El último repaso
Argentinos y españoles
Las redes han enturbiado (como hacen con todo) el cariño que hasta hace nada tres cuartos de mundo tenía por Argentina: que no nos afecte
Logroño
Reconozco que soy un pésimo aficionado al fútbol. Por muchas cosas, pero sobre todo por una: siempre creo que mi equipo está a punto de ... perder. Mi cenicismo debe ser congénito. La frase típica de mi padre, merengue acérrimo, es «este partido no lo gana el Madrid». Y suele soltarla hacia el minuto diez.
Hace años que no sufro por los blancos, pero tal bendición no se extiende a la Selección. Ahí soy un cenizo extremo y doliente, quizá el único que no se vio sorprendido por el empate ante Cabo Verde: todo rival me parece magnífico, temible, un Everest futbolístico, un Gólgota en potencia. Así que imagínense Argentina, con su Messi y sus tres estrellas. Y con su afición. Esa que, hasta hace nada, nos gustaba a todos.
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Redes
Los argentinos a los que amábamos
Y hablo en pasado, ay, sin que haya ningún motivo. La albiceleste era hasta hace poco la segunda selección de casi todo el mundo, con la posible excepción de ingleses y brasileños, por motivos obvios. Pero de un tiempo a esta parte la cosa se viene manchando, la admiración se viene convirtiendo en un repelús casi uniforme.
Yo, como en muchas cosas, le echo la culpa a las redes sociales, ese cáncer que se va comiendo nuestra sociedad mientras casi todos miran a otro lado. Hay que recordar un principio simple: las redes viven de fomentar emociones fuertes que generen interacciones, y no hay emoción más fuerte que el enfado y el odio. Así, la red se llena de argentinos más nazis que Hitler, o arrogantes hasta la caricatura, faltones de saque sin gracia. Y son los que triunfan, a los que todo el mundo responde, los que, por tanto, prevalecen. A los argentinos que amábamos, esos chulos entrañables, esos insultones ocurrentes, no se les ve ya. Sólo queda el extremo.
Supongo que a ellos les pasará lo mismo. Leerán y verán a españoles idiotas que juegan al mismo juego, sabiendo que les va a ir bien en la jungla de la red que premia precisamente eso. Ocurre en todos los sitios, en todos los temas, en todos los órdenes. Y usted, que pasa cuatro cinco horas al día ante su móvil (haga cuentas, haga) se lo traga todo. Así se difunde el odio, así nos va.
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Y qué hacer
La realidad como antídoto
¿Qué hacer para evitar tanto fango? Evitar las redes es un buen paso. De hecho, se lo recomendaría a todos y en todo momento. Siempre que hablamos de chavales, por ejemplo, nos preguntamos cuándo deberíamos dejarles acceder a las redes. Quizá la pregunta sea más clarificadora al revés: cuándo debemos dejar que las redes accedan a nuestros chavales. Cuándo son lo suficiente maduros para saber qué buscan esas megaempresas y cómo resistirse a ello. Pero claro, si ni los adultos son capaces de sustraerse a tal peligro...
En el caso que nos ocupa, lo mejor es acudir al mundo real, a los argentinos que casi todos tenemos cerca (y si no, se está perdiendo algo, se lo aseguro). Comprobará usted que no son así. Nadie ni nada es como lo pinta el mundo maniqueo que esas multinacionales nos venden.
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Y el partido
Dos tipos muy razonables
Y en fin, que todo esto es fútbol, aunque decir eso no oculta que el fútbol siempre es algo más que fútbol, y más en una final como la de esta tarde. Yo, mientras rumio mi pesimismo congénito y mi miedo irresistible al rival (según se acerca el pitido me parece más gigantesco, más inatacable) procuro no escuchar chorradas.
O escuchar a quienes merecen la pena ser oídos. Lean lo que dicen De la Fuente o Scaloni: dos tipos que se conocen y se respetan, rivales con una exquisita educación que no quita para que pretendan sacarle los hígados deportivamente al otro. Dos ejemplos de que la realidad siempre sigue otro camino.