Sopa de letras a lo DNA
Un festival gastronómico indispensable: ayuda a diferenciar entre alimentarse y comer
Os voy a contar un secreto... A Mafalda sí le gustaba la sopa: la de letras. A mí me gustan las dos: la que me ... reconforta el cuerpo y la que me relata la vida, los sueños y, por supuesto, el comer, el beber o la gastronomía convertidos en hecho histórico, sociológico o económico. Y un año más, van nueve, vuelve el DNA Festival y tengo el inmenso placer y la gran responsabilidad de presentarlo junto a mis queridos Óscar Carrión, Cuchita Lluch y Marina Vega. Un lujo.
Desde aquellas primeras tablillas de arcilla que contaban grano hasta las recetas de Apicius; pasando por las miradas e investigaciones de Ángeles Ruiz y nuestro añorado Carlos Llorca, la socialización de la gastronomía alicantina de González Pomata, los caminos del comer de F.J. Seijo, las palabras con el territorio como ingrediente del gran Bernat Capó y cómo no, María Ivars (que colaboró con sus primeros escritos en este diario) Juan Chabás, uno de los grandes olvidados de la generación del 27, Rafael Chirbes con su 'Misent' o mi querida Clara Sánchez; todos ellos y todo ello es simplemente, entender la gastronomía, en definitiva, como un auténtico alimento del alma.
Este año, la brisa mediterránea que recorre la Marineta Cassiana huele a tinta fresca, papel de estraza y alta cocina. El sonido de las olas al romper suena como el pasar de las páginas de ese libro que nos une. El DNA Festival de Dénia transforma el paseo marítimo en un suntuoso festín donde la palabra escrita y el arte de los fogones se funden en una misma receta. Bajo la batuta conceptual de Quique Dacosta y el eje temático de los libros gastronómicos, la Ciudad Creativa de la UNESCO reúne a los grandes sabios de nuestra cocina para hojear el territorio, leer el producto y saborear la literatura culinaria.
Sostener un libro de cocina (o una novela donde el fuego devora los ingredientes con el mismo ímpetu que a las pasiones humanas) es comprender que comer no es un mero acto biológico. Como sentenció el icónico gastrónomo Anthelme Brillat-Savarin en su eterna Fisiología del Gusto: «Los animales se alimentan, el hombre come; sólo el hombre inteligente sabe cómo comer». En esa distinción reside el alma del DNA: transformar el condimento en cultura, el bocado en memoria y la receta en un tratado de filosofía viva. Ya lo expresaba Anthony Burgess al recordar que «una comida bien equilibrada es como una especie de poema al desarrollo de la vida».
Pasear por la Marineta Cassiana durante este festival equivale a hojear una biblioteca infinita. En cada propuesta, en cada charla, en cada taller, en cada mesa redonda o en cada escenario, resuenan los ecos de obras que han moldeado nuestro imaginario. Imposible no recordar los manteles de la memoria policiaca: ahí están los guisos contundentes y reconfortantes de Pepe Carvalho en la prosa de Manuel Vázquez Montalbán, o las pesquisas salpicadas de marisco y vino del comisario Montalbano de Andrea Camilleri, del comisario Brunetti de Donna Leon en Venecia, o del comisario Maigret de Georges Simenon.
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La literatura siempre ha sabido que el apetito mueve el mundo. Lo atestiguó Laura Esquivel en su célebre 'Como agua para chocolate', donde las emociones se canalizan a través de los fogones, o Isabel Allende al trazar las fronteras del deseo en 'Afrodita'. Desde el apetito desmesurado de François Rabelais en 'Gargantúa y Pantagruel' hasta la sutileza de Philippe Delerm al saborear 'El primer trago de cerveza', la palabra escrita ha custodiado los secretos de la mesa con la misma devoción con la que Faustino Cordón nos demostró que 'Cocinar hizo al hombre'.
El ingenio de nuestras letras siempre ha tenido un pie en la bodega y otro en la pluma. Bien lo sabía Baltasar del Alcázar cuando inmortalizó en sus versos ese dilema eterno e insuperable: «Tres cosas me tienen preso de amores el corazón, la bella Inés, el jamón y berenjenas con queso...» Esa misma celebración de lo cotidiano encuentra su eco en Francisco de Quevedo cuando nos recuerda que «no hay cuestión ni pesadumbre... todas se ahogan en vino, todas se atascan en pan». En el DNA Festival, el producto humilde cobra categoría de épica. Pensemos en la célebre 'Oda a la alcachofa' de Pablo Neruda, ese vegetal de tierno corazón que se viste de guerrero.
El litoral de Dénia será durante dos días el laboratorio vivo de esta comunión literario-gastronómica. Figuras fundamentales de la cocina y la investigación gastronómica como Ferran Adrià, Paco Roncero, Susi Díaz, Paola Freire, Ausiàs Signes o la propia Ángeles Ruiz se reunirán junto a Quique Dacosta para debatir, cocinar y reflexionar sobre el valor del libro como custodia del patrimonio culinario. Como dejó escrito Brillat-Savarin: «El descubrimiento de un nuevo plato contribuye más a la felicidad del género humano que el descubrimiento de una nueva estrella».
En Dénia, entre la brisa salina, los libros abiertos y el aroma indispensable del producto local, les invitamos a sentarse a la mesa. Sean bienvenidos al DNA 2026: el banquete donde las letras se comen y la gastronomía se lee con el corazón.
Reflexionemos.
PD. Entre picos de sal, gamba roja, tratados de vanguardia y rincones marineros, os proponemos también jugar con nuestro particular homenaje editorial: una auténtica Sopa de Letras que ilustra esta reflexión. En sus filas y diagonales se esconden los nombres de los maestros que nos visitan, las plumas que retratan nuestra memoria y los conceptos clave que acogen este encuentro:
(Entre sus letras se encuentran: Dacosta, Ángeles Ruiz, Roncero, Ausiàs Signes, Susi Díaz, Paola Freire, Ferran Adrià, Dénia, Creatividad, Libros, Cassiana, Marineta, Matosinhos y DNA).