90 años del comienzo de la Guerra Civil
«La gente mataba y moría con facilidad»
Cárceles y cunetas. Las sacas y ejecuciones sembraron el terror en la provincia de Logroño, con más de dos mil asesinados por la represión
Logroño
Aquella noche, los asesinatos, incluyendo aquellos conocidos de los pueblos cercanos, pasaron del centenar. A la mañana siguiente, el terror era dueño absoluto de Logroño ... y su provincia. Todo sentimiento de nobleza y generosidad quedó anulado, produciéndose una descomposición moral próxima al encanallamiento».
Es Patricio Escobal quien habla así en referencia a la noche del lunes 20 de julio de 1936. Hace noventa años. Lo cuenta en 'Las sacas', libro de referencia sobre la represión fascista durante 'el Glorioso Alzamiento' publicado por primera vez en Nueva York en 1968. Fue allí donde terminó exiliado este ingeniero municipal logroñés, antigua gloria del balompié, que llegó a ser capitán del Real Madrid y jugador de la selección española. Militante de Izquierda Republicana, fue detenido en Logroño a los cuatro días del golpe de Estado, pasó enfermo por las distintas cárceles que los militares utilizaron en la ciudad y fue testigo directo de lo que allí ocurría.
Según el historiador Paul Preston, solo el escándalo que habría supuesto su muerte le salvó de ser asesinado como tantos compañeros a los que vio 'sacar' cada noche para no volver.
También el escultor Alejandro Rubio Dalmati estuvo preso en la Cárcel Provincial, junto a la vía del tren: «Durante la noche el ambiente de la celda era irrespirable: estábamos catorce personas y, todas menos yo, fumaban sin descanso en un cuartucho pequeño y sin ventilación. Y así pasaban las horas hasta que llegaban las doce: esa era la hora fatal en la que la muerte llegaba cada noche, sin falta, con puntualidad terrible y espantosa. (...) Lo peor de todo son las despedidas: a algunos hay que despertarlos. Su abrazo es breve y emotivo. Recuerdo a todos yendo por su pie, serios y concentrados, pero con hombría. Una noche se llevaron a todos mis compañeros. Me quedé solo. Nunca me he sentido tan solo, como si fuese el único habitante del universo... Me acosté en el suelo y envejecí mil años».
Las continuas detenciones en los primeros días de guerra, pese a quedar Logroño en la retaguardia, pronto dejan pequeña la cárcel y se van habilitando como presidios el frontón Beti-Jai, la Escuela Industrial de Artes y Oficios, la plaza de toros, el Hospital Provincial, el Gobierno Civil, los cuarteles y cuartelillos... En Haro llegan a convertir una vieja fábrica de encurtidos en campo de concentración.
«Hacia las diez –recuerda Escobal de una de sus primeras noches de 'saca' en el Beti– un silencio profundo cubrió la cancha donde yacían unos novecientos hombres. Era la calma precursora de la hora de 'saca'. Pasarían unos treinta minutos cuando oímos el ruido de un motor acompañado del chirrido de los frenos al parar frente a la puerta exterior. Un pelotón de 'camisas azules' entró en la cancha por la puerta del fondo, formando en doble fila. El suboficial que dirigía la prisión voceó lentamente nombre tras nombre de una lista hasta hacer un total de dieciocho 'libertades provisionales' firmadas por Bellod, el gobernador civil. La firma de la autoridad parecía dar garantías de no tratarse de un asesinato colectivo, aunque el método era una mejora técnica de la 'Ley de Fugas'. (...) Por entonces no sabíamos la suerte fatal de los nombrados en la lista de saca con la certeza que tendríamos tiempo después. (...) A cualquier hora de la noche podía reaparecer el camión de la muerte».
'No se fusila en domingo'
El terror no es solo en Logroño, sino en cada pueblo, en los campos, en los caminos, en las cunetas.... En Rincón de Soto, por ejemplo, en la castigada ribera del Ebro, el médico sustituto Pablo Uriel, recién llegado de Zaragoza para solo tres semanas, calcula que al menos treinta vecinos son asesinados en esos días. Antes de acabar el año serán treinta y nueve, en un pueblo de menos de tres mil habitantes. Entre ellos están Vicente Abad, el pianista del baile; Isidro Arpón, el enterrador; Gaspar Gómez, uno de los guardias municipales; Cruz Matute, un joven de dieciséis años afiliado a la CNT; Manuel Maza, el mecánico; Francisco Medrano, el herrero; Luis Moya, pastelero; Mauricio Ochoa, caminero; Pablo García, presidente local de UGT y, como tantos, trabajador del campo...
«La violencia –afirma el historiador Carlos Gil Andrés en el prólogo de 'Aquí nunca pasó nada'– se ensañó primero con los dirigentes de los partidos políticos, con los alcaldes y concejales pertenecientes al Frente Popular y con los líderes sindicales. Pero pronto empezaron a caer también en la tela de araña del terror simples militantes, maestros de vocación republicana, jóvenes de ideas avanzadas y padres de familia, bien conocidos y respetados en el entorno de su barrio o de su comunidad, que en alguna ocasión hubieran mostrado en público el sentido progresista de su voto, la lectura de periódicos 'envenenados' o algún gesto anticlerical visible a los ojos de sus vecinos. Y, en ese caldo de cultivo, cuando la barbarie se ha adueñado de calles y plazas, cuando no queda ningún freno legal para la eliminación del contrario, ningún reparo ético para decidir sobre la vida o la muerte de los desafectos, afloraron también las venganzas personales y las cuentas pendientes, las 'envidias de los pueblos'».
En total, más de dos mil personas serán asesinadas en La Rioja por la represión franquista, la mayoría en el sangriento verano de 1936: sin frente, sin trincheras, sin juicio, sin remisión...
Como el doctor Uriel dejó escrito después de su breve paso por Rincón en el libro significativamente titulado 'No se fusila en domingo': «La gente mataba con facilidad y moría también con facilidad».