia hay opiniones encontradas. Según Clavijo, comparten el 99% de los genes con Michael Phelps, mientras que para Mónica García las pobrecillas no dan una brazada en condiciones. Yo, en cambio, he vivido estos días con gran tranquilidad. Escuché a Fernando Simón decir que el virus no era para tanto y de inmediato bajé al Mercadona a comprar cuarenta rollos de papel higiénico.