La rampa
Viaje al centro
Recorrido por el lugar donde ya no sirven títulos ni apariencias
Cada verano, cuando regreso, tengo un año más que cuando me fui. La diferencia es que esta vez no he vuelto solamente con un año ... más, sino con una conciencia más viva de lo real de mi fragilidad.
Dos caídas, sendas estancias en el hospital y, ligero de ropa, la vista permanente en el cuerpo que, un día porque me flojea la pierna, otro porque aumenta el enrojecimiento de las manos o por el picor y que el velo de las cataratas reclaman su paso por el quirófano, me recuerda constantemente que no soy el de ayer. Una verdad de Perogrullo por la que me he parado a pensar. ¿Por qué esta atonía? No es síndrome posvacacional (estoy 22 años de vacaciones), tampoco nostalgia ni añoranza ni aflicción...
No sé. Quizás necesitaba esas señales para hacer un viaje que llevaba tiempo aplazando. No es un viaje hacia ningún lugar. No hay maletas, ni estaciones, ni aeropuertos. Es un viaje hacia el centro. Al centro de uno mismo. Al lugar donde ya no sirven demasiado las apariencias, los títulos, los éxitos ni las razones que tantas veces hemos utilizado para justificarnos. Un viaje al centro de los sentimientos, de la conciencia, del corazón acaso.
Y allí, en ese lugar al que uno llega cuando se queda a solas consigo mismo, me he encontrado también con una tristeza que no sé si corresponde a mis ochenta y siete años que, aún, me permiten pensar y sentir.
Me entristece y preocupa la sociedad que estamos dejando a quienes vienen detrás. Miro alrededor y a veces tengo la impresión de que hemos aprendido muchas maneras de comunicarnos y hemos olvidado algunas de las más elementales de entendernos; que tenemos medios extraordinarios para acercarnos y, sin embargo, no siempre sabemos acercarnos al que tenemos al lado.
Quizás sea la edad. Puede que sea el cansancio. O simplemente sea que, cuando uno empieza a concienciarse de que el camino recorrido es ya mucho más largo que el que quede por recorrer, cambia la perspectiva.
Recuerdo entonces aquella hermosa frase que tantas veces hemos escuchado: «Al atardecer de la vida nos examinarán del amor». No sé si habrá examen. No sé quién habrá de hacerlo ni cuáles serán las preguntas. Pero sí sé que esa frase me sirve hoy para interrogarme por aquello que no hice y por aquello que querría no haber hecho.
Posiblemente el verdadero viaje al centro sea regresar a lo esencial cuando todo lo accesorio empieza a perder importancia.