Apuntes desde la Bastilla
Postales desde la Luna
Las nubes hicieron que el atardecer se adelantara y que el eclipse quedase en una de esas felicidades que disfrutan los demás
1. Los eclipses me fascinan y aterran a la vez. He debido de jurar que aquel eclipse de la infancia existió antes de buscarlo en ... internet. Fue mi primera experiencia en el mundo de la astronomía. Ocurrió un 11 de agosto de 1999 y aunque la pantalla asegure que no fue un eclipse total y que España no se sumió en una oscuridad plena, en los ojos de aquel niño de diez de años el mundo se acababa. Como en un rito maya, viví, durante esos minutos, los últimos instantes de mi existencia. No sé qué leyes físicas originarían la destrucción de toda la vida conocida, pero el hecho de que la noche venciese al día a las cuatro de la tarde era suficiente para desechar la poca ciencia que hubiese en mí. No me atreví a mirar a través de las gafas especiales. Llené un cubo e intenté ver el Sol moribundo sobre la piel del agua. En mi memoria, aquella noche frágil duró días, los pájaros volaron despavoridos y los perros aullaron como lobos ancestrales. Luego volvió el Sol a someternos con su dominio mediterráneo. Había vencido al eclipse, pero qué belleza de terror sentí al constatar que no somos nada frente al baile de la naturaleza y sus misterios.
2. El único día de tormenta en el año lo anunciaban para el miércoles 12, culminación del eclipse. Las nubes, caprichosas, se comportan como Até, la diosa de la fatalidad griega, que aparece siempre en el cénit de la tragedia para ensombrecer al protagonista. Desde el jardín de mi casa el Sol se oculta tras los robustos cipreses que plantó mi padre hace treinta años, así que decidimos conducir por las Highlands de Lorca en busca del fenómeno celestial. Detuvimos el coche en un promontorio, con la sierra del Gigante al fondo, el Sol entrando en su reino de sombras justo cuando las nubes aparecieron. Esperamos una hora a que se obrara el prodigio de la oscuridad. Yo, como aquel niño de 1999, no quise mirar, porque mi parte científica había leído que los miopes que llevaban gafas no deben ponerse las lentes oscuras del eclipse. Me limité a observar la sombra de los árboles, el sonido de los pájaros volando en bandadas, tal y como los recordaba. Pero las nubes hicieron que el atardecer se adelantara y que el eclipse quedase en una de esas felicidades que disfrutan los demás pero que pasa por mi vida sin rozarme, como un triste héroe griego.
3. La tarde anterior al eclipse vi 'Un poeta', la película colombiana que retrata el mundo de las instituciones culturales, la hipocresía de los que quieren salvar a los pobres a través de su ego. Óscar Restrepo, el protagonista, sufre por su existencia, por su fatalidad, por su mala suerte y sus malos versos. Yurlady se cruza en su camino en un aula de instituto, entre versos y pobreza. La película es como un eclipse. Tras una carcajada se impone la tragedia de la vida. Tras la risa, la condena de la realidad. Un verso no puede salvar el mundo, pero sí hacer que durante unos minutos, el tiempo que se oculta el Sol tras la Luna, creamos en la belleza. Y eso es ya una felicidad. De eso trata la película.
La tarde anterior vi 'Un poeta', película colombiana que retrata el mundo de las instituciones culturales, la hipocresía de los que quieren salvar a los pobres a través de su ego
4. Aún estaba ocurriendo. El apogeo del eclipse marcaba ciertos tonos de noche pálida, como enferma, pero la nube no nos dejaba apreciar ni siquiera un reflejo de esa aureola solar de la que tanto hablaban los medios. El paisaje iba cambiando a medida que aceleraba. Solo quería dejar atrás la nube. Le dije a Mercedes, para compensar la tragedia de no ver, de no sentir, que pobres campesinos del pasado, tan analfabetos, tan antiilustrados, confundiendo un eclipse con el fin del mundo, como le ocurrió a ese niño en 1999. Mercedes adoptó la pose de estoica y buscando un claro entre las nubes (un claro de sombra, eclipsado) me respondió que no debía asumir que nuestro presente dispone de más sabiduría, que eso que yo llamaba «pasado» estaba compuesto de gente pegada a la tierra que sabía de las constelaciones, de los ciclos del cielo nocturno, de los soles y estaciones, de las estrellas y los vientos, porque era su forma de sobrevivir. En ese momento, con el silencio de Mercedes venciendo a la naturaleza, se abrió un claro entre las nubes y gritó que parase en una cuneta. Nos bajamos impulsados por un rayo y ella sacó las gafas de nocturnidad absoluta. Ahí estaba la Luna, enroscada en la plenitud del Sol. A mí me dejó mirar un poquito, lo justo para no agrandar mi miopía, y entre el miedo y la ciencia, decidí descubrir ćómo el paisaje se fundía en negro, con Mercedes, mientras tanto, ordenando los cuerpos celestes sobre nosotros.
Nota para viajeros incrédulos. Me pregunto cómo se verá un eclipse lunar desde la Luna, qué fenómenos extraños sucederán, qué pájaros cantarán, qué poetas librarán con palabras sus miedos e inquietudes. Leo que durante el eclipse, el Gobierno montó en el observatorio de Yebes una fiesta privada, con invitados VIP, barra libre y música en directo. Costó la experiencia lunar más de 70.000 euros. Los eclipses, como en 'Un poeta', también entienden de clases sociales. Y de fatalidades.