Las puertas del infierno (y VII)
Mitla y el subsuelo de los olvidados
Esta puerta al inframundo zapoteca apenas se entreabre con las nuevas excavaciones arqueológicas; aún queda mucho por descubrir
Los dominicos fueron los primeros en conocer a los dioses antiguos de la zona de Oaxaca y su más allá. La cultura zapoteca había construido ... durante siglos un inframundo que habían narrado de generación en generación, con leves murales y relieves que decoraban templos ya olvidados. El paso hacia la ciudad de los muertos está en Mitla y la iglesia de San Pablo esconde no solo dos épocas distintas, sino dos mitologías que se abrazan.
Un dominico que quiso viajar al inframundo
La iglesia de San Pablo tiene un aspecto austero en su interior, con tallas de crucificados de aspecto gótico hechos de pasta de maíz y vírgenes doloridas decorando los muros. En el exterior, sin embargo, el sol impacta de lleno en los sillares que forman su única nave, y una cúpula de color rojizo se eleva por encima de la ciudad, como un volcán. Conversa la iglesia con las ruinas de civilizaciones pasadas. Los zapotecas fueron los amos de estos valles hasta el siglo XIII, cuando otros pueblos indígenas sometieron a cuchillo a sus pobladores Primero cayó Monte Albán, con sus pirámides sinuosas que recuerdan la piel del jaguar. Las ruinas de Mitla hablan de un tiempo perdido antes de la llegada de los españoles. Perdido, que no extinto.
Da igual la lengua que hablen, los gestos que hagan. Es universal el sentimiento de miedo y esperanza. Haya una cruz o una semilla de maíz. Eso lo supo Francisco de Burgoa
Sé que en el interior de la tierra se esconden leyendas que aún están por contar, que Mitla respira el arte de la paciencia, de los mitos antiguos que vuelven a la vida solo con el canto de los ancianos, de los viejos sacerdotes que exploran las historias para acercarlas también a Cristo. Eso le sucedió a Francisco de Burgoa, un dominico que en el siglo XVII quiso escribir sobre lo que había sucedido en Mitla, sobre el lugar que los zapotecas reservaban a sus muertos. Lo redactó en su Geográfica descripción y de esta forma salvó a todo un pueblo de caer en el olvido.
Dijo que al infierno de los zapotecas se accedía a través de pasadizos subterráneos, de laberintos construidos en piedra por el que las almas accedían en su tránsito hacia la muerte. Allí llegaban al Lyobaa, el inframundo, donde el rey Pitao Bezelao recibía a los recién llegados. Llama a la divinidad «demonio» y describe la religiosidad que despertaba en muchos peregrinos que van a realizar libaciones ante su altar. Ofrecían objetos cotidianos, los elementos que el muerto había llevado en vida. También, en época prehispánica, niños para saciar la sed de los dioses y asegurar un buen tránsito a las almas perdidas. Todo lo escribió el fraile dominico, rescatando al la visión de los muertos de la peor de las amnesias.
El peregrinar al Salón de las Columnas
Son seis columnas monolíticas que ya no sostienen nada, solo aire, solo polvo, solo olvido. Aquí, pienso mientras miro el cielo azul tropical de Oaxaca, peregrinos de todos las geografías mexicanas venían a hablar con sus muertos, en un rito no tan distinto al que, siglos después, hacen los católicos cuando cierran los ojos y encienden una vela. Mitla es el epicentro de muchas voces extintas, pero como el agua subterránea, guarda en la mirada de los Cristos de la iglesia de San Pablo, el mismo gesto de perseverancia.
Vencer a la muerte, acompañarla hasta que los vivos la acepten, parece decirnos el mensaje que los zapotecos escribieron en piedra. Lo hicieron bajo la ciudad de Mitla, en la oscuridad solo rota por las antorchas. Luego los españoles construyeron una iglesia encima y quisieron cristianizar cada piedra, cada sombra. Pero la memoria de los muertos es más poderosa que la religiosidad de los vivos.
Mitla es una puerta al inframundo zapoteca. Una puerta que apenas se entreabre, con las nuevas excavaciones arqueológicas. Aún queda mucho por descubrir, pero tal vez el mensaje ya sea suficiente para mantener la respiración entrecortada: que un dios, llamado Pitao Bezelao, o el propio Lucifer, existe, que se esconde en el interior de la tierra para no ser visto a plena luz, y que determina el lugar al que van nuestros seres queridos cuando dejan de estar de este lado. Da igual la lengua que hablen, los gestos que hagan. Es universal el sentimiento de miedo y esperanza. Haya una cruz o una semilla de maíz. Eso lo supo Francisco de Burgoa. Eso lo sabe cualquiera que haya perdido a alguien y lo busque entre las sombras.