Relatos de verano
Humacao era el paraíso
Era el lugar más exótico y hermoso que hayan visto mis ojos; el silencio, el murmullo de las olas, la brisa cálida y amable te invitaban a quedarte allí para siempre
A mitad del semestre hice amistad con Ilia, compañera de la asignatura de Relaciones Internacionales. La mujer más amable del mundo. A pesar de la ... distancia, mantuvimos contacto hasta que mi hijo cumplió unos cinco años. Me envió un cuadrito del ángel de la guarda. Me contó que había abandonado el mundo y se había convertido en religiosa. Le contesté. Durante dos años más, llegaron los 'christmas' puntualmente en Navidad. Incluso algún 'e-mail'. Poco a poco, su estela desapareció del todo.
Ilia me descubrió el mundo de los departamentos de la UPI. Ella trabajaba en uno. Me invitó a un café con leche en polvo desde un coqueto despacho y después me acogió en su casa cuando acabó el semestre hasta que llegó el momento de regresar a España.
Un día me enseñó el paraíso: Humacao. Para acceder a la playa de cuento tenías que adentrarte en una urbanización que alguien le robó a Puerto Rico. Los habitantes de la isla odian estos resorts donde los gringos se han adueñado de una parte de su tierra. Vinieron a recogerme Ilia y un amigo que me explicó esta dura realidad. Era un fastidio tener que pedir permiso para visitar estos lugares y que unos pocos ricos se hayan quedado con el dionisíaco espacio de palmeras que besan el mar, arena blanca y pescadores en la orilla que te llevan la captura reciente para disfrutar de un sabroso almuerzo.
Lo más absurdo era encontrar algunos puertorriqueños domesticados, como el señor de la garita que levanta la valla para que pase el coche con cierta contrariedad, como un perro protector de sus «amos»: «Hermano, esto es tan nuestro como de los rubitos». El amigo de Ilia soltó cuatro improperios, enfadado por el momento de tensión. «Está cabrón que nos quieran negar el paso en nuestra propia casa».
En mi memoria, Humacao era el lugar más exótico y hermoso que hayan visto mis ojos. El silencio, el murmullo de las olas, la brisa cálida y amable te invitaban a quedarte allí para siempre. Entendí por qué Ilia quería que hiciese esta excursión. Los paraísos vedados a los propios habitantes de PR son la pena que muchos soportan. El tiempo cambia, nos hacemos más viejos, pero una vez que te arrebatan el edén es para siempre.
Nos sentamos en el chiringuito: un minúsculo espacio con sombraje, rústico y hermoso. Maderas cortadas por manos obreras, pintadas en colores blanco y azul índigo, colocadas para aprovechar bien el material que bien podrían ser los restos de barcazas antiguas. Sin buscar ninguna estética concreta, la composición era de una especial belleza. El mar nos saludaba en esmeralda, celeste y bondi. La mezcla salada provocaba un efecto hipnótico. Pasamos minutos sin parpadear, a lo lejos, despachaban las comandas. De entre las olas, aparecía una cola de ballena. ¿Es posible? ¿Tan cerca de la costa? Hizo varios largos de exhibición frente a nosotros de forma tan primorosa que creí que también estaba domesticada por los americanos para hacer cucadas, mientras se comían su pescaíto a la lumbre.
La ballena nos habló en su idioma particular pero los tres la entendimos perfectamente.
Al unísono, abandonamos nuestras sillas y, sin quitarnos la ropa, nos adentramos con ella para empujarla lo suficiente y alejarla de la costa. La cercanía de la arena era su seguro final. La ballena nos contó que se llamaba María, que era antigua como el tiempo, que en su interior estuvo Jonás, que fue amiga de Ahab durante unos dos años en los que decidieron navegar juntas, hasta que separaron sus caminos por diferentes océanos. Tú a California, yo a Irlanda. Para Ahab, estas eran aguas demasiado cálidas, ansiaba las corrientes del Mar del Norte.
María se sentía latina y en parte española porque partió de Cádiz –cuando aún se llamaba Gadir– y atravesó todo el Mediterráneo. Fue ahí cuando el pesado de Jonás se instaló por tres días. Que conste, que se marchó porque le dije: «A mis okupas los elijo yo, ¡muchacho!». No había forma de convencerlo para que dejase mi estómago en paz.
María nos obsequió con varias historias marítimas. A lo largo de su vida conoció sirenas y sirenitas, incluso a Collody y Herman Melville. Su cháchara era interminable. «No siempre tengo público, deben comprenderme».
Nadamos en compañía de María unos 2.000 metros, costó mucho regresar de nuevo al hermoso Humacao: agotados, pegajosos, con la sal marina quemando en nuestra piel, pero felices.
Los pescadores ya desmontaban su 'tambalillo'. Sin embargo, aguardaron nuestra llegada, recalentaron nuestros platos y nos sirvieron otros nuevos. Un mofongo delicioso que habían preparado para cenar ellos mismos y que compartimos juntos. Conocían a María: «Es una ballena temeraria, tan jandona que un día acabará encallá sin remedio. Menos mal que con ese pico que tiene convence a todo el mundo para que la ayuden a regresar a sus aguas profundas».
Los pescadores se llamaban Pedro, Pablo, Lucas y Judas. «Las mujeres nos esperan en casa, terminen ustedes tranquilamente, esos cochinos gringos no se acercan por aquí de noche, prefieren comer sus procesados encerrados en sus dúplex con el aire acondicionado. Nos han salvado el día».
Abandonamos Humacao a regañadientes.
Una fuerza irresistible nos invitaba a permanecer junto a su mar ahora grisáceo. El sol desaparecía entre las nubes. La luna llena hizo su entrada estelar en el horizonte. El agua se convirtió en un gigantesco escenario que reflejaba el brillo de Selene. Fred Astaire y Ginger Rogers bailaron el 'Cheek to cheek' y María nos saludó desde lo lejos con un soplo de mil colores que escapó por su espiráculo.