'Five o'clock'
Sri Lanka produce 300.000 toneladas de té al año, pero la riqueza que genera esta industria no alcanza a quienes la sostienen con su esfuerzo
«El teísmo es un culto basado en la adoración de lo bello a pesar de la sórdida realidad de la existencia diaria. Es la ... adoración de lo imperfecto y un suave intento por alcanzar algo posible en esa cosa imposible que conocemos como vida».
Con estas palabras, el filósofo, historiador y crítico de arte japonés Okakura Kakuzo resumía en 'El libro del té' (1906) una filosofía que convirtió una simple infusión medicinal en un ritual de pureza, belleza y sencillez.
Con cerca de tres billones de tazas consumidas cada día, el té es la bebida más popular del mundo después del agua, y cada cultura ha desarrollado su propia manera de prepararlo: en Japón se prepara con movimientos precisos que representan armonía y respeto; en India lo mezclan con cardamomo, canela, clavo y jengibre; en Marruecos lo sirven con abundante azúcar y hojas de menta fresca; y en China la ceremonia incluye sucesivas infusiones preparadas en pequeñas teteras.
Las imágenes de estos cultivos que vemos en documentales no transmiten la humedad y el calor que soportan las mujeres
Sin embargo, ha sido el Reino Unido quien ha convertido el té en uno de los grandes símbolos de la cultura occidental.
Los ingleses consumen alrededor de cien millones de tazas al día y mantienen viva una tradición iniciada en el siglo XIX por la duquesa de Bedford, y seguida por la reina Victoria con el célebre 'five o'clock tea'.
La pasión británica por el té fue posible gracias a las importaciones de la Compañía Británica de las Indias Orientales, una de las primeras y más poderosas corporaciones multinacionales. Más tarde, tras la desaparición de las plantaciones de café por una plaga, el Imperio implantó enormes cultivos de té en Sri Lanka, y para recolectarlo, trasladó forzosamente a miles de trabajadores tamiles desde el sur de la India.
Se estima que unas 160.000 personas murieron en aquellos viajes para abrirse camino por la selva y levantar las plantaciones.
Sus descendientes siguen formando hoy la base de la industria del té en este país, y continúan atrapados en una pobreza estructural que numerosos organismos internacionales relacionan con formas de explotación propias de la esclavitud moderna.
Sri Lanka produce alrededor de 300.000 toneladas de té al año y es el cuarto mayor productor del mundo. El Estado lo promociona como «el regalo de Sri Lanka al mundo», pero la riqueza que genera esta industria, no alcanza a quienes la sostienen con su esfuerzo.
La Fundación Vicente Ferrer trabaja junto a organizaciones locales para mejorar las condiciones de vida de estas comunidades tamiles con proyectos de educación y salud, dentro del proceso de internacionalización de una labor que comenzó hace más de cincuenta años en India y que ha permitido a millones de personas salir de la pobreza. Una labor de cooperación al desarrollo que hoy resulta más necesaria que nunca, en un contexto internacional donde el auge de políticas neoliberales pone en riesgo la solidaridad internacional y la justicia social, frente al lucro empresarial y la defensa de intereses nacionalistas.
Como parte de un proyecto de comunicación que dirijo para la Fundación, he podido recorrer estas plantaciones. Allí, grupos de mujeres trabajan de lunes a domingo recogiendo, a mano, veinte kilos diarios de brotes de té en laderas escarpadas cuyos suelos se convierten en una trampa como consecuencia de las abundantes lluvias.
Las imágenes de estos cultivos que solemos ver en documentales y revistas de viajes no transmiten la humedad y el calor que soportan estas mujeres. Tampoco las sanguijuelas que se adhieren a sus pies descalzos y se cuelan por sus cuerpos y orificios, tapados bajo múltiples capas de ropa con las que intentan protegerse.
Por ese esfuerzo reciben alrededor de cuatro dólares al día, una cantidad muy insuficiente para alimentar a sus familias, educar a sus hijos o escapar de un círculo de pobreza que se perpetúa generación tras generación, como si de una macabra reencarnación se tratara. Por supuesto, esos cuatro dólares no alcanzarían para tomar una taza de té de Ceilán en Harrods, donde una taza puede costar hasta setenta libras, o el doble si se sirve en el histórico salón The Georgian acompañado de música al piano.
En su libro, Okakura habla de Haraisan, una isla mítica donde habitan los inmortales y reina la felicidad eterna. Pero, en el interior de las precarias casas de estas mujeres a las que visito, no hay rastro de esa felicidad.
Aquí, el teísmo no es un culto, es una condena que la Fundación Vicente Ferrer quiere ayudar a transformar, y la belleza no habita en una taza de té, sino en la solidaridad de todos aquellos empeñados en sembrar humanidad.