Saludar es un arte
A estas alturas de la vida fatiga sobremanera intercambiar palabras de cortesía que son murmullo de papilla sonora
Valencia
Se deja uno arrastrar por los vientos de la vida sin demasiadas pretensiones, espero. Tampoco mis actos van presididos por unas firmes convicciones, deseo. Mi ... humor y mis opiniones, o muchas de ellas, dependen del despertar mañanero, acaso del espesor de la legaña que nos indica la hondura del sueño como si fuese un termómetro alienígena que irrumpe mientras el sopor nos domina. Pero sí practico, o lo procuro, algunas normas breves para evitar posibles ridículos. El ridículo siempre acecha, y caemos de vez en cuando porque evitarlo por completo es imposible. Pero mejor vigilar...
Por ejemplo, algo que aplico a rajatabla viene con lo de saludar al prójimo. Uno siempre espera que sea el otro el primero en saludar. No se trata ni de arrogancia ni de chulería, sino de prudencia y discreción. Callejeas, ves a un conocido por la otra acera, preparas tu saludo pero, entonces, piensas algo así como «¿y si le molesta que le descubran a estas horas justo en esta calle?». Por lo tanto, disimulo. Si esa persona cruza afable para darme bola, correspondo estupendo, de lo contrario me escaqueo. Con los políticos, salvo que sean muy amigos, llevo esta norma hasta el extremo. Si no acuden ellos hasta mi vera, yo finjo que no he observado su presencia. Así, en la última gala de LAS PROVINCIAS, me crucé con el president Llorca, con el jefe de la diputación Mompó y con la ministra Morant. Como les rodeaba una corte de admiradores al modo de los pececillos que siguen las estela del escualo para repelar las migajas, no me saludaron (ni me vieron) y yo tampoco me deslicé para apretarles la mano. Además, ¿y qué les digo? Total, a estas alturas de la vida fatiga sobremanera intercambiar palabras de cortesía que son murmullo de papilla sonora. En cualquier caso, los saludos exigen reciprocidad sincera. Y uno, vaya, nunca arroja la primera piedra.