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Mili señala uno de los caminos destrozados por la dana del 29-O.

El paraíso que sigue todavía con las huellas de la dana

Entidades de unas 3.000 familias afectadas por las inundaciones en urbanizaciones diseminadas en Torrent se unen para reclamar mejoras urgentes

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Paco Moreno

Paco Moreno

Valencia

En el momento de la visita han pasado 519 días desde la trágica dana del 29-O aunque quedan huellas visibles en la calle Amistad, en la urbanización Molló Blanc. «Sólo pedimos lo mismo que otros vecinos de Torrent, ni más ni menos», resume Mili en la terraza de su casa, un lugar que considera a pesar de todo «paradisíaco» por el paisaje y la tranquilidad que disfruta junto a su familia.

Aunque en los paraísos a veces hay problemas de difícil solución, como les pasa a las 3.000 familias de este municipios que viven en una veintena larga de grupos de diseminados, es decir, chalés rodeados de monte, campos de cultivo y carreteras. La dana dejó un rastro de destrucción por la lluvia caída que todavía no ha sido eliminado.

«Aquí llovió mucho, muchísimo». Mili recuerda que están cerca de Turís, donde se registró la marca más alta de precipitaciones, además de situarse también en las proximidades uno de los barrancos que deriva hacia el de l'Horteta, donde está constatado que llevó más agua que el barranco del Poyo.

Desde la terraza señala las bovedillas al aire y las grietas que recorren las paredes. «Todo esto es de la dana», afirma con la fatiga de quien lleva meses luchando contra la burocracia y el barro. Su relato es el de una comunidad que, pese a la magnitud del desastre, quedó atrapada en un «limbo» administrativo debido a una lectura errónea de los datos meteorológicos en las zonas afectadas, aunque tampoco tienen muy claro el motivo.

Montón de residuos pendientes de recogida.
Montón de residuos pendientes de recogida. (LP)

Según explica, las autoridades tardaron seis meses en reconocerles como zona damnificada. Al parecer, la razón fue un desfase de apenas unos kilómetros: «Tomaron como referencia el pluviómetro de Manises, que marcó unos 8 litros. Sin embargo, en la estación de Calabarra, a solo 3 ó 4 kilómetros de aquí, se registraron cerca de 780 litros». Esa diferencia técnica los dejó sin amparo legal durante medio año, mientras veían cómo sus muros seguían derrumbados y el enorme caudal de agua había desplazado los cimientos de sus vivienda. «Esa casa la tuvieron que reformar por completo», señala mirando a un chalé vecino.

«Aquí llovía a mares; fue la apoteosis. Yo veía todo esto anegado, algo que no había visto en la vida», recuerda. El desbordamiento del barranco de l'Horteta convirtió la zona en un escenario de guerra. Sin embargo, la respuesta inicial del Consorcio de Compensación de Seguros fue desalentadora: «Venía el perito y nos decía que no éramos zona afectada. A mí solo me peritaron el muro, pero ¿qué pasa con el agua que entró por las ventanas?».

A día de hoy, la reconstrucción es un camino cuesta arriba. Con las indemnizaciones recibidas, muchos vecinos no han podido cubrir ni la mitad de los costes reales, especialmente en una zona donde «encontrar un albañil es ahora una misión imposible».

A los daños estructurales se suma un problema básico: el acceso al agua potable. Todos estos diseminados dependen de un pozo que quedó con las tuberías destrozadas. A día de hoy todavía hay pequeños grupos sin suministro, aunque desde el ayuntamiento no dan respuesta. «Al ser un contrato privado nuestro no dan soluciones», comenta.

El otro problema que tienen es el de la movilidad. A pesar de que Tragsa ha reparado algunos caminos, todavía queda mucho por hacer. «En la última reunión con el concejal de Urbanismo, nos dio un listado de calles que se iban a reasfaltar con fondos de la reconstrucción, pero tampoco sabemos nada de la licitación».

Hasta con la gestión de los residuos tienen problemas. «Se recoge con menos frecuencia de lo que toca», indica mientras enseña un montón de basura junto a unos contenedores. Ante esto, los grupos se han unido en una plataforma llamada «La Voz de los Diseminados», con la que quieren conseguir resultados y respuestas a sus reivindicaciones.

«Somos ciudadanos y la Constitución dice que tenemos derecho a una vivienda digna», reclama. Mientras tanto, cada vez que el cielo se oscurece, el miedo regresa: «En cuanto caen cuatro gotas, los guales y los barrancos se vuelven aquí intransitables, es algo que siempre ocurre»..

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