FUERA DEL RADAR - UN RUIDO QUE NO SE ACABA NUNCA
JOSÉ ÁNGEL ESTEBAN: ¿Qué tal? Bienvenidos y bienvenidas a nuestras historias.
JAES: Dice el tópico y lo remachan las narrativas más acomodadas que hay un día, un instante en el que una vida puede cambiar. Dar el salto. Un día de los treinta mil de lo que un ser humano, tiene de media, en un país como el nuestro y con la actual esperanza de vida, millar arriba, millar abajo. Y los llenará como quiera o como pueda. Con ellos podemos hacer listas de recuerdos, o aquello que hacían siempre las películas de confort: los personajes hablaban, una y otra vez, del día más feliz de su vida. Un solo día, el más importante: la boda, el nacimiento de un hijo. Algo planificado, ansiado.
RAÚL SOCORRO: Creo recordar que era el 12 de abril. Fue un viernes. Es casi seguro que fue un viernes.
JAES: En otras historias, mucho más reales, un día tiene la capacidad de transformarlo todo de manera inesperada. Un día que verdaderamente traumatiza, que enmudece, que destruye por completo una realidad vital para imponer otra.
RS: Yo lo recuerdo así, más o menos como un resplandor... Como rojo, me explico? Y cuando ocurre todo es tan. Es tan instantáneo.
JAES: Pero cada persona es un mundo. Así que lo que ahora vamos a escuchar tiene que ver con un reflejo diferente de esa misma premisa. Un día que lo cambia todo, sí; un día de abril, por ejemplo, pero de cuyas consecuencias, de cuyas réplicas no se es consciente hasta muchos, muchos años después.
RS: Y se me manifestaron después... Como 40 años después.
JAES: ¿Cómo aceptar eso? ¿Cómo detectarlo? ¿Cómo descubrirlo? ¿Cómo seguir el rastro? ¿Y cómo contarlo? Hay quien, como el protagonista de este episodio, ha sabido encontrarle el humor a las mayores tragedias.
RS: Soy consciente de que tengo que ensayar la forma de contarlo.
JAES: … porque en el fondo siempre tienen algo de absurdo.
RS: No lo puedo contar así, no lo puedo contar así en los institutos también, o los niños van a decir el loco este, ¿qué?
JAES: El humor, un escudo defensivo, sí, pero también a veces la única forma de relacionarse con la vida cuando escapa a toda previsibilidad, cuando se salta el orden lógico de las cosas.
RS: Es que… es que no tiene sentido, la verdad
JAES: El humor es una parte clave de la personalidad de Raúl Socorro. Es canario, pero es un poco de todas partes. Raúl Socorro podría hacer un chiste con su propio apellido. Podría hacer un chiste casi con cualquier cosa.
RS: Yo veía que todo el mundo lo iba relatando y todo era muy emotivo, las lágrimas salían y me encantaba como lo estaba relatando todo el mundo y cuando me toca a mí relatarlo digo… voy a relatarlo como ellos. Y según lo voy relatando, todo el mundo muerto de risa.
JAES: Muertos de risa por una tragedia… con muchos muertos.
RS: Dijo mi nombre y entonces me puso en una lista de heridos graves. Imagínate el impacto para mi madre cuando escucha por la radio Raúl Socorro.
JAES: Vamos a tratar de encontrarle una razón: muchas veces, eso es lo que diferencia a las historias de la vida de verdad, aunque se basen en esa vida de verdad. La de Raúl, en este caso, la historia de ese día, el 12 de abril de 1985, y de lo que vino después. Eso es lo que vamos a contar. Soy José Ángel Esteban y esto es Fuera del Radar.
FUERA DEL RADAR. HISTORIAS MÁS ALLÁ DE LA NOTICIA. EN ESTE EPISODIO: UN RUIDO QUE NO SE PARA NUNCA
JAES: Puede parecer algo muy lejano, muy desconectado, o muy pequeño, pero también tenemos que hablar de unas costillas. Para empezar, costillas a la brasa, concretamente. A Raúl no se le olvida ese sabor.
RS: Buf! De muerte! No, no es la palabra apropiada, pero... Increíbles, ¿no? Eran riquísimas.
JAES: Todo acabará encajando. Esas costillas son el plato estrella de un restaurante de carretera, un restaurante en el kilómetro 14 y medio de la carretera de Barcelona, partiendo de Madrid, que aún hoy lleva como subtítulo 'La casa de las costillas'.
RS: Porque además estábamos cerca de la base de Torrejón y las costillas eran dignas de dignas de, digamos de New Orleans, o sea, de estilo cajún. Riquísima, riquísima.
JAES: El nombre del restaurante es El Descanso. Y Raúl estuvo allí mucho tiempo el 12 de abril de 1985.
JAES: Esta historia nos la trae Jesús Hernández. Bienvenido, Jesús.
JESÚS HERNÁNDEZ: Un placer siempre, José Ángel.
JAES: La voz de Raúl. El sabor de unas costillas. Un estallido y su eco que suena 40 años despúes.
JH: Una historia increíble.
JAES: Lo fascinante es que es, o eso me parece, algo que ocurre en un momento determinado, ese algo y su trauma, se manifiesta como tal muchos años después.
JH: Exacto. Con efecto retardado.
JAES: El rastro de todo eso es lo que ha seguido Jesús. Adelante. Todo tuyo.
JH: Al día que le cambió la vida a Raúl no le faltó de nada: también tuvo su parte de historieta romántica. Empecemos paso a paso.
RS: Yo en ese entonces vivía en Mejorada con un matrimonio muy joven, estaba haciendo COU y a la misma vez estaba en la Escuela Superior de Estudios de Marketing.
JH: Ese matrimonio, Paqui y César, trabajaban en la escuela de Marketing. Se conocían de Canarias, y Raúl vivía en una habitación de su casa.
RS: Paqui era relativamente joven, en aquel entonces tendría como cinco o seis años más que yo, y me trataba como una madre. De siempre. Cuando ella se iba a trabajar por la mañana temprano a Madrid, pues me ponía mi bollicao con mi café con leche en la mesilla de noche.
JH: Estaba cómodo. Estaba en un gran momento. Juventud, Madrid, años ochenta.
RS: Nosotros teníamos un punto de naíf. A nosotros nos encantaba disfrutar. En aquel entonces la música era fundamental. Los años 80, la música, Alaska, Dinarama. Ibas a la calle en Madrid y veías a todos los músicos por ahí.
JH: Si Raúl tenía algo en esa época era tiempo. Paqui y César, que eran sus amigos aunque hicieran el papel de padres, trabajaban a destajo y le dejaban libre muchas horas.
RS: Y entonces me pude un poquito dedicar al ocio con la chica que estaba cortejando en aquel entonces.
JH: Karina. Así se llamaba aquella chica.
RS: Una chica que había conocido hacía poco en una fiesta en su casa en el parque El Conde de Orgaz. Un chalé enorme con discoteca, etcétera. Entonces había cierta ilusión pues por... Por quedar con ella.
JH: Raúl, con veinte años recién cumplidos. Karina, con 21.
RS: Y nada, fuimos a pasear. Todavía estábamos en periodo de cortejo. Estamos hablando del 85. Éramos un poquito más lentos que lo que son ahora los chiquillos...
JH: Así que el día empezó con un paseo en pareja. Y un momento esperado, un nuevo comienzo.
RS: Todo se resume que a la vuelta de de estar por ahí paseando por Madrid, pues fuimos a la casa de Mejorada del Campo e hicimos el amor por primera vez.
JH: Un día difícil de mejorar. Todo cuadra, todo encaja. Vuelven, a su casa, Paqui y César
RS: Cuando llegaron a la casa nos encontraron allí ya duchaditos, o sea, ya todo perfecto, ¿sabes? Me imagino con caritas relajadas, pero ellos nos encontraron allí.
JH: Y entonces Raúl pensó que la vida había que celebrarla. Tenía un deseo.
RS: El vecino de enfrente era camarero del Descanso. Entonces para nosotros era un sitio muy habitual. Las costillas estaban riquísimas, al estilo americano de barbacoa. Y me empeñé, me empeñé, me empeñé. Dijo pues bueno, pues vamos.
JH: Una elección banal, una celebración, el broche de un día especial.
RS: O sea, que era el complemento perfecto, ¿eh? Hacer el amor por primera vez con una chica y hartarse a comer, a comer costillas. O sea, el plan era perfecto.
JH: Y Raúl consiguió convencer a los tres. A Karina, a Paqui y a César.
RS: Uy, es un poquito tarde, pero no importa. Venga, vamos a al Descanso. Pero un poquito tarde. Bueno, vamos al Descanso. Y yo entonces me empeñé y fuimos al Descanso.
JH: Son 18 minutos de carretera. Como todas las personas que fueron al Descanso aquella noche, Raúl recuerda perfectamente la cadena de decisiones que le llevaron hasta allí. Ese día lo recuerda muy bien, pero los anteriores no.
RS: No lo recuerdo. No lo recuerdo porque los recuerdos anteriores son muy difuminados. Son muy difuminados. Me pasó lo mismo cuando mi padre se murió teniendo ocho años. No logro recordar nada de ocho años atrás. No recuerdo nada.
JH: Más tarde hablaremos de la infancia de Raúl, y cómo lo que estaba a punto de pasar en el restaurante le cambió la mentalidad para siempre. Pero volvamos al momento decisivo.
RS: Los cuatro fuimos con el mismo coche. Fuimos con el coche de Paqui y César. Llegamos y fuimos directamente a la barra donde se tomaban las comandas, donde te apuntabas para las reservas.
JH: Habían llegado al Descanso. Eran mediados de abril, pero Raúl recuerda una noche cálida.
RS: Y me parece recordar, aunque creo que no, pero hubiese sido determinante, que estaban a punto de abrir la terraza, entonces hubiesen abierto la terraza. Sin ninguna duda se habría paliado mucho. Muchas desgracias. ¿Me explico?
JH: Todos los clientes estaban dentro. Para conseguir mesa, primero había que pasar por una pequeña barra.
RS: Estaba en la barra. Estaba el dueño del restaurante. Como él nos conocía con cierta asiduidad de haber ido por allí pues nos apuntó con la intención yo creo que un poco que hasta quizás un poquito… de colarnos.
JH: Pero Raúl, Karina, Paqui y César no llegaron a sentarse en ninguna mesa.
RS: Y entonces él fue en el momento en el que estábamos hablando con él, apuntándonos, fue cuando. Cuando ocurrió todo. Y cuando ocurre todo es tan. Es tan instantáneo… No hay detonación, sino lo que hay es resplandor… Yo lo recuerdo así, más o menos como un resplandor. Como rojo, ¿me explico? Pero ruido cero.
JH: Una potente bomba, escondida en una mochila, dejada en una bolsa de deporte bajo un radiador, acababa de destruir todo el restaurante. Raúl no oye nada. Tiene rotos los tímpanos.
RS: Es curioso que una detonación que conlleva el caos posterior sea como un periodo de calma absoluta. Pero claro, es derivada de de, no del sosiego, sino de la sordera, de una sordera profunda que te entra, que entra. Cualquier persona, me imagino que esté cerca de una detonación tan, tan, tan, tan fuerte.
JH: Después del fogonazo rojo, fundido a negro. Sobre el comedor han caído los dos pisos de arriba.
RS: O sea, en todo momento. Ya fue la oscuridad absoluta, una oscuridad en la que yo no lograba entender nada porque se nos cayó un edificio encima y el dolor era… no existió. O sea, cuando te digo yo que no existe el dolor, es como si yo te tocara con un dedo en un codo. O sea, no notas nada.
JH: Empieza aquí una fase diferente. Un mundo subterráneo donde no puede ver nada, no siente demasiado, y lo poco que escucha, lo escucha muy lejos.
RS: Pero es curioso, porque en aquel entonces había tanta, tanta bomba, que mi cerebro enseguida, enseguida procesó «bomba». ¿Me explico? O sea que no era el no entender la situación, pero saber perfectamente que había habido una bomba.
JH: Era el año 85. El terrorismo en España, especialmente el de ETA, estaba muy presente.
RS: En aquel entonces, que la bomba eran continua en la paranoia, los controles de policía eran continuos en Madrid, o sea, era algo increíble. Y cuando digo yo me tocó, pero es que le tocó a mucha gente. En aquel entonces era era bárbaro.
JH: Así que Raúl sabe que ha sido un atentado. Y acierta. Pero no sabe nada de Karina ni de sus dos amigos.
RS: Nunca los escuché a ellos. Nunca los escuché. O sea, yo. Escuché... Fue solamente cuando me rescataron. Me agarró por la pierna Paqui. Es entonces cuando vi que estaba viva.
JH: Él mismo se da por perdido.
RS: Me daba la sensación de si te buff, qué va, de aquí no me encuentran ni de coña. Ya casi no puedo respirar. No me van a encontrar.
JH: Pero en eso no acertó. Él fue uno de los 84 heridos rescatados. El atentado provocó 18 muertos, es el tercero mayor de la historia de España, solo por detrás de Hipercor, que sucedería dos años más tarde, y del 11M.
RS: Karina estaba debajo mía. Y estaba un poquito más protegida de de impacto, porque yo me había caído encima de ella. No, yo venía toda la ropa rota, como las película. Y entonces ella estaba intacta de ropa, estaba intacta. Pero, pero. O sea que estaba a 30 centímetros de de mi oreja. Y yo la escuchaba a 500 metros.
JH: Karina está bien. Llegan bomberos, policías, voluntarios. Sospechan de un escape de gas. La escena que se encuentran es un desastre absoluto.
RS: Y ellos pensaban que a lo mejor la detonación había sido por eso y no querían causar una segunda detonación. Entonces ellos estaban casi en penumbra, más bien al estilo linterna. Faro. Y entonces ellos nos pisoteaban
JH: Pero el escape de gas no tiene sentido. La cocina está casi intacta y la explosión ha venido de cerca de la puerta. Rescatan finalmente a Raúl y a Karina. A él, de repente, le sale una vena altruista.
RS: Entonces yo. Lo que le dije a los bomberos es no. Yo no me voy de aquí. Yo me quedo aquí y ayudo a rescatar a la gente. Entonces el bombero me cogió, así como, como a los locos. Y sí, sí, ven por aquí. Y me sacó del local. Ya se me agarró, eh, Karina conmigo. Y yo me di cuenta de que empezaron a trabajar en en, en, en Paqui para sacarla. Pero a César no lo vi y eso me ocasionó mucho desasosiego porque
JH: Tardan más en encontrar a César, pero también sobrevive. Los cuatro lo han conseguido. Se separan, comienza la larga noche de Karina y Raúl. Aquello es un caos inmenso.
RS: Nos llevó la policía municipal porque nos iban a meter en una ambulancia. Y yo dije que no, que no íbamos en la ambulancia. Y entonces pues nos metimos en un coche de policía municipal. Recuerdo que los pobres iban asustados, los policías más que nosotros casi.
JH: Llegan al hospital. No son los únicos, pero son de los primeros.
RS: Nos llevaron en sillas y nos sentaron y empezaron a tomarnos la filiación como podían… Pues como estás sordo? Pues contestabas como podías. Todo era muy confuso y tal.
JH: En medio del follón, Karina reconoce al marido de una amiga, uno de los médicos.
RS: Una coincidencia brutal. Entonces, en cuanto nos vio, ella le dijo «No me acuerdo cómo se llama. ¡Fulano!». Y entonces cuando dijimos el nombre… dos estatuas de yeso, nos mira, dice sin reconocernos y dice «Soy Karina». «Karina! Raúl!», El tipo se alucina.
JH: Por fin se sienten en buenas manos.
RS: Los primeros escáner. Yo recuerdo que nos desnudamos. Fue gracioso cuando te dan la ropa. Tú pensabas... ¿Y cómo me pongo esto?
JH: Los pantalones de Raúl están desintegrados. Se acuerda de todo.
RS: La parte de arriba de los calcetines había desaparecido. Y entonces cuando me fueron a dar la ropa, me dieron también lo que quedaba de lo de los calcetines. Entonces yo veía los calcetines y como me pongo esto lo que estaba dentro del zapato había sobrevivido, lo que estaba fuera no.
JH: Pero lo importante, todo lo importante, está bien.
RS: Karina no tenía heridas, yo tenía mucho y como ya había sido mirado entonces era era. Si yo estaba bueno, yo estaba como todo roto, todo lleno de. Es como lo que aparenta cicatrices. Pero todo era superficial. Todo era superficial.
JAES: Raúl y Karina hicieron una cosa más esa noche.
RS: Nos llevaron a las oficinas centrales en la Puerta del Sol a ver fotos. Y yo dije Yo me niego. Me niego a ver fotos porque no vi a nadie. Paso de que de repente una cara me pueda resultar familiar sin conocerla y testificar en su contra. O sea, no puedo hacerlo.
JAES: Raúl dice que recuerda todo lleno, pero que no sabe nada. Se sospechó siempre de un hombre con bigote, un visto y no visto que entró y dejó la bolsa de deporte junto a la entrada momentos antes de la explosión.
RS: En absoluto podría testificar en contra de nadie. Yo creo que era imposible, porque además la barra estaba bastante abarrotada. Bastante abarrotada.
JAES: En 1985 era ETA quien ponía las bombas en España. No solía haber dudas. Solo ese año asesinaron a 38 personas en más de quince ciudades diferentes.
RS: En aquel entonces sí, pero estaba súper identificado, que era solo ETA. Porque lo del yihad en este caso fue una anécdota… porque fue el primer atentado yihadista de España.
JAES: Pero en este caso, para sorpresa de todos, no fue ETA. Grupos islamistas reivindicaron el atentado. Y la justificación son aquellas míticas costillas de El Descanso. En el restaurante se reunían militares norteamericanos que trabajaban o pasaban por la base de Torrejón de Ardoz.
RS: Les salían tan bien con el toque de americano que estaba siempre lleno de norteamericanos que creo que eran el objetivo final del atentado.
JAES: Nadie encontró a aquel supuesto hombre con bigote. Hubo mucha especulación y un juicio que nunca llegó a concretarse. Hay incluso una sospecha de que, antes de rescatar a los demás, dos o tres cuerpos de militares estadounidenses fueron sustraídos en una operación relámpago y de alto secreto.
RS: …Se cree que dos altos mandos de la base murieron y eso parece ser que lo ocultó la embajada. Pero. Pero eso es especulación.
JAES: Pero volvamos a esa noche en Madrid. Karina y Raúl van en un taxi, y no saben nada de todo esto. Después de todo lo que pasó ese 12 de abril, Raúl tuvo que conocer a los padres de Karina. Llegaron a su casa, se presentaron, y preguntaron por un teléfono.
RS: Lo primero que hicimos fue llamar a mi casa. Entonces yo llamé a mi casa y me lo cogí mi hermano Mingo el teléfono con mi hermano Mingo y lo primero que me dice «Ay Raúl, menos mal que llamaste porque te enteraste que hubo una bomba» no sé cuánto y tal. Y le dije yo «sí, Mingo, yo estaba ahí».
JAES: Y una vez más, el humor.
RS: Dice «¿Cómo?» «Yo estaba ahí. ¿Está mamá? Que se ponga mi madre». Mi madre, que es super cómica, parece Lina Morgan, pues se piensa que yo soy hijo suyo. Se pensaba que era como una broma. No se creía nada. Entonces no estás seguro? «Pero tú eres tonto. Estas cosas no se bromea». Que no, mamá, que si no se puede estar ¿De verdad? De verdad. Entonces cortó súper tranquila.
JAES: Su madre necesitaba una confirmación. Y llegó por la radio.
RS: José María García, creo que estaba allí. Fue la primera persona que me puso… Dijo mi nombre y entonces me puso en una lista de heridos graves y ya fue ya cuando imagínate el impacto para mi madre cuando escucha por la radio. Raúl Socorro…
JAES: Enseguida volvemos.
[PAUSA]
JAES: Hemos contado lo que pasó el 12 de abril de 1985. Raúl y Karina sobrevivieron a un atentado que mató a 18 personas. Lo que pasa es que queda mucho que contar, los atentados no solo duran un instante. Se alargan mucho, mucho tiempo. Y no solo los efectos físicos, como la sordera.
RS: Eso, eso me duró seis meses.
JAES: Cuando pasó un mes, algo extraño apareció en su cabeza, en el cuero cabelludo.
RS: Un parche de cinco duros, lo que se decía en aquel entonces. Entonces me salió como una, como un redondel perfecto, un redondel perfecto en la parte de atrás del pelo. Mi pelo era tan frondoso que ni se veía.
JAES: Se llama alopecia areata, y cada vez que le salía, a lo largo de todos estos años, se aplicaba un ungüento y remitía. También cambiaron en Raúl cosas mucho, mucho más profundas. El primer efecto secundario apareció pronto.
RS: El miedo, eso se pierde. Y ese miedo... Cuando pierdes el miedo, pierdes el miedo a mil cosas diferentes.
JAES: Un envalentonamiento, una percepción del riesgo alterada para siempre. Un muro derribado.
RS: Cuando pierdes el miedo a muchas cosas te hace muy libre y te hace ser un poquito adicto a la adrenalina.
JAES: Llegando, muchas veces, demasiado lejos.
RS: Yo me acuerdo una vez que intentaron atracar por la Plaza de Santa Ana con navajas tres personas y les decía que estaba loco. Sí, pero si sólo son tres! Usted no es un loco que le va a quitar la navaja y los voy a matar. Y yo me miraba el loco este. Pero era la falta de miedo.
JAES: Esa falta de miedo, esa locura nos va a llevar de viaje por medio mundo. Sigue contando esta historia… Jesús Hernández
JH: La infancia de Raúl no había tenido nunca problemas económicos. Pudo disfrutar una vida un poco diferente de la de la mayoría.
RS: Sin ser ostentosos. Porque nos criaron muy bien. Éramos. Éramos ricos. ¿Me explico? O sea que íbamos a estudiar a Irlanda. Íbamos a colegios caros, teníamos ropa buena. Nuestros padres tenían buenos coches. Tenemos casas de veraneo.
JH: Su abuelo y su tío habían triunfado en los negocios. Y sus primos intentaron seguir el camino evidente: la empresa familiar.
RS: En ese mal cayeron todos mis primos, eh? La falta de ambición… nunca le llegaron a la suela del zapato a mi tío, a mi abuelo.
JH: Y ese era el destino de Raúl también.
RS: Pero después de la bomba mi planteamiento fue diferente. Mi afán de buscar aventuras. De buscarme la vida ahora. O sea, mi negocio está en Gambia.
JH: Raúl no podía tener el negocio en un lugar aburrido. Pero antes de Gambia, pasó por más lugares. La relación con Karina terminó, viajó a Estados Unidos y encontró a otra compañera.
RS: Con la chica con la que me casé. Recuerdo el día que me presentaron, me presentó a su madre. Fue en San Luis, en Misuri. Me presentó y dijo «Este es el chico que estuvo en el atentado». Y ella me relató todo el atentado y yo diciendo ¿Y cómo puedes saberlo aquí? Es que por lo visto tuvo muchísima trascendencia en Estados Unidos.
JH: Y después, volvieron a Europa.
RS: Vino aquí a vivir a Madrid. Recuerdo que estuvo de profesora de inglés en un colegio muy pijo Del Viso. Nosotros vivíamos en Las Rozas, yo trabajaba en prensa en una editorial que se llamaba Tema cinco.
JH: Editando una revista, propusieron un tema relativamente novedoso para la época: el ecoturismo.
RS: Nosotros sacamos una vez un reportaje sobre Guinea-Bissau. Yo estaba aburrido de vivir en Madrid, estaba aburridísimo de vivir en Madrid.
JH: El artículo fue todo un éxito.
RS: O sea nos llamó un montón de gente a la redacción. ¿Cómo se va allí? Etcétera, etcétera. Y a mí se me encendió la linterna y dije. «Uf, estoy cansado. Algo así. Un negocio en Guinea Bissau».
JH: Una frase como «un negocio en Guinea Bissau», así como si nada, solo se le podría haber ocurrido al Raúl de después de la bomba. Pero algo se cruzó en su camino.
RS: Y entonces, de camino a Guinea Bissau, recuerdo que yendo a Canarias tuve que pasar por Gambia. Llegué a Gambia en el avión y me enamoré. O sea, no sabría explicar lo que es la sensación de bajarte en un sitio y decir «Pero esto qué es… es el paraíso».
JH: Un flechazo. Y una intuición que supo que tenía que seguir.
RS: Ya a nivel, a nivel visual, cuando tú vas a Gambia, Gambia es un vergel, el primer vergel subsahariano con el río Gambia muy caudaloso, Muchas tribus se acumulaban allí, Mandinga, yola fula, wolof, serere…
JH: Y así siguió Raúl su vida, sus aventuras, sus viajes y sus bromas. Una vida movida y alegre donde aquel recuerdo del 12 de abril cada vez ocupaba menos espacio. Eso sí, durante estos cuarenta años, cuando tenía algo de estrés, ese círculo en la cabeza, esa alopecia areata, regresaba.
RS: Estuve desde el 85 hasta hace dos años, por ahí, lidiando con él, con mi alopecia areata.
JH: Hasta hace dos años. Entonces, algo pasó, algo profundo, una alerta. Un eco lejano del estallido del Descanso
RS: Ahora hace dos años para acá se me cayó todo el pelo. Yo trabajaba en una empresa grande. Me quedé yo con la empresa y pasé un periodo de estrés que entonces ahí sí se me cayó todo.
JH: Raúl perdió repentinamente todo el pelo. Todo, no solo aquel redondel que llevaba cuarenta años apareciendo y desapareciendo.
RS: Me salió la calvicie esta, me salió la rosácea, se me subió la tensión y digo yo coño, que es que me voy a morir de esta cosa estando bien. Y entonces me la tiene que sacar de dentro un psicólogo. No me queda otra.
JH: A Raúl, como a cualquier persona de su generación, le cuesta dar el paso, pero accede.
RS: Digo ¿¡qué psicólogo?!. Si yo estoy bien, no sé cuánto y tal. Y cuando fui al psicólogo que ella me diagnosticó dice «es que lo que tienes de libro es un síndrome postraumático», entonces ella me está sacando de lo más recóndito de mí los bloqueos que yo hice cuando la bomba.
JH: Raúl tuvo que mirarse, investigarse, volver a entender qué sintió bajo los escombros.
RS: Los pensamientos fueron recurrentes, de hecho, fueron los que me originaron el síndrome postraumático. Y se me manifestaron después, como 40 años después. Y era culpabilidad, una culpabilidad terrible.
JH: En ese momento su cabeza no podía dejar de pensar obsesivamente en su familia.
RS: Mi principal preocupación que iba a derivar de esto, es mi madre, que era viuda con cinco hijos y en que vi a diario el disgusto que lo iba a matar y eso me podía, me podía eso sobre cualquier otra cosa.
JH: Y aquí, hace muy pocos años, entra en escena una persona más.
BEGOÑA: Bueno, es que yo cuando conocí a Raúl lo conocí sin cejas y sin pestañas. Entonces me dijo inmediatamente que lo que le había pasado y claro, es una. Nunca había escuchado a alguien que había pasado por una situación tal.
JH: Begoña, su compañera de vida, que ya ha conocido a un Raúl más reconciliado con su historia.
BEGOÑA: Pues sí. Raúl y la bomba van unidos desde el principio para mí.
JH: En la consultas psicológicas, donde Raúl cuenta que llega a lo más recóndito de su ser, le están ayudando a comprender muchas más cosas
RS: Precisamente ayer hablaba con Begoña de problemas de comunicación que podemos tener en la relación. Una relación basada en el amor, pero basada en la falta de comunicación. Porque no sé cómo expresar a veces cosas, ¿me explico? Siempre la mente va como a buscar la solución solitaria, que no es siempre la correcta.
JH: Bloqueos, desvíos, el humor que siempre aparece para no llegar a ponerse serio del todo…
BEGOÑA: Como bien dijo, tuvimos anoche una conversación interesante y le cuesta mucho, eh, eh, hablar de cosas como muy eh eh, como decirlo, de cosas como importantes. A veces le cuesta, sí, tiene mucha palabrería. Por eso me conquistó.
JAES: Todo va volviendo a estar en su sitio. Begoña sabe ya muchas cosas, sabe, por ejemplo, que Raúl nunca se pone de espaldas a la puerta cuando van a un restaurante. Ahora le acompaña en un viaje fascinante, el de compartir su experiencia, conocer a otras víctimas, ser entrevistado, formar parte de una historia.
RS: Recuerda que fuimos a un acto en Vitoria. Entonces, en ese acto yo aprendí muchas cosas del atentado que ni yo mismo lo sabía.
JAES: El Centro Memorial de las víctimas del terrorismo de Vitoria organizó una exposición sobre el Descanso para conmemorar el 40 aniversario.
[Sonido inauguración de la exposición en Vitoria]
BEGOÑA: Gracias a ir a Vitoria vi todos los detalles: cómo salían dando los nombres en la televisión, todo lo que había pasado, cómo había quedado el edificio que hicieron, una maqueta súper interesante Y hablar con los. Con los otros. Con las otras víctimas.
RS: Lo del Memorial me está encantando porque lo estoy viviendo con ella, me resulta, me resulta más divertido. Si no, yo creo que no me apetecería tanto.
JAES: Ahora Raúl sabe que es importante contarlo, es importante que no se olvide. El Ministerio del Interior también cuenta con él ahora para ir por los institutos de España
RS: Nos atracaron porque nos dijeron «tienen ustedes que contarlo». Yo no lo esperaba y no pensaba que en el Ministerio Interior no fuesen a atracar.
JAES: Y ahí está la vena única de Raúl. Es uno más, pero no uno cualquiera.
RS: Todo era muy emotivo, las lágrimas salían y me encantaba como lo estaba relatando todo el mundo cuando me toca a mí relatarlo. Digo, voy a relatarlo como ellos y según lo voy relatando, todo el mundo muerto de risa.
JAES: Aprovechando que pasaba por Madrid, Raúl volvió a un sitio familiar. Un sitio donde hacía mucho tiempo que no estaba.
RS: A la vuelta me quedé en Madrid, precisamente en casa de Paqui y César.
JAES: Y allí se dio cuenta, se dieron cuenta, de algo absolutamente básico.
RS: Llevamos una relación desde aquel entonces, o sea que nunca hemos, nunca ha sido del todo interrumpida y empezamos a hablar los tres y yo... Joder, nunca hemos hablado de esto, jamás hemos hablado de esto. Los tres, empezamos a hablar de la experiencia y entonces yo empecé a vivir como en tridimensional.
JAES: Incluso datos que llevan repitiendo cuarenta años empiezan a matizarse.
RS: Yo lo recuerdo, yo siempre había pensado que había estado enterrado unas cuatro horas, cuatro y media. Paqui me relataba el otro día diciendo «No, estuvimos, estuviste enterrado como una hora y media». Y César me decía «No. Estuvimos enterrados unas tres horas». O sea, en ese intervalo.
JAES: Raúl es una víctima del terrorismo, con un trauma sobrellevado, pero sostenido durante décadas. Sostenido hasta que empezó a ponerle coto, a mirar de frente ese día, el día de la bomba.
RS: Te ha dado muchísimas cosas y te ha quitado otras. Pero sí, cierto es que me ha cambiado. Me cambió un perfil de vida.
JAES: Pues hasta aquí. Este ha sido un episodio más de Fuera del Radar, el podcast de periodismo narrativo que va más allá de la noticia. Ha sido el último episodio de la séptima temporada. Muchas gracias a Raúl Socorro, y a Begoña, por contarnos su historia, y también a Jesús J. Hernández por investigarla y narrarla.
JESÚS: Gracias a Raúl por dejarnos contar su historia. Y por su voz. Una voz que nos faltaba.
JAES: 18 personas murieron, 84 fueron heridas y esta es solo una de esas historias. Para acabar, unas últimas gracias al equipo de audio y podcast de Vocento. Soy José Ángel Esteban, gracias por escuchar.
Fuera del Radar es un podcast de periodismo narrativo elaborado por los periodistas de las cabeceras regionales del grupo Vocento. La coordinación y edición es de Carlos García Fernández, la producción técnica de Íñigo Martín Ciordia, la mezcla y diseño sonoro de Rodrigo Ortiz de Zárate, y la producción ejecutiva y la dirección, de José Ángel Esteban.