El gabinete
Zurbarán en Trafalgar Square
La exposición es delicada y placentera, donde la belleza es la protagonista y la pintura el todo
Queridos lectores, unos días en Londres dan para más de un 'gabinete', de momento les cuento que la ciudad del Támesis, inmensa e infinita, nos ... recibió con un calor insólito, y mientras la recorríamos encontramos refugio donde darnos un amable respiro del exterior y cultivar el alma. En el lado norte de Trafalgar Square se alza imponente la National Gallery, uno de los museos de arte más visitados del mundo y cuya colección de pintura es de las más extraordinarias. Inmersas en el poder de la pintura nos detuvimos en algunas de sus obras maestras; la Virgen de las Rocas, el matrimonio Arnolfini o la Venus del espejo, antes de llegar a la exposición temporal de Zurbarán, la primera gran retrospectiva que la National Gallery y Londres dedican al pintor extremeño y sevillano universal.
Una reunión de casi cincuenta obras maestras ordenadas en un recorrido entre lo cronológico y lo temático que ofrece una perspectiva contemporánea y renovada del artista, quién supo plasmar el simbolismo religioso en una pintura de extraordinaria fuerza visual, creada para propagar la fe mediante composiciones poderosas. Obras hechas para gentes que profesaban una fuerte convicción católica y que hoy, al contemplarlas con o sin fe, invitan a detenerse y pasar un largo tiempo frente a ellas, observándolas en detalle. Zurbarán es religiosidad y realidad, luz y sombra, naturalismo y volumen extraordinario; es negro y vida, visiones, devociones y cotidianidad, simbolismo y sencillez. La exposición es delicada y placentera donde la belleza es la protagonista y la pintura el todo.
Se muestran los encargos religiosos que hizo para Sevilla, sus inusuales obras mitológica y, sobre todo, sus naturalezas muertas. Delicia de cidras y naranjas, cacharros, mimbres y tazas, rosas y flores de azahar que casi permiten percibir la fragancia cítrica durante la contemplación. Y casi de forma inesperada presidiendo una de las paredes de esta sección, el Agnus Dei del Museo del Prado. Un cordero merino, con las patas atadas con una cuerda, dispuesto para el sacrificio y que mira hacia arriba con ojos de esperanza. Esta versión conservada en el Prado es considerada la de mayor calidad de cuantas hizo, en ella conviven la maestría técnica, el dominio descriptivo y la concentración expresiva, alcanzando una fuerza emocional mayor.
Lejos del ruido del exterior, del calor de las calles, el silencio de estas obras es también un refugio de paz, una calma que me hace reflexionar un instante sobre el poder de los museos como lugares de memoria. Miro alrededor y entre los recuerdos que se pueden adquirir de la exposición sorprende encontrar agua de jazmín de Tena, tortas de aceite de Inés Rosales y pimentón dulce de Murcia. Hoy hay un poco de España en Trafalgar Square. Hasta pronto, Londres.