Las puertas del infierno (VI)
Dante y la selva oscura del alma
Todos los caminos conducen al Hades si hay voluntad de perderse
En el infierno resiste el amor. Dante quiso ver de nuevo a aquella adolescente que había conocido en su casa de Florencia y que había ... muerto hacía muchos años. Para ello, hubo de descender a los infiernos y encontrar a una multitud de almas dolientes. Entre ellas, Paolo y Francesca conmueven a los vivos cuando se acercan a su historia.
Lasciate ogne speranza
Dante nunca estuvo en Jerusalén ni en el interior del Gólgota, lugar donde la tradición cristiana ha señalado la localización exacta del infierno. Si sobre la cruz donde murió Cristo se accede al cielo, las fuerzas teológicas han querido situar el castigo eterno bajo la tierra de esa colina fundacional. La explicación abruma por su sencillez. Lucifer, expulsado por su soberbia de la corte de ángeles que seguían a Dios, cayó justo en la ciudad santa y del cráter de su caída se formó el inframundo. Sin embargo, Dante se ahorró la peregrinación jerosolimitana y se pensó en su geografía personal para acceder al otro lado. Todos los caminos, concluiremos, conducen al Hades si hay voluntad de perderse.
Paseaba el poeta durante sus estancias florentinas por los Foresti Casentinesi, el actual Parque Nacional que une las provincias de Florencia, Arezzo y Forlí. Allá donde San Francisco recibió los estigmas, en La Verna, el bosque se espesa y adquiere, en otoño, tonalidades doradas, justo cuando las hojas empiezan a caer con melancolía sobre las alfombras de los caminos. El infierno cristiano, durante los dos mil años de figuración, ha sido descrito con llamas y almas en pena. En los senderos otoñales toscanos pensó Dante la puerta de acceso, en un viaje que tiene mucho más que ver con la memoria que con la condenación.
El poeta latino Virgilio, mil años antes que él, había hecho descender a su Eneas también a esos lugares de muerte y olvido
Todo nace de un dolor: el de no ver a Beatrice. El recuerdo de vía Santa Margherita, donde el niño espiaba los pasos de su amor, no podía acabar en el infierno entre tanto pecado, sino en el cielo junto a Dios. Pero la vida cristiana es un valle de lágrimas, y para alcanzar el gozo uno debe antes sufrir. Por eso, en la selva oscura que escribe el poeta hay una inscripción que advierte a todos los peregrinos que osen visitar el mundo de los muertos. 'Lasciate ogne speranza voi ch'entrate', vio escrito, y Virgilio, su guía, su dios psicompompo y su hombro sobre el que llorar, le animó a entrar. Juntos recorrerían círculo a círculo hasta completar nueve. Maestro y alumno, porque el poeta latino, mil años antes que él, había hecho descender a su Eneas también a esos lugares de muerte y olvido.
El infierno cristiano
El inframundo cristiano no es el lugar al que van las almas de los muertos, sino el espacio donde sufren condena. No es un lugar de obligado paso, sino la consecuencia de una vida disoluta, alejada de la senda de Dios. Ahí está la ciudad doliente que advierte Dante, tan llena de pecadores, de tormentos indescriptibles, de babilonias enterradas en ceniza. Sin embargo, incluso en el infierno dantesco hay espacio para la belleza, hay recursos para el amor.
En el canto V del Infierno, el poeta encuentra dos almas mecidas por el viento. Son los cuñados Paolo y Francesca, condenados por la lujuria de su amor. La historia la cuenta ella, entre sollozos, ante el pasmo de Virgilio y la respiración contenida de Dante. Leían juntos el Lancelot los enamorados en la ribera del Po. En el momento en el que Ginebra besa los labios prohibidos, ellos dejaron de leer. La literatura se hizo vida y el amor trajo consigo la perdición.
Pero Paolo y Francesca son dos almas condenadas que no renuncian, sin embargo, al amor. Su tormento será soportado porque están juntos, y eso conmueve a Dante porque él, tan bueno, y Beatrice, tan casta, viven eternamente separados a causa de la muerte. Amor que a ningún amado permite dejar de amar, dice Francesca. Ella lo vivió y ya no es capaz de renunciar a ello.
El infierno de Dante es la mayor cosmogonía del mal jamás escrita en la mitología cristiana. Y aún así, el amor se cuela por sus rendijas. Francesca lo dice claro: viviré eternamente condenada, porque he fallado a Dios, pero nunca renunciaré a estar cerca de Paolo. Es el amor sobreviviendo a todas las cenizas, a pesar del infierno. Y Dante solo pude desfallecer al escuchar que incluso las almas condenadas han disfrutado de una divinidad tan poderosa como la que murió en el Gólgota crucificado: el amor. Hasta el infierno descendió Dante para buscarlo.
*** Última entrega de esta serie: Mitla y el subsuelo de los olvidados (domingo 30 de agosto).