Romances de verano que redefinieron el siglo XX
El descanso estival ha propiciado algunos de los amores más sonados de la historia reciente
Joaquina Dueñas
El verano ha propiciado desde siempre grandes historias de amor. Lejos de protocolos aristocráticos, de compromisos oficiales o de reuniones eternas de consejos de administración, ... los meses estivales favorecen encuentros inesperados en los mejores escenarios posibles para que nazca la ilusión. En la cubierta de un yate o en una terraza de la Costa Azul se han fraguado algunos de los amores que no solo han alimentado la crónica social, sino que incluso han redefinido el siglo XX.
Tras el magnicidio de su marido, el presidente John Fitzgerald Kennedy, en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, la figura de Jacqueline Kennedy quedó ligada al duelo nacional. No obstante, los veranos de la viuda de América comenzaron a transcurrir lejos de los rigores de Nueva Inglaterra. Fue a bordo del Christina O, el legendario yate del magnate naviero Aristóteles Onassis, donde se gestó un romance que desafió las convenciones de la época.
La invitación de Onassis para navegar por las islas griegas no solo ofreció a Jacqueline un refugio de seguridad y privacidad, sino que sentó las bases de su unión en 1968. Con su enlace con el naviero más rico del mundo, Jacqueline se convirtió en la mujer más fotografiada del planeta. Consagrada como icono por el legendario Ron Galella, el seguimiento de los paparazzi en la isla privada de Skorpios revolucionó la prensa del corazón, con la imagen de la esposa de Aristóteles Onassis completamente desnuda captada por Settimio Garritano, quien consiguió confundirse entre los empleados del matrimonio para lograr su hazaña.
En la cubierta de un yate o en una terraza de la Costa Azul se han fraguado algunos de los amores que redefinido el siglo XX
Pero si hay un amor de verano que cambió la historia, ese fue el de Eduardo VIII y Wallis Simpson. Fue en el estío de 1936 cuando, a bordo del yate Nahlin, el recién proclamado rey Eduardo VIII de Inglaterra y la estadounidense Wallis Simpson emprendieron un crucero por el mar Adriático y el Mediterráneo oriental. La familiaridad de las imágenes tomadas durante el viaje, donde el monarca aparecía sin camisa y en actitud distendida junto a una mujer aún casada legalmente, aceleró una crisis constitucional sin precedentes que desestabilizó la monarquía.
Tanto fue así que Eduardo VIII abdicó por amor en diciembre de ese mismo año para contraer matrimonio con Simpson, alterando la línea sucesoria de la Corona británica. Sin esa trascendental decisión, el duque de York jamás habría ascendido al trono como Jorge VI y, por consiguiente, Isabel II no habría heredado la corona de la manera en que lo hizo. Un romance estival que reescribió la historia dinástica de Europa.
Aunque el primer contacto protocolario entre el príncipe Rainiero III de Mónaco y la actriz Grace Kelly tuvo lugar en mayo de 1955, coincidiendo con el Festival de Cine de Cannes, la relación se fue afianzando con un prolífico intercambio epistolar y con encuentros privados durante los meses de verano. Así, fue durante el estío de ese año cuando el príncipe y la estrella de Hollywood sentaron las bases de un matrimonio que se anunció formalmente unos meses después, en enero de 1956.
Mónaco, epicentro del glamour
Este romance modificó la posición de Mónaco en el mapa geopolítico y turístico de la posguerra. El pequeño principado, que hasta entonces atravesaba dificultades financieras, se transformó en el epicentro del glamour y la sofisticación mundial, una posición que conserva hasta ahora gracias a los hijos del matrimonio de Rainiero y Grace Kelly (Carolina, Alberto, actual príncipe soberano, y Estefanía), que han mantenido al pequeño territorio situado a orillas del Mediterráneo como uno de los puntos más seguidos por la prensa rosa de todo el mundo. La llegada de la gran estrella del celuloide a una de las dinastías más antiguas de Europa creó un nuevo modelo de proyección pública: nacía la princesa-celebridad, un híbrido entre la dignidad de la corona y la atracción mediática de las salas de cine.
Un año antes de que se fraguara el amor entre Rainiero y Grace, en el verano de 1954, la reina Federica de Grecia había organizado una iniciativa muy especial: un crucero a bordo del yate Agamenón destinado a reunir a los jóvenes miembros de las dinastías reales europeas, algunas de ellas desposeídas de sus tronos tras la Segunda Guerra Mundial. Entre los invitados se encontraban los jóvenes príncipe Juan Carlos de Borbón y princesa Sofía de Grecia.
Aunque pertenecían a familias emparentadas y se conocían de vista, la convivencia informal durante las jornadas de navegación por el mar Egeo propició el inicio de un entendimiento que culminaría en boda ocho años más tarde, en 1962. Aquel crucero estival favoreció la unión de dos casas reales y sentó las bases dinásticas de la España contemporánea.