A la última
Conexión emocional
Por supuesto que la emoción es parte de la política, pero no puede convertirse en el único criterio que nos lleve a decidir a quién votamos
Tras la victoria de la ultraderecha en Sajonia-Anhalt, ese estado con nombre de lomo, el canciller germano y líder de la CDU se lamenta ... ante los resultados catastróficos de su formación, que ha pasado de tener 40 escaños a 15. Es el «¡Qué hostia! ¡Qué hostia!» de Rita Barberá después de las elecciones de 2015, pero dicho en alemán.
Friedrich Merz atribuye su descalabro y el triunfo de la AfD a que no han sido capaces de establecer suficiente «conexión emocional» con los votantes. Conexión emocional. Vaya. Yo creía que eso se daba en el amor, en la amistad, en el arte, en el fútbol y hasta en la cocina, que el día que me comí unos calamares rellenos idénticos a los que hacía mi madre se me saltaron las lágrimas, pero no en la política. Ahí, la conexión ha de ser mínimamente racional. Como la que tienes con el fontanero: llega, localiza la pérdida de agua y arregla la tubería. La emoción aparece cuando te pasa la factura.
Cierto es que la democracia es una trabajera. Exige algo bastante más laborioso que sentir. Exige pensar, escuchar, comparar, aceptar que quizá el contrario tenga razón en algo. Pero eso se acabó hace tiempo. Ahora solo somos yonquis emocionales a los que nos chutan la dosis de indignación prescrita por el último sondeo. Porque la indignación conecta. El miedo conecta. El odio conecta. Y si hay una pregunta en el aire, la respuesta siempre es la misma: el culpable es el otro. Por supuesto que la emoción es parte de la política, pero no puede convertirse en el único criterio que nos lleve a decidir a quién votamos. Entre otras cosas, porque es posible conectar emocionalmente con un extraño en un tren y acabar matando a alguien. Ya lo escribió Patricia Highsmith. En esas estamos.