A la Ćŗltima
Amor prohibido
Algunos animales no entienden de alergias
Antes, yo tenĆa gatos. Uno murió a los pocos dĆas de no sĆ© quĆ©, otro se escapó y el tercero se metió en la lavadora ... y fue centrifugado, espero que involuntariamente, por mi abuela. Por si esas tres seƱales no fueran suficientes, aƱos despuĆ©s el universo me mandó otra. Y, esa vez, fue la definitiva: el heredero era alĆ©rgico.
Pero algunos animales no entienden de alergias. Tampoco algunos cariƱos. Hace tres veranos apareció un gato callejero. Completamente negro, le faltaba un trozo de oreja, y su rabo, roto en cualquiera de sus siete vidas, se habĆa soldado formando un Ć”ngulo recto. Era un gato desarmado, un juguete medio roto que todavĆa funcionaba. QuizĆ” fuera esa fragilidad la que hizo que el heredero se fijara en Ć©l: lo vio a lo lejos, lo llamó y el gato reconoció a uno de los suyos, a otro bicho listo y nocturno. Desde entonces nos visita puntualmente. Se planta en el descampado que hay frente a nuestra casa y maĆŗlla para que el heredero le abra la puerta del jardĆn. Ćl lo deja entrar, le pone agua, le da una golosina gatuna, le acaricia detrĆ”s de las orejas, le susurra palabras dulcĆsimas. El gato se frota contra sus piernas, ronronea, se estira en el suelo. Durante unos pocos minutos todo parece sencillo y posible. DespuĆ©s vienen los antihistamĆnicos y el ritual de lavarse las manos a conciencia: hay que eliminar cualquier rastro del encuentro, borrar las pruebas igual que se borran los mensajes, los olores, las manchas de carmĆn de los amores prohibidos.
El heredero ya se ha ido, pero el gato sigue viniendo a buscarle. MaĆŗlla, aguarda un rato y se marcha. Al dĆa siguiente lo intenta de nuevo. Supongo que eso es amor del bueno: esperar a alguien aunque sepas que no va a volver.