Ser un buen costalero
Juan Millán
Costalero de la Sangre
Mi padre me enseñó a ser costalero con un palo de escoba. En el pasillo de casa, unas horas antes de mi primer ensayo bajo ... el trono, mi padre trajo una escoba, me la colocó al hombro y empezó a imitar los toques de corneta que escucharía esa noche. Ese es el primer pensamiento que me llega cuando pienso en qué es ser costalero. Por supuesto, no es el único.
Hacer procesión en el barrio de San Cristóbal crea un carácter. Implica aprender el significado del silencio. Y ese aprendizaje –humilde, sencillo– es el verdadero protagonista cada Jueves Santo, en una procesión que se aparta del centro de la ciudad y revela un tesoro en peligro de desaparecer: el misterio. Ser costalero del Cristo de la Sangre es —y no se me ocurre otra palabra— un privilegio.
Este 2026, celebramos el 30 aniversario de la Hermandad de Costaleros. Y, en estos años, cada uno de esos hombres privilegiados habrá aprendido a ser costalero a su manera. A mí, mi padre me enseñó que ser costalero significaba poner la espalda recta, guardar silencio y obedecer cuando debía. Pasan los años y compruebo que esos aprendizajes me acompañan en cada momento, cada día, aun con el Cristo de la Sangre a cientos de kilómetros. Y todos esos días del año —qué largos el verano y el otoño y el invierno— parecen ser una simple preparación para el Jueves Santo.
La Procesión del Silencio se envuelve en el misterio y habla con acento silencioso. Y, del mismo modo, envueltos en el misterio están los críos en las aceras, la confitería de Javi, los musulmanes asomados a los portales, la casa familiar de la calle Abellaneda. Y ese costalero pasmado, que siente que no está preparado, que llega a San Cristóbal sin saber dónde meterse.
Ser costalero es habitar ese espacio difuso entre el miedo y el silencio. Ser un buen costalero es eso y algo más. Algo más que nadie conoce y es lo único que importa.
Hace años, una noche, mi padre sacó una escoba para enseñarme a estar debajo de un trono, pero lleva enseñándome a ser un buen costalero toda mi vida. Ese es mi gran privilegio.